La ciudad de Porfirio [Paco Rojas]

Los pueblos se están transformando en masas anónimas, movidas y niveladas por un poder central autoritario y sin “control”… El hombre, con tal de tener seguridad acerca de su alimento y de su paz, está dispuesto a renunciar a todas las prerrogativas de la libertad, del genio, de la creación, del riesgo…  

                                                             “El libro negro”, Giovanni Papini 

Porfirio se paró a recordar cómo él creía que era aquella plazuela: pequeña plaza de la que salían o entraban calles estrechas con funciones similares a las de vasos comunicantes. La luz era tan escasa que a él le parecía que se alimentase de recuerdos, entre tinieblas; o que pretendieran retroceder en el tiempo y volver a los hachones que, en otros siglos, debieron crepitar desde las mismas esquinas. Allí percibió de qué manera la oscuridad de los rincones le provocaba sentencias imaginarias, recuerdos sombreados por retóricas historias… Esa raquítica luz le prestaba color al musgo seco incrustado en las carcomidas piedras de las esquinas. La calzada, mal empedrada con cantos rodados, parecía estar a la espera de lo que el tiempo decidiera hacer con ella. Las callejuelas estaban desiertas, silenciosas, como sumidas en soñarreras tras los calores del día. Mientras caminaba, intentando amortiguar la resonancia de sus pasos, Porfirio veía, mirando hacia atrás y hacia delante, cómo su sombra se encogía y se estiraba cada vez que pasaba bajo la luz de alguna farola. 

Los edificios de la plazoleta prestaban sus espectrales muros a la memoria idealizada que le brotaba desde su infancia. Él, cada vez que volvía a su ciudad, sentía cómo ésta, desde las nebulosas del tiempo, erizaba el vello de su epidermis. Él siempre ha dicho que su ciudad es muy antigua, mucho más que cualquier empresa milenaria. También añade: “Longeva no es lo mismo que caduca, ya que el futuro no tiene por qué estar carcomido por los años”. Si, para él, su ciudad está hechizada por la historia, y aún muestra su hermosura con esplendor; a pesar de todos los pesares. Es decir, a pesar de la espiral de abandono en que se ha precipitado en diversas épocas, a pesar de la negligencia de sus gobernantes y de la nula colaboración de sus habitantes; como si pareciera que la falta de cualquier ilusión hubiera anidado en todos. Pero supone que no siempre habrá sido así, que sus arquitecturas monumentales constituyen los vestigios lúcidos de diferentes tiempos, significan evoluciones y cambios de pensamientos; también son muestras pujantes de la oscilación del gusto de cada época. Sin embargo, en gran parte, la traza urbana de la vieja ciudad se ha mantenido a través del tiempo. Sin modificaciones importantes para sus calles torturadas y torturadoras. Éstas siempre han sido como las venas de un cuerpo que, con las pisadas del transeúnte, trae y lleva pasiones derramadas.

La silueta de la ciudad, mirada en lontananza, oculta sus arterias a la vez que dibuja la erección de sus monumentos más orgullosos. Cada uno intenta imponer el espíritu, la historia y los cánones de belleza de cada momento histórico. Porque, en la ciudad de Porfirio, todas las épocas han disfrutado de la oportunidad de mostrar sus peculiaridades, sus cambios de gusto, sus formas de pensamiento… Aunque, para poder expresarse, estas realidades hayan surgido a pesar del inmovilismo de algunos y gracias al entusiasmo de unos visionarios. Porfirio mantiene sus dudas sobre si las aportaciones de modernidad, de cada monumento histórico, sufrieron enfrentamientos ante una población conservadora y que, a veces, hasta podrían haber mostrado intenciones de castración. 

Los recelos de Porfirio, más que a la población, se dirigen hacia los poderes fácticos que siempre han controlado las acciones públicas de la ciudad. O, tal vez, más que de las manipulaciones de los dirigentes, habría que hablar de su capacidad mental, en algunas ocasiones más estrecha que los callejones de esta urbe. También sospecha sobre si, además de hablar de mentes estrechas, habría que hablar de los intereses particulares que suelen entrar en juego. Es decir, de los especuladores que dan por buena cualquier solución –obcecada, improcedente, no colegiada…-, con tal de que los intereses reviertan en sus embudos, ya sea directamente o encaminada a base de codos y de otras transmisiones. Piensa Porfirio en aquellos que pueden estar arrastrando sus infidelidades por los pasillos de las cortes, de los ministerios, de los ayuntamientos, de las diputaciones y de otras empresas públicas. ¿Por qué, ante éticas ciegas, no se suelen reclamar explicaciones? En otras ciudades, como en la suya, estas costumbres, más o menos bastardas, se han implantado impunemente a lo largo de los tiempos. Las decisiones sobre cualquier tema –que son tan fáciles de tomar para un profesional o colegiado-, suelen fluir, con frívola prepotencia, desde la inconsciencia que los cargos inyectan en algunos; los desaguisados también suelen ser un producto genuino de la ignorancia. 

