Andando por la N-401 (I). Arqueología emocional del viaje Toledo-Madrid. [Luis Antolín Jimeno]

1ª jornada. Toledo, Cabañas, Yuncos, Illescas.

Dos artículos de este blog alborotan mi memoria: Uno de Jesús Fuentes sobre la carretera A-42 y el otro de Quique J. Silva sobre el Corralillo de San Miguel y los autobuses que ahí empezaban o terminaban su recorrido. 

Por ambos me siento concernido y, en cierta manera, en deuda con los objetos literarios que representan: la carretera que une Toledo y Madrid, en su versión N-401, y el semoviente en que la recorría: El Galiano, que estaba presente en nuestro lenguaje como un objeto de uso común y del que se sabía todo en cuanto se evocaba: Los horarios, los conductores, el modelo de autobús, los transportines, el revisor… En uno de ellos, en 1966, viajé con un colchón y dos maletas baratas para instalarme en el internado de los Salesianos de Atocha, para poner una distancia con Toledo de la que no he regresado. Pero antes y después fueron cientos de viajes.

Ya que mi memoria es frágil y caótica, para organizar los recuerdos que se amontonan al evocar esos objetos, decido repetir ese viaje; pero como es imposible, ya que la N-401 ha sido absorbida por la A-42, y el autobús que la recorre ya no es el que era, decido recurrir al depositario orgánico de la memoria: el cuerpo. Haré el recorrido andando.

Así que el viaje de hora y media del Galiano S.L. está a punto de convertirse en un viaje de dos días.

Los mapas no son el territorio

Delante de un mapa señalo los nombres de los lugares por donde quiero pasar: Cabañas, Yuncos, Illescas, Parla, Getafe y Madrid, plaza de Drumen. Luego tomo notas de los caminos que quiero recorrer: sus nombres, por dónde pasan y con qué otros caminos se cruzan.

Pero los mapas contradicen las intenciones del viajero: No se puede salir andando de Toledo por la Carretera de Madrid. Te proponen el Camino de los Depósitos que lleva a Bargas y por él comienzo el viaje; orgía de conejos, perdices y encinas bellísimas, tomo una desviación para incorporarme a la vía de servicio de la A-42 que me llevará a Olías y me encuentro con la verja de un coto de caza, me cago en su puta madre, que no viene en los mapas, la tumbo y paso por encima. Aviso a caminantes: Los mapas no son el territorio y los nombres de los lugares no siempre indican el lugar al que llevan. La realidad la conoces después de pisar el terreno.

Camino de los Depósitos.

La autovía A-42 es el resultado del desdoblamiento de la N-401. Tengo que cruzar al otro lado, pero las autovías no se cruzan, mirando a un lado y a otro y esperando a que no pase nadie, como las carreteras antiguas. Pasar de un lado a otro de la carretera, por arriba o por abajo, obliga, en muchos casos, a recorrer grandes distancias y a apartarse de la línea recta que le gustaría llevar al caminante.

La vía de servicio de Bargas, obliga al caminante a ir por la calzada, pegado a los coches y, cuando hay aceras es peor, porque para subirlas y bajarlas tienen escalones de más de medio metro. Un auténtico camino de obstáculos que actúa de rompe piernas; y no se necesita mucho para romper las mías. Entre concesionarios de coches y otros talleres están el restaurante de Rufo, el merendero de Kaito y los puestos de cerámica, que son vestigios de otros momentos en los que Los Pinos eran un refugio de los jóvenes que disponíamos de los primeros coches, uno por pandilla, para alejarnos un poco de la ciudad. Tengo la sensación de que ahora empieza el viaje, aunque se necesita mucha imaginación para reconocer en esta vía la N-401 que apenas tenía arcenes y solo la separaba de los chiringuitos una explanada de tierra. 

Bar restaurante Kaíto

Cuando llego al término de Olías el camino es amable, buenas aceras, sombra de cinamomos para los caminantes, fuentes para beber las personas y los perros e incluso una variante de tierra a la sombra de los pinos. El camino se aleja de la carretera y se atempera el ruido de los coches.

