
Fue un hombre cabal, un político estepario que cultivó el arte de la palabra leída y escrita. Fue socialista en un tiempo de sueños: del bien común, de la justicia social, de la educación y la cultura como herramientas de progreso. Fue crítico sin estridencias, inclusivo sin concesiones. Fue conciencia respetada por seguidores y adversarios; su espada fue la fuerza de la razón conversada. En la disputa fue más de escuchar y comprender que de aleccionar. Fue de la sabiduría unamuniana: convencer mejor que vencer.
Experimentado en lo injusto, fue un náufrago incansable, de heroica lealtad a su isla desierta de fe humanista y siempre levógira. Aun sin cargos donde estar, fue un político comprometido con su tierra, en la que insistió con inconformismo incesante en poner voz a lo que no se oye. Fue abanderado blanco de la honestidad y la reconciliación. Continuar leyendo