Porfirio duda sobre la capacidad autocrítica, la de cada época, que haya supuesto una evolución hacia posturas cada vez más conservadoras. Piensa que su sociedad, para algunos, es una leyenda con principio y con fin, sin que en ella se acepten nuevos capítulos. Porque es posible que cada momento histórico, en especial este actual, haya escondido la intención de mostrarse parado en sí mismo. Es muy probable que los inmovilistas, como suele ocurrir, se hayan expresado con despistes monumentales. Aun así, siempre queda la esperanza de que, después de una etapa de abandono, surja un cambio, aunque para ello sea necesario un enorme esfuerzo de superación. Pero, en cualquier caso, ahora parece como si una inercia empujase a los ciudadanos hacia un espíritu de desahucio. Ésta podría ser la enfermedad más arraigada en su ciudad. Así, desde el más leve de los casos hasta el más crucial, los ciudadanos suelen mostrarse apáticos o nada exigentes. Se inhiben o, como mucho, hacen sangrantes comentarios entre sí. Lo que estaba preguntándose Porfirio mientras paseaba por la ciudad, era: 

¿Una ciudad puede imprimir en sus ciudadanos algún matiz que modele sus comportamientos, que engendre alguna peculiaridad en su carácter? Es de suponer que, en mayor o menor grado, una urbe pueda generar en sus gentes alguna peculiaridad determinante. Y, cuanto más fuertes sean sus estigmas, más clara se mostrará la fuerza de sus herencias. Hasta una orografía prominente puede influir en la condición física vecinal tras varias generaciones… Una ciudad, cuyos gobernantes sean de una condición secularmente apática, proyectará unos comportamientos ociosos en las costumbres. Una ciudad de gobernantes radicalizados en alguna doctrina o religión, condicionarán a sus vecinos en los ritos, en las prohibiciones, en las relaciones sociales y hasta en las prebendas”. Todo esto se anidaba en la cabeza de Porfirio, aunque intentase disculpar de manera inconsciente a sus conciudadanos. 

A Porfirio, en sus paseos, a veces le sobrecogía una especie de éxtasis que venía alimentando a su espíritu desde niño, esta recreación del alma era como un sentimiento arcaico. Observaba el enorme peñasco sobre el que la urbe echó raíces milenarias. Admiraba las casas, que se acoplaban en desigual manera a la orografía de la ciudad. Edificios erguidos y atados entre sí, con sus escorzos, dibujaban difíciles perspectivas. Si tuviese que describir a su ciudad, ya metido en ella, entre sus calles de irregular piso, donde la mayoría de las veces o se sube o se baja, tendría que mirar hacia arriba para ver cómo las fachadas juegan en las alturas con caprichosos e irregulares ritmos o, también, podría mirar hacia abajo para que los ojos rebotaran en los escalones que dibujaban los tejados. Para él, la historia de su ciudad tenía un rostro ilegible unas veces y un vacío perturbador otras. Los vestigios de la historia, inopinadamente, podían aparecer en una piedra incrustada en un muro, o en la orgánica muestra de un sedimento convertido en roca. Parecía como si todo lo que en su ciudad había mutado, o quedado imperturbablemente quieto, tenían para él un espíritu latente. 

Desde que jugaba en las calles hasta el día de hoy, los sentimientos de Porfirio por su ciudad habían cruzado por los distintos estratos de un alma expectante. Sólo con los recuerdos de su niñez, o de su pubertad, podría colmar las páginas de un grueso tomo. La edad entre diez y quince años, sin duda, era la más rica en sucesos y anécdotas. Él reconocía, cómo, la intensidad de vivencias ocurridas en estos años ocupaba un lugar preferente en la construcción de su carácter. Veía la ciudad con sus calles como lugares de encuentros, con sus plazas como acrópolis de barrios defendidas por sus vecinos infantes. Toda la ciudad, incluido su río repleto de playas y cañaverales, constituían los escenarios donde se había configurado gran parte de la historia particular de Porfirio. ¿Qué decir de los juegos y las guerras entre plazas-ciudadelas? ¿Qué mil aventuras acaecidas en el río podrían olvidarse? ¿Cómo no remover los recuerdos de aquellos amoríos juveniles, que recorrían callejas y rincones? 

Paco Rojas, artista, fundador del grupo Tolmo

 

“La ciudad de Porfirio” es el más corto y el último de los once relatos de “Porfirios” (obra de Paco Rojas de 240 páginas). El primer relato y el más largo, “El primer Porfirio”, de carácter biográfico, se refiere al griego filósofo neoplatónico. 

 

 

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  • Hermoso relato. Es curioso que puede leerse al revés, y para mi gusto queda mejor construido, sería empezar en “Desde que jugaba en las calles hasta el día de hoy…” y terminar al final del primer párrafo: “… su sombra se encogía y se estiraba cada vez que pasaba bajo la luz de alguna farola”.

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