Para entrar en Olías he caminado por caminos con nombres que evocan la razón por la que existen: el camino del Arroyo del Aserradero, el Camino Alto de Toledo, el Camino Bajo de Toledo, el Camino del Arenal. He cruzado el pueblo por la calle de Santa Bárbara, junto a la ermita de Santa Bárbara, la calle Empedrada, porque estuvo empedrada, la Plaza Vieja, porque hay una nueva. Me paro un ratito para mirar alrededor. A pesar de la proximidad a Toledo, no conozco Olías. Yo era más de ir a Bargas, el pueblo más próximo. Los chicos inventábamos rivalidades pueblerinas, chuscas, entre el Cristo de uno y la Virgen de otro. Salgo por la Calle de Madrid, que lleva a Madrid.

Los cojones de verraco y la Route 66

La salida de Olías va por un camino arbolado de arces, olmos y acacias, y en seguida se hace presente el paisaje de La Sagra, una llanura de suaves vaivenes, como una sábana ligeramente sacudida. A la derecha, lejos, ya está a la vista la fábrica que se comió una montaña. De esto luego hablaremos.

Tengo apuntado que, antes de entrar en Cabañas, debo tomar un camino que pasa por detrás del toro de Osborne. Pero cuando me voy acercando veo que no es así y el camino que llevo está cortado por la vía de un tren del que desconozco a dónde va y de dónde viene. Así que bajo arrastraculos por un talud y subo por el contrario, con gran algarabía de conejos, que tienen huras a ambos lados de la vía. Cuando recupero el camino, estoy debajo de los cojones del toro negro, y me aparto porque me asalta el recuerdo de la película Jamón Jamón y la posibilidad de que los testículos del verraco se desplomen. Sería el hazmerreir cuando llegará al hospital y me preguntaran que qué me había pasado. Me fijo en las pletinas de hierro que los sujetan y me parece que lo huevos del toro están bastante seguros. 

Entro en Cabañas de la Sagra por la antigua Carretera Madrid Toledo y desde detrás de una mata de celindas radiante de blancura me detengo a mirar aquella casa recubierta de cerámica, con torre, reloj y campana, que nunca pude imaginar que era ni de quién, porque no pensé nunca que alguien pudiera vivir en una casa así, tan mágica. Un día de viaje, junto al Ayuntamiento, una charanga festiva, paró el autobús, el Galiano, y levantando en alto botas de vino y con cuchufletas en la boca nos invitaron a unirnos al jolgorio. El autobús no pudo seguir hasta que el conductor no dio un trago de la bota que le ofrecían. Eso debió ser antes de 1966 y a mí me pareció normal. A la salida veo una evocación a la Route 66 americana: Route 401. La Route 66 invoca en la memoria a Jack Keruac que ”En la carretera” nos hizo soñar en los años sesenta con la libertad que se nos negaba día a día. Entonces no se nos ocurrió que los modestos setenta quilómetros de nuestra carretera podían estar jugando ese papel. Para mi amigo José Luis Salvador la literatura es un viaje en moto: “La cosa consistía en explorarse a sí mismo, mientras las millas se sucedían vertiginosamente y el único carburante era el tiempo quemado”. En realidad, decía, la literatura no es nada más que la narración de un viaje: El regreso de Ulises a Itaca, la aventura que emprende Telémaco en busca de su padre. Tal vez algo de eso hubo en la N-401 o hay en la A-42.

La fábrica que se comió una montaña

Salgo por la antigua carretera de Madrid con la intención de llegar a Yuncos. Tal vez éste sea el tramo en el que mejor coincide lo que estoy viendo de forma tangible con la imagen de lo que se veía desde el autobús y, cuando tengo que desviarme de la N-401, no entiendo por dónde y pregunto a un hombre que espera algo dentro de una furgoneta: 

•  Hola. Este camino ¿Lleva a Yunclillos?

•  Por ahí se va a Villaluenga.

Dejo claro que me he equivocado y que dónde voy es a Yuncos.

•  Eso está lejos, si quiere le acerco a Yuncler.

•  Es que voy andando.

•  Eso es mucho andar ¿Y pa qué?

La conversación continúa un buen rato: Cosas de los jubilados. ¿Viene desde Toledo? Pues si quiere caminar, de vueltas por Toledo. Ya, pero es que cuando termino de dar vueltas llego a mi casa y donde quiero llegar es a Madrid. Eso es mucho andar ¿Y pa qué? Cosas de los jubilados. Y ¿dónde come? Pues anda que no hay sitios. Y ¿dónde duerme? Porque yo sé un hotel en Yuncos. Pues tomo nota por si estoy cansado, pero quiero llegar a Illescas hoy. Como dijo Yuncos. Ya, pero… Illescas. Eso es mucho andar ¿Y pa qué? Pues anda que no habrá sitio en Toledo para andar, si quiere andar.

