Jesús Fuentes, fue.

Fotografía @Venancio Martín

Fue un hombre cabal, un político estepario que cultivó el arte de la palabra leída y escrita. Fue socialista en un tiempo de sueños: del bien común, de la justicia social, de la educación y la cultura como herramientas de progreso. Fue crítico sin estridencias, inclusivo sin concesiones. Fue conciencia respetada por seguidores y adversarios; su espada fue la fuerza de la razón conversada. En la disputa fue más de escuchar y comprender que de aleccionar. Fue de la sabiduría unamuniana: convencer mejor que vencer.

Experimentado en lo injusto, fue un náufrago incansable, de heroica lealtad a su isla desierta de fe humanista y siempre levógira. Aun sin cargos donde estar, fue un político comprometido con su tierra, en la que insistió con inconformismo incesante en poner voz a lo que no se oye. Fue abanderado blanco de la honestidad y la reconciliación.

Fue curioso y enamoradizo como un adolescente de las artes de su tiempo: procuró entenderlas y aprender de ellas. Explorador obstinado de lo inalcanzable, amigo adicto de los libros, fue activo divulgador de la cultura como semilla transformadora de la sociedad.

Fue imperfectivo e intemporal a contracorriente, contrapunto socrático de un tiempo de espejismo de libertades y de cansancio ante la fugaz inconsistencia de la insaciable contemporaneidad, que ha convertido nuestro mundo en un gran almacén donde todo se puede comprar a fuerza de un clic. Su tiempo —que es el nuestro— se lleva a un hombre que fue llano, soñador idealista y pragmático realista, como su tierra, la que tanto le debe; y de nuevo se fue a trasmano, de nuevo para nuestra desdicha.

De lo que fue, para luz de otros, nos deja —a quienes le conocimos y a los que no— la fortuna de la memoria viva de su eximio, generoso y ejemplar ser.

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