Las decisiones de Alberto Sánchez. (I) [Jesús Fuentes Lázaro]

Pablo Neruda y Alberto Sánchez en el Museo Estatal de Bellas Artes A.S. Pushkin en Moscú.

Primera parte

Admito que es arriesgado escribir sobre lo que pudo ser y no fue. Pero no, en cambio, preguntarse qué fuerzas desconocidas ligaron a Alberto Sánchez a un presente concreto que cerró el camino a futuros posibles y, por la lógica de los sueños, esplendorosos. ¡Tenía tanto arte transformador por delante! ¿Le dio miedo la fama? ¿Pensó que traicionaría sus ideas y sus convicciones más queridas, pervirtiendo su arte y sus principios? ¿No se atrevió, cuando llegaron las ocasiones, a dar un salto que lo dejaba suspendido en el vacío por una fracción de tiempo indeterminada? ¿Se encontraba perdido lejos de los paisajes de su infancia? ¿Fue un adelantado a su época, rechazando la mercantilización de la inteligencia y su obra?  

Las preguntas formuladas y otras posibles sirven para acercarse a la personalidad del autor. Porque Alberto Sánchez continúa siendo un desconocido, “un modelo de escultor solo, entre los escultores actuales,”  escribiría Oteiza en el año 1975. Y la soledad, no sabemos si fue elegida o producto de unas circunstancias a las que se sometió dócilmente. Por eso  para acercarse un poco más a la obra y la figura de Alberto Sánchez, conviene adentrarse en las decisiones que tomó. Conocer (si eso fuera posible, una vez desaparecido) los mecanismos internos, las inhibiciones sicológicas, los compromisos colectivos que contrajo con unas causas y unas personas que configuraron al escultor que hoy conocemos.

Alberto Sánchez. @Fundación Mapfre

¿Descubrió en algún momento de su vida que se había equivocado? La febril y, casi furiosa, actividad de sus últimos años algo de esto indica. No ayuda mantener la imagen angelical que sus protectores, la familia Lacasa, construyeron. Y que posteriormente se han repetido de manera reiterada. Alberto no era tan espiritual para detestar cuanto se relaciona con el mundo y con la materia. ¿Descubrió sus errores en unos años en los que ya nada era posible, excepto un esfuerzo último, de reflejar el universo de formas que se habían agolpado en su interior durante años de negación del acto creativo? En esos casos, para vivir lo más en paz con uno mismo, lo aconsejable es aceptar lo hecho e incorporarlo como patrimonio idealizado de la trayectoria propia.  Nada más trágico e infructuoso que formular una enmienda a la totalidad de la propia vida pasada. Tal vez por eso, para salvar su figura, para alejarlo de sus contradicciones humanas, se nos ha trasmitido una vida falseada, la de una víctima que fue coherente con sus propios desaciertos. ¿Ocurrió así, en realidad?

Existe en España la tendencia a idealizar a quienes salieron ante el espanto de una guerra inconcebible y una posguerra de intransigencias, matanzas y crueldades, como las que narra en su libro Diarios de Berlin”, Carlos Morla Lynch. Lean lo que cuenta este funcionario de la embajada de Chile en España. “Cuando en julio de 1936, al iniciarse la Revolución, desembarcó en Tetuán, le recibió un gran amigo suyo (no recuerdo su nombre). Este abrió los brazos al ver a Franco exclamando: Pero hombre, ¡qué haces, estás loco¡ Franco no le dejó terminar, sacó su revólver y lo derribó de dos tiros. No me extraña, comenta el funcionario de la embajada, que, con estos criterios, estén fusilando a medio mundo.”(Reproducido por Andrés Trapiello en la revista literaria “La lectura” del 19 de mayo de 2023, número 67). Lo escrito, de ser cierto, nos sorprende, porque es la primera vez que puede leerse algo semejante. Pero sí esto ocurría en España, no mucho mejor iban las cosas en la URSS. Las condiciones, tras los efusivos recibimientos iniciales a los exiliados, cambiaron en función de las propias circunstancias de la URSS. Se ha echado un manto de silencio sobre estas condiciones terribles, contadas por quienes las conocieron o padecieron. Entre 1936 y 1937, la NKVD arrestó y ejecutó casi un millón de personas. En los años siguientes los arrestos se acumularon al azar. Nadie vivía libre de sospechas, hiciera lo que hiciera. ¿Cómo digirió Alberto Sánchez este terror en el que aterrizó en 1938?

Autorretrato del artista con el arquitecto Luis Lacasa, c.1949-1951, (Col. particular, Madrid).

Afrontar lo que pudo ser y no fue es una forma de humanizar al autor. Alberto Sánchez, al menos en Toledo, ha vivido entre la condición de ignorado o tratado con el hálito de un santo laico, autor mixtificado de una obra excelsa y de una trayectoria desconocida. Sin embargo, como importa más la persona  que el estereotipo, la historia real que las leyendas a las que tan proclive es la ciudad donde nació, es útil enfocar la vida y la obra de Alberto Sánchez desde la posición del individuo que vivió entre decisiones acertadas y equivocadas. Y en unos tiempos de convulsiones catastróficas: el fracaso de la República, la “Gran Guerra Patria” en Rusia, la Segunda Guerra Mundial.