Tengo Villaluenga enfrente y muy cerca la fábrica que se comió una montaña. Entro por la calle Real, pregunto y me dan información confusa, no sé si siempre bien intencionada, para ir a Yuncos por la carretera. Al final un chico árabe, deduce de mi mochila que voy andando y que los que andan prefieren los caminos, y me indica un camino de tierra para cruzar a Yuncler, que está muy cerca, entre canteras de las fábricas de ladrillos, que han formado barrancos de arcilla. Un paisaje peliculero. 

Era muy pequeño cuando, en un viaje a Madrid con mi padre, me señaló una fábrica humeante: “Eso es una fábrica de cemento. El cemento se hace con la tierra de la montaña que tiene detrás y con los años la montaña desaparecerá. Yo ya no lo veré pero la fábrica se comerá la montaña entera.” Yo me quedé muy sorprendido de que una fábrica pudiera comerse una montaña, aunque desde ese día comencé a ver la silueta de la fábrica como la de un dragón con espinas en la espalda y fuego por las mandíbulas. Y, a lo largo de los años, fui viendo como el bocado a la montaña aumentaba su tamaño y ahora ya no existe la montaña. 

Ya me duelen las plantas de los pies y las ingles. Entro en Yuncos por la Calle Real y en un ensanche me paro para comerme un bocadillo de jamón como pocos se hacen ya: cortado con cuchillo poco afilado. Veo la calle paralela a la carretera, en rampa, que hacía que los peatones y los coches que pasaban por ahí quedasen a la altura de las ventanillas del Galiano y generaban una visión fantasmal para mis ojos de niño. Lo que no había entonces, son tantas peluquerías y barberías de hombre, a la moda de barbas cuidadas. Aquí vive mucha gente, no sé cuánta, pero este pueblo ha crecido mucho. Cada vez que me paro y me pongo en marcha me duele todo el cuerpo.

Voy preguntando, con el riesgo que eso tiene, más que mirando mis notas confusas, pero nadie sabe nada de caminos. Por fin encuentro el trazado de la antigua carretera N-401 y voy atento por si quedara algún vestigio de ella: un mojón o algo. Pero nada.

Camino por polígonos industriales un poco destartalados. En unos descampados y en las cunetas del camino veo plantas que reconozco: el gamón, malvas, camomila, adormidera blanca, el cardo mariano. Esto del cardo mariano siempre me hizo gracia. Luego supe que lo de mariano no era del señor Mariano, si no una advocación a la Virgen María y la leche de sus pechos y me pareció retorcido.

Apenas recuerdo como cruzaba el Galiano Illescas. Creo que no lo cruzaba. Pero de lo que si me acuerdo es de cómo surgió un polígono industrial en una ladera a las afueras del pueblo, uno de los primeros de los años sesenta, con naves con techos en sierra. Y ahora paso andando por una vía de servicio repletas de talleres, almacenes, fábricas. Y cuando llego al casco antiguo, por el Camino Real, veo una ciudad, que da gusto verla, que nada tiene que ver con nada que yo recuerde.

Sorbo una cerveza y hago un poco de turismo alrededor de la torre mudéjar. Hay mucha gente y el comercio es entretenido y de buen gusto. He estado nueve horas en el camino, vuelvo al hotel, sorbo una cerveza, y escribo sobre lo que el cardo mariano me recuerda: Como cortábamos su cabeza con una vara o como los tumbábamos para hacer caminos entre la vegetación. Y como intentábamos quitar los enormes pinchos que cubrían la flor, que escondía un corazón tierno como el de una alcachofa, para mordisquearlo. Por fin bebo una cerveza y me quedo dormido.

3 de mayo de 2019

Luis Antolín Jimeno

Deportes y Diversiones: Luis Antolin blogspot

Este escrito, además de los autores citados: Jesús Fuentes Lázaro y Quique J. Silva. es deudor de diversas lecturas de autores como Alfred Korzibski (1879-1950), Pierre Guérin, Elisa García, Miquel Barceló y Ricardo Gómez (Arqueólogos). Y de José Luis Salvador (1946-2009), profesor de educación física, en su libro Ocio y Deporte (Libros de Bastiague)

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  • JESÚS FUENTES

    Es una delicia leer y releer el texto que nos ha ofrecido Luis Antolín Jímeno. Lo que demuestra que a nosotros nos queda todo por contar. Otros ya lo hicieron como lo indica el autor en la bibliografía empleada.

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