Casa de negocio (Y 3) De la impostura al falseamiento [José Rivero Serrano]

Ilustración de Miriam Persand para la portada de Babelia 11.11.23.

La discontinuidad va a reinar sobre el mundo. Max Aub, El arte de nuestro tiempo.

Tenemos que encontrar una narrativa paralela a las Kardashian del mundo sobre lo que es valioso. Alejandro Aravena

Los reyes construyen villas y palacios para sus favoritas, que a veces parecen auténticas moradas reales. Giovanni Cutolo, Lujo y diseño.

El mismo día, el 11 de noviembre pasado, el suplemento Babelia, verificaba en un sólo movimiento esa rara síntesis pregonada sobre el simplismo cultural, que el arquitecto chileno fija como la de las Kardashian del mundo que constituyen una categoría del mundo manipulado y publicitado de las llamadas influencers. Referida la información de Babelia [i], en primer lugar, a la portada que alude al asunto En la biblioteca de Rosalía. Y, por otra, al desmontaje crítico sobre los premios literarios –falsos premios literarios– de la mano de Jordi Gracia en La autoinmolación del Premio Planeta. Donde habla de “ridículo sofocante. Por la trama, por el estilo, por la arbitrariedad, por la absoluta nadería” y donde deja claro el papel colaborante del jurado en tamaña impostura.

La cantante de éxito programado, Rosalía, merced a un ejercicio interpretativo de Anna Pozas, era vista como “una prescriptora cultural y bibliográfica”; un concepto el de prescriptor/a de largo alcance y de corto recorrido, en el que hemos podido contemplar a la reina Letizia como indicadora de lecturas y a Tamara Falcó como prescriptora de diseño, pese a sus desavenencias con Joaquín Torres, arquitecto capaz de diversas invenciones del famoseo, como nos ha demostrado en sus actuaciones de La Finca. Incluso se nos proponían diferentes lecturas, emanadas de ese universo promocional de la cantante aclamada en Sevilla en el último certamen de los Grammy latinos, en rememoración del pasado de Rocío Jurado y Manuel Alejandro,  que parece que quiere ser algo más que cantante de éxito. Aunque ese carácter prescriptor no fuera de aplicación en lo arquitectónico, cuando Rosalía mostraba la casa que había adquirido con su pareja Raw-Alejandro en 2019. Unos modernos que viajan al pasado mixtificado en una ceremonia de la confusión identitaria. Operación similar, milimétricamente, a la desplegada en la portada del número de ICON conmemorativo del 10 aniversario, donde aparecía Pedro Almodóvar, en compañía de dos actores de su preferencia. Todo ello, para dar rienda suelta de su tremendo fracaso –no reconocido, obviamente– en su última pieza, Extraña forma de vida, rodada en el desierto almeriense de Tabernes, en otro trampantojo del espagueti western de Sergio Leone, ahora en clave homoerótica. Almodóvar que ha sido considerado en múltiples ocasiones como otro prescriptor cultural de referencia y sostenido como tal, venía a cometer la misma torpeza arquitectónica que Rosalía, como se puede constatar en el número de Vogue España de 2019. Donde se convierte en anfitrión de sus actores y musas[ii], en un contexto nada moderno, como puede observarse en la imagen de Pedro Almodóvar fotografiando a Penélope Cruz y a Rosalía sobre una tumbona convencional de mercado chino. Con un fondo que delata la mediocridad del afamado y jaleado gusto del cineasta. Un cuerpo aterrazado, sustentado en un complejo columnario –pretendidamente dórico, aunque realizado en piedra artificial– y con una protección de balaustrada de la misma piedra artificial. Los equívocos almodovarianos se remontan al pasado y entran en conflicto en diversas secuencias de sus películas, en un debate entre el hortera costeado y el kitsch tecnicolor, el retro sentimental a lo Douglas Sirk y el color canalla de la Movida de los ochenta. 

Vogue España, 24/09/19. @Nico Bustos

Es en Dolor y Gloria (2019) donde da salida a distintos modelos de habitación y de pensamiento habitacional –no diré, fácilmente, arquitectónico–: aparecen una casa, un templo y una casa-casa. Esta última pieza es una relectura de la casa de Madrid del propio director en el Paseo del pintor Rosales. En la película vive Salvador Mallo, alter-ego adulto del director, interpretado por Antonio Banderas. Ese gran piso de Rosales enmarca la acción trascendiendo el espacio físico y envolviendo al espectador, que termina sentado en la mesa de la cocina, abriendo cartas e invitaciones delante de un tostador de flores de colores. Todo ello, bien situado con el conflicto con la casa cueva de Paterna, como alojamiento de la infancia y como templo de la memoria polvorienta. Una casa donde el agua se acarreaba en baldes, donde se cosía con una máquina Singer y se zurcían calcetines con un huevo, todo ello en contraposición con el attrezzo de la casa de Rosales. Una taza de Hermès, un tostador de Smeg (edición limitada de Dolce&Gabanna), y muebles con nombre y apellido: la Mexique de Charlotte Perriand, un cabinet de mariposas de Fornasetti, un secretaire del mismo diseñador de los años 50, la lámpara Eclisse de Artemide, una lámina de Enzo Mari, una cómoda de madera reciclada de Piet Hein Eek, o el reloj de George Nelson para Vitra. Como en toda su filmografía, la realidad aparece estilizada y construida por un ojo sentimental y pretendidamente moderno. Mostrando o tratando de mostrar otro universo bien diferente del vivido real, por más que haya esa tendencia del guiño para iniciados y parvenues sofisticados y lujosos.

