La Sala Capitular de la catedral de Toledo en dos capítulos (1) [Jesús Fuentes Lázaro]

CAPÍTULO 1

Como Gabriel, el protagonista de la novela de Blasco Ibáñez, “La Catedral,” como “Ángel Guerra”, de Benito Pérez Galdós, como los personajes, en ocasiones esperpénticos, de las novelas de Félix Urabayen, o las personas torturadas de Luis Béjar, Jerónimo Maldonado había soñado con un viaje exhaustivo a las capillas y compartimentos de la Catedral de Toledo. Pero ha tocado soportar una epidemia como las peores de la Edad Media, que ha impuesto confinamientos, restricciones y distancia social.

Toledo se ha vaciado de turistas y con ella la Catedral. Aunque la casualidad se ha puesto de parte de Jerónimo Maldonado. Ha encontrado un libro de reciente edición, grande y con llamativa portada, sobre la restauración de las pinturas de Juan de Borgoña en la sala Capitular de Toledo, promovidas por el cardenal Cisneros. Un descubrimiento. El libro ha sido editado, años después de la restauración, en el 2020, por la Fundación ACS, con la dirección de Francisco Menor Monasterio y Elena de Mier Torrecilla.

La ficha técnica de la restauración de las pinturas, del artesonado refulgente, del episcopologio (retratos reales o inventados de prelados de la sede primada), se adjudicó a la empresa Geocisa. Es cierto que no es lo mismo contemplar un libro, por muy buenas fotografías que imprima, que adentrarse en la sala y permanecer durante un tiempo ilimitado en ella para oír sus silencios, los susurros de su historia, las discusiones aún banales de los cardenales en ella presente. El arrepentimiento de sus errores, el dolor de haber estado cerca de la verdad y no haberla descubierto. Visitar un museo, un palacio o una catedral es un sucedáneo. Pero puede funcionar como un anticipo de lo que será una estancia presencial cuando sea posible.

De momento Jerónimo Maldonado dispone del libro y en él se sumerge. Apreciará los detalles, atrapados por las fotografías, con mayor minuciosidad que desde la posición del visitante no se percibirían y contemplará los rostros y los paisajes que se reproducen al detalle en las viñetas de Juan de Borgoña. Lejanía y frialdad en una edición lujosa de la historia y los procedimientos de restauración de una Sala Capitular única y no suficientemente valorada hasta el presente. Mientras se dedica al libro y los relatos de Juan de Borgoña se desarrollan estrategias diversas para contener infecciones incontenibles de Covid 19, primera pandemia del siglo XXI. Una pandemia que en pocos años será olvidada sin dejar recuerdos como sucedió con la más cercana del año 1918.

@Fundación Endesa

Durante dos años restauradores cualificados han devuelto vida, colorido, presencia e imagen a las pinturas y arquitecturas de una Sala Capitular, que durante siglos han permanecido opacas e invisibles. Y tal vez por esas condiciones, ha sido una creación infravalorada. Jerónimo contempla obras de la primera modernidad española del siglo XVI. Las escenas, doce (quince, según el autor) dedicadas a la Virgen, más un Juicio Final, han recobrado el brillo, la luz, la intensidad y los detalles originales con las que fueron pensadas y pintadas por el maestro venido de fuera – otro más en la prolongada Historia de Toledo – Juan de Borgoña.

El Cardenal Cisneros quiso dotar al cabildo de la Catedral de Toledo de un lugar de reuniones y debates que pudiera rivalizar con las pinturas murales que se estaban realizando en las iglesias y palacios de las repúblicas de Florencia, Venecia o Roma. Desde dos siglos antes, se ensayaban en estas repúblicas un tipo de expresión artística que intentaba superar los esquematismos y limitaciones de las pinturas de la Edad Media. Los creadores de la época pretendían trasmitir a las pinturas la vida tal como sucedía en la calle y la espiritualidad tal como se predicaba en iglesias, catedrales y monasterios. Avanzaron en su búsqueda de nuevas formas expresivas y al comenzar el siglo XVI, Toledo, los llamados reyes católicos y un cardenal austero, reformador y humanista no quisieron quedarse atrás de aquellos movimientos de modernidad que se construían en el Centro de Europa y en algunas de las republicas Mediterráneas. 

