De cuando Joaquín Sorolla vino a Toledo [Martín Molina López]

A principios del siglo XX, Sorolla era uno de los pintores más prestigiosos y sin lugar a duda, de los españoles, el más internacional de todos los creadores. Había obtenido reconocimientos y premios en las Exposiciones Nacionales,  que anualmente se convocaban, y lo había obtenido con temáticas diversas, desde la histórica, la más académica de finales del siglo anterior, con “Dos de Mayo” o “La defensa del parque de artillería de Monteleón” en 1884, pasando por el realismo social, género emergente años después con “Otra Margarita”, y posteriormente con los temas marineros levantinos, que le harán triunfar popularmente y que le servirá para identificarse del resto de los pintores, y en concreto con la obra “ La vuelta de la pesca”, en donde la luz y el color generan una atmósfera mágica. Superada su época de formación académica dentro y fuera de España, ahora recibía la aprobación internacional en nuestro país vecino, Francia. Por tanto, cuando Sorolla llega a Toledo es un pintor consagrado y demandado entre los clientes madrileños de alto poder adquisitivo.

En 1906, y ya con 43 años, Sorolla, en la cumbre de su carrera, había realizado una muestra individual en la Galería de Georges Petit de París en la primavera parisina. Más de quinientas obras entre óleos y dibujos, y la mayor parte de las obras vendidas.

Al finalizar el verano, y de vuelta de Biarritz, donde había pasado unas semanas pintando sus paisajes, tan diferentes a los del Mediterráneo, y ya en Madrid, donde tenía su residencia habitual, y ante la posibilidad de exponer en varias ciudades de Alemania con la casa Shulte y necesitar nuevas obras para ello, busca en Castilla nuevos motivos pictóricos.

Son varias las razones que le llevan a tomar la decisión de trasladarse, primero a Segovia y después a Toledo en el otoño de 1906.

Autoretrato

En primer lugar, es indudable que los escritores de la Generación del 98 veían en Castilla, en sus ciudades, en sus monumentos, en sus paisajes naturales y urbanos, los mayores signos de identidad para llevar a cabo la reconstrucción de una España en crisis y en plena decadencia en el plano internacional, con la pérdida de las últimas colonias.

Por otro lado, el Instituto Libre de Enseñanza, impulsado por Giner de los Ríos y un grupo de científicos e intelectuales, habían desarrollado un nuevo ideario en cuanto a la concepción del paisaje moderno, donde los elementos naturales (relieve, vegetación, agua, atmosfera…) y humanos y las obras realizadas por la mano del hombre, formaban una nueva concepción del paisaje. Y a eso le unimos el interés especial del grupo por la Sierra del Guadarrama dentro de la orografía en el centro de la península.

Y finalmente, la estrecha relación entre Aureliano de Beruete y Sorolla, y la afición y enamoramiento del primero por Castilla, a nivel general, y por Toledo en particular, le llevan a desplazarse a nuestra ciudad. Se tiene  noticias a través de varias cartas entre ambos