III MANIFIESTO CULTURAL por el arte público contemporáneo [Gabriel Cruz Marcos]

Fotografía Toledo Diario @Bárbara D. Alarcón

Seguimos siendo tozudos a la hora de pensar e instalar escultura en la ciudad. Pretendemos conformar una sociedad y convencerla de que la figuración manierista, trasnochada desde hace siglos, es lo que merece un espacio urbano como Toledo, y que aspira a ser Patrimonio Mundial. Sin embargo, este tipo de escultura no suma valor cultural ni proyecta una visión de futuro acorde con dicha aspiración.

Si se desea realismo, existen escultores realistas contemporáneos plenamente capacitados para abordarlo desde el presente. Es necesario abandonar las ñoñeces, los intereses personales y el amiguismo. El arte público exige conocimiento, criterio y responsabilidad histórica. Ubicar una obra en el espacio común no es un gesto decorativo, sino una toma de posición cultural que compromete a generaciones.

Algunos hemos optado por conocer mundo, dialogar con otras culturas y evolucionar; otros han preferido custodiar unas supuestas esencias del pasado, mal comprendidas y peor reproducidas. Esta resistencia al cambio genera un desequilibrio profundo que solo el tiempo y la renovación generacional podrán corregir.

La historia del arte nos ofrece lecciones claras. Cuando El Greco llegó a Toledo era un desconocido. Llegó y triunfó. Durante años tras su muerte, su obra fue ignorada, hasta que miradas cultas venidas de fuera supieron reconocer la radical novedad y la excelencia de su lenguaje. Su arte terminó imponiéndose y creando escuela. Hoy tras siglos nadie duda de la fortuna cultural que supuso para la ciudad acoger y conservar sus mejores obras.

Conviene recordar, además, que El Greco no se refugió en el estilo bizantino de su origen, sino que llegó con lo más avanzado que había aprendido en Italia. Frente a ese impulso innovador, hoy asistimos a la mala copia de estilos caducos de hace dos siglos, colocados en espacios públicos y celebrados sin espíritu crítico, precisamente en una ciudad que aspira a llamarse “Toledo, Patrimonio Mundial de la Cultura”.

Imagen del Archivo Vasil

Por ello, resulta pertinente señalar que ya existe una magnífica escultura de María Pacheco, reproducida por Cecilio Béjar, en el paseo de la Vega, de muy buen boceto de Alberto. Su traslado permitiría rendir un doble homenaje: a la “Leona de Castilla” y a Alberto, uno de los escultores más importantes a nivel mundial, que por fin podría entrar en su ciudad con el reconocimiento que merece.

El escultor Béjar, conociendo los rumores políticos de la ciudad, decidió cambiarle el nombre por Mujer Toledana y seguir trabajando en la reproducción, el pedestal estaba esperando. En el catálogo de la gran exposición que le dedica el Museo Nacional de Arte Reina Sofía,  en 2001, en la página 196, con el nº 10, del catálogo aparece la foto del boceto reseñada como  María de Padilla (Mujer Castellana), 1923-1925 yeso policromado, 92,3x39x33, Instituto Valenciano de Arte Moderno.

Homenaje a Alberto Sánchez el 30 de octubre de 1982 col la colocación de la escultura de Alberto (Mujer Toledana) reproducida por Cecilio Béjar. Fotografía de Luciano Ruiz de los Paños. Toledo Olvidado.

Este manifiesto no nace del rechazo, sino de la responsabilidad cultural que requiere Toledo. El arte público debe mirar al futuro sin renunciar a la memoria, pero sin quedar atrapado en la nostalgia ni en el conformismo. Una ciudad que aspira a ser universal debe atreverse a vivir su tiempo, a ser contemporánea.

Gabriel Cruz Marcos

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