 El franciscano cardenal Cisneros, al mismo tiempo que combatía a la nobleza rebelde, pretendía reformar iglesias y conventos, anclados en la ignorancia y en supersticiones. Los seres humanos debían vivir en armonía con la naturaleza y conforme a la espiritualidad que emanaba de la relación equilibrada de los seres creados. En lenguaje actual sería un defensor de la naturaleza y de su sostenibilidad ambiental.

Antesala y sala capitular de la catedral de Toledo. Pablo Gonzalvo Pérez, 1880-1881. Museo del Prado.

El cardenal iba a encontrar resistencias a sus propuestas reformistas. Entre la nobleza y los eclesiásticos. El cabildo catedralicio de Toledo, secularmente renuente a ser controlado por obispos y arzobispos primados, se sumaría a la resistencia. Aunque los conflictos con Cisneros ni serían los primeros ni los últimos del cabildo catedralicio con los obispos. El antecesor, el poderoso cardenal Mendoza, también había confrontado por diversas cuestiones con los presbíteros catedralicios. Así que era más que probable que los proyectos de Cisneros para la catedral encontraran dificultades que probablemente fueron superadas con diplomacia y numerosas concesiones.

Consciente de la oposición a la que se enfrentaría, el cardenal, su ayudante Pedro Gumiel y el propio Juan de Borgoña organizaron una reunión en terreno propio, que Jerónimo consideraría no una encerrona, sino una estrategia pensada y calculada, para remover objeciones posibles y sumar al cabildo a sus proyectos.

Con la escusa de la ampliación de varias disciplinas en la Universidad de Alcalá de Henares en la que se enseñaban desde su fundación Latín, Hebreo, Griego y Caldeo, más Filosofía, como “ancilla”, de la Teología, se invitó a una delegación del cabildo de canónigos de la catedral a las celebraciones profanas y religiosas a desarrollar en la sede de la Universidad. La Universidad había nacido con el objetivo de combatir “la barbarie”, existente en la sociedad de la época y sobre todo entre los sectores religiosos, en palabras de Nebrija. Cisneros, un fraile inconformista y reformista, creía que la iglesia debía disponer de unos religiosos que estuvieran preparados para llevar la palabra de Dios sin artificios ni supercherías, a cualquiera de los reinos de Castilla o de los lugares que se acababan de descubrir. Desterrar los vicios, los abusos y las malas prácticas tanto del clero secular como el monacal era uno de sus objetivos estratégicos.

El primer día en Alcalá, la delegación de la catedral de Toledo, al mando de su deán, se lo pasó entre alojamientos y las celebraciones religiosas. Durante la comida en la residencia del cardenal, famosas en el reino, Pedro Gumiel avanzó la presentación de los proyectos que Cisneros quería desarrollar en Toledo. Consistiría en crear una nueva Sala capitular en la que los canónigos se reunieran con la dignidad de su condición. La antigua capilla del Corpus Christi, debajo de la torre inconclusa, en la que, hasta entonces, se reunía el cabildo, se destinaría a otros fines. Cisneros se proponía recuperar la antigua liturgia y los ritos hispanos-visigodos que penosamente habían conservado los mozárabes.

Desde los primeros años de la conquista de Toledo, los religiosos que acompañaban a Alfonso VI se propusieron acabar con los rituales que, según ellos, no se adecuaban a las normas litúrgicas de los cluniacenses. Los Papas habían aceptado esas nuevas prácticas religiosas y promovían la uniformidad en los territorios de su influencia. Los mozárabes comprobaron, como tras la conquista de Toledo, sus ilusiones de poder y prestigio social se frustraban. Quedaban apartados de las decisiones de poder, de los centros de influencia. Habían padecido persecuciones, imposiciones tributarias abusivas, marginación, esclavitud, pobreza por la defensa de sus creencias religiosas. La liturgia les había mantenido unidos en los periodos adversos. La conquista de Toledo algún día por los cristianos había sido el sueño que les había permitido sobrevivir.