Alberto Sánchez, escultor y pintor toledano, exiliado en Moscú la mayor parte de su vida creativa, tomó varias decisiones que condicionaron su vida y la proyección de su obra. Y así se formaría, lo que hay que interpretar como el “ámbito de su tragedia”. Los textos, artículos, libros, catálogos sobre Alberto Sánchez han construido una vida ascética, pura, sin contratiempos. Sin embargo la impotencia, la renuncia y la acumulación de errores aparentes nos convocan a una apreciación distinta: el perfil trágico de Alberto Sánchez. Pudiendo ser un creador universal se quedó en local. Habiendo podido cambiar la escultura mundial aceptó construir obras insólitas, pero de una menor trascendencia y, pudiendo ser famoso e influyente, se acomodó a una vida sencilla en un país que no aceptaba su obra. Tal vez la revolución de 1917, en la que llegó a creer firmemente, le jugó malas pasadas. ¿Es posible que el fiasco de la revolución a la que él había sacrificado su poder creativo, fuera descubierto en los últimos años de su vida? Y, en ese caso, ¿qué ocurriría en su interior?  

La primera decisión que tomó fue salir de Toledo, a pesar de sus resistencias. Constituiría uno de sus principales aciertos. Sus padres y sus hermanos habían emigrado a Madrid, pero él permaneció en Toledo unido al paisaje y su geografía por una especie de lazo inextrincable. En Toledo, a pesar del miedo confesado que le producía la ciudad, descubría un universo cada momento del día diferente. Conocía sus leyes y reglas de funcionamiento. Observaba las variaciones de una luminosidad tan cambiante como original. Vivía feliz dentro de la miseria y la infelicidad que lo rodeaba. Su padre, un día mirando una obra sobre el caballete, le dijo “Mira Alberto por este camino no creo que vayas muy lejos. Si al menos hicieras belleza…” Aunque, cuando su hijo fue nombrado profesor de un instituto del Escorial, el padre le dijo “Perdona Alberto. Tú ya comprenderás. Ahora me doy cuenta de quién eres.” Para aquel padre, atrapado en las redes de la miseria, tener un hijo profesor de instituto era mucho más de lo que él podía haber soñado. Pero Alberto era más y pudo haber sido más aún.

Dibujo de la serie Cinco Flechas. 1936-1940, lápiz/tinta/ papel. (Museo Pushkin, Moscú)

La excusa para permanecer en Toledo fue un trabajo en la herrería de Santiago Ramírez, según escribe Ángel del Cerro en su “Vida y obra del escultor Alberto Sánchez.” Ese trabajo le dañaría la vista por lo que tuvo que cortar el cordón que le unía a los paisajes y luces de Toledo. Contribuyó la demanda familiar que necesitaba de alguien para complementar el sueldo del padre. Madrid, como Barcelona o Bilbao, eran centros de emigración en busca de oportunidades de trabajo, donde la vida se mostraba en su fiereza competitiva y conflictiva. Comportamientos que no encajaban con el espíritu y la sensibilidad de Alberto, nada inclinado a la competencia y mucho menos al conflicto. Paradójicamente era un guerrero de las causas de los oprimidos.

Ya en Madrid no tardó en comprometerse con la defensa de las clases  desfavorecidas. No había otra opción para un hombre como él. En 1915 se afilió a las Juventudes Socialistas. La convivencia con las familias trabajadoras que se hacinaban en el barrio de Lavapiés incrementaron su conciencia política y lo empujaron a inmiscuirse en los movimientos sociales de la época. Uno de sus primeros proyectos, que quedaría en nada, fue la construcción de una “Casa del Pueblo” con una arquitectura y un diseño apropiados a la nueva sociedad proletaria. Sería un gran palacio del pueblo, original en su construcción, y expresaría los altos valores de las clases proletarias. Él mismo cuenta en una carta a Luis Lacasa su determinación de participar con una forma de arte que “excite la lucha de clases”. “Decidí dibujar – enuncia – directamente asuntos populares y proyectos de carteles monumentales para anunciar los mítines de propaganda. También realicé un proyecto en dibujos coloreados que consistía en un monumento que debía ir en una plaza popular y consistía en una figura de albañil de 10 metros de altura, tratado por planos a la manera cubista sin que yo tuviera contacto con este tipo de arte nacido en Francia a principios de siglo.” El temprano compromiso social permanecería activo hasta su muerte y lo empujaría a tomar otras decisiones que marcarían sus años posteriores, condicionaría su actividad creativa y frenaría la eclosión de una obra que, hipotéticamente, hubiera transformado el arte contemporáneo.

                          Jesús Fuentes Lázaro

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