Fotogramas de Dolor y gloria, 2019.

Como acontece con toda la secuencia de exaltación del lujo fingido y mostrado en exposición militante, en El País semanal del 3 de diciembre, que denomina –sin reparo ni rubor– El gran negocio del lujo. Donde se establecen, en la pieza de Cristina Galindo Récord tras récord, hasta nueve categorías del poder simbólico y real de lo lujoso[iii]: Bienes personales –moda, joyas, relojes–, Coches, Viajes, Vinos y bebidas espiritosas, Gastronomía, Decoración y productos para el hogar, Arte, Aviones privados y yates y Cruceros de Lujo. Donde nos interesa retener lo referido al sexto apartado denominado como Decoración y productos para el Hogar. No Arquitectura y diseño, ahora ya simplemente –y de forma oculta– Decoración y Hogar, casi como el título invertido de alguna de las revistas del sector: Hogar y Decoración. El apartado que desarrolla ese universo se denomina Detrás de las grandes casas. Referido el adjetivo grande, a aspectos cuantitativos que no cualitativos. Aspectos dimensionales y económicos, rara vez a otras singularidades o valores formales. Donde apenas desfilan arquitectos[iv] como puede comprobarse en la información y como ya habíamos apuntado en entregas anteriores. Sólo señalan a los arquitectos invitados a mostrar sus talentos y habilidades en Sabina Estates en Ibiza –Johnn Pawson, David Chiperfield y Elías Rizo–, todo lo demás queda en una estandarización decorativa de identidades y referencias.

El País Semanal.

El 26 de septiembre, Sergio Fanjul publicaba en el semanario Ideas, el trabajo Consumir para construir identidad. Donde podía leerse que “las compras hoy no responden tanto a necesidades como a relatos, a ideología, a la construcción de una imagen condicionada por las redes sociales y lo aspiracional”. Relaciones que podrían trasladarse superlativamente, al consumo de lujo. Aunque el mayor contraste de pareceres se produzca entre el citado El gran negocio del lujo y la información del día anterior –sábado, 2 de diciembre– en la sección de Economía y Trabajo, donde se podía leer el trabajo de José Luís Aranda, donde se señalaba que “seis de cada diez familias tienen problemas relacionados con la vivienda”. Problemas de asequibilidad económica, en primer término; problemas de habitabilidad, en segundo lugar; problemas del entorno, en tercero; y problemas de inseguridad –tenencia en precario y obligación de abandono– en cuarto lugar. En brutal contraste con las referidas en el informe de la aseguradora Hiscox, que mantiene que “el año pasado se vendieron unas 8.000 viviendas de más tres millones de euros, un 55% más que el año anterior”. Como si las alternativas fueran las insinuadas por Paul Olivier en su trabajo Cobijo y sociedad (1969) y el esbozo del proyecto de La casa de deshechos, del escultor Armand González, concluida –si es que cabe tal extremo, si es que el deshecho termina en algún momento– en 1998.

José Rivero Serrano, arquitecto


[i] Hace años, ya se hablaba del suplemento cultural de El País, como de Babelia, que dejaba clara la posición adoptada por el suplemento. Puede que la captura provenga de la determinación francesa de los Bobos. Que establecía un nuevo cuerpo social de los llamado Bohemios burgueses por la abreviatura de Bo-bo.

[ii] Quiere la casualidad que se retrate a Pedro Almodóvar junto a la citada Rosalía, en una mesa de billar. El simulando jugar, ella simulando mirar.

[iii] Acompaña a la serie de ornamentos mostrados, una entrevista de Marc Basset con el pensador francés Gilles Lipovetsky, donde se subraya que “El lujo era lo más bello, lo más caro y lo más raro. Hoy también es el mal gusto, lo feo, incluso lo vulgar y lo obsceno”. Mostrando una suerte de inversión perversa sobre ese mundo. No podemos olvidar los otros títulos de Lipovetsky La era del vacío (1987) y El imperio de lo efímero (1990) que se formulan nen claves de lo vacío y lo efímero. Como todo lo que recoge ese mundo entrecomillado.

[iv] El grupo denominado Encargados de la puesta en escena, está formado por el grupo humano de La Moraleja Homes, en el llamado ya como Home staging, “dedicado a decorar las casas en venta”. Grupo formado por dos diseñadores, administración del centro, comunicación y logística.

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