La entrada de Alfonso VI en Toledo supuso la “Gran Decepción”. El mundo había cambiado, mientras ellos resistían ligados a su pasado glorioso y no parecía posible recuperar el esplendor de los tiempos pasados. Ellos eran unos extraños y quienes acompañaban a Alfonso, los vencedores. Los representantes de los nuevos valores y ritos cristianos. A ellos se les mantenía fuera del poder recién conquistado y sus libros litúrgicos fueron maltratados y quemados en plazas y calles. A duras penas obtuvieron un fuero especial para regirse por sus propias autoridades. La tragedia histórica de los mozárabes consistía en ser marginales entre los árabes y marginales con los nuevos conquistadores cristianos. Cisneros era sensible a esta historia torturada y   deseaba que en la catedral de Toledo, además de en sus parroquias, los mozárabes dispusieran de un lugar digno donde celebrar solemnemente sus ritos. Una compensación simbólica, pero una forma de reconocimiento al fin y al cabo

La incomodidad perceptible en los movimientos en las sillas de los canónigos, sugirió a Gumiel dejar la segunda parte del proyecto para el día siguiente. Se irían todos a celebrar solemnemente las Vísperas. Se abría así un espacio para que todos meditaran o todos calcularan sus estrategias. El cardenal pensó que sus proyectos convencerían a los canónigos a pesar de sus reticencias. Los canónigos aumentaron sus recelos. Desconfiaban de las habilidades y  astucias de los franciscanos, hermanos que escondían, entre sus propuestas de reforma y modernidad, un deseo de poder farisaico.

Al día siguiente, tras las celebraciones de las misas en diferentes capillas de las iglesias y monasterios de la ciudad, fueron convocados a una nueva reunión para continuar hablando de lo que había quedado pendiente la tarde anterior. El canónigo deán, antes de entrar en la reunión, advirtió a sus compañeros de la delegación qué se dijera lo que se dijera allí él no intervendría. En nombre del cabildo hablaría el recién elegido canónigo de Obra y Fábrica. Había que trasmitir al cardenal, de manera sinuosa que no le permitirían inmiscuirse en asuntos propios de la catedral. Debía convencerse de que no iba a recibir mejor trato que sus antecesores, aunque este despachara directamente con los reyes.

Cisneros fue el que abrió la reunión del segundo día con un saludo fraternal y advirtiendo que se tendría que marchar a petición urgente de los reyes. Quería convertir a la catedral de Toledo – dijo – en la sede más influyente de España. Ni Santiago, ni León, ni Burgos podrían competir con ella. Para lograrlo disponían de dos hechos incuestionables. Uno, el milagro de San Ildefonso. Dos, su defensa en toda la cristiandad del papel de la Virgen Inmaculada en el proyecto divino de la Redención. Y tercero, la traslación a los reinos de las nuevas técnicas de arte y cultura que se estaban desarrollando en las repúblicas de Florencia, Venecia, Roma o Nápoles. Los reinos – continuó el cardenal – debían abandonar años de atrasos científicos y culturales, proveniente de un mundo acabado.

Y uno de los instrumentos elegido para esa transformación cultural e intelectual se plasmaría en la catedral de Toledo. Concretamente la nueva Sala Capitular, instalada en las antiguas edificaciones que habían servido de taller para los trabajos de la catedral. Cisneros avanzó, antes de abandonar la reunión, que los reyes compartían su proyecto y ansiaban verlo pronto completado. Él, por su parte, confiaba en la capacidad de Juan de Borgoña para conseguir que importara y adaptara las nuevas y originales técnicas de pintura, escultura y arquitectura a los territorios de Castilla.

Restauración. Imagen publicada por el diario ABC el 11.01.2019. @Ana Pérez Herrera

Con este último deseo cerró su intervención el cardenal. Cisneros se levantó, miró con un esbozado gesto retador al los representantes del cabildo toledano y les comunicó que los historias que les iba a presentar Juan de Borgoña las había supervisado y corregido personalmente. Se despidió, de nuevo, con un saludo, igualmente fraternal, pretextando su viaje a Medina del Campo.

Las declaraciones de Cisneros habían sorprendido a todos. Contaban con las maniobras del cardenal, pero nunca que hubiera implicado a los reyes en una obra interna de la catedral. La injerencia real les había descolocado. Nadie se atrevería a oponerse a la voluntad de los reyes. La partida la había ganado el cardenal. Solo les quedaba a los canónigos una resistencia negociadora en el día a día de las obras para demostrar que el cabildo de la catedral de Toledo aún conservaba el poder de decidir en cuanto se interviniera en ella.

 

Jesús Fuentes Lázaro

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  • José Ramón G. Cal

    Estupendo relato nostálgico, de un tiempo donde la luz se impone a las tinieblas. Imposible no imaginar semejanzas con nuestro tiempo, como si la ciudad, la vida, fuera una continua representación de los mismos argumentos, actores y protagonistas.
    Y ahora, ¿quién nos guiará en “abandonar años de atrasos científicos y culturales, proveniente de un mundo acabado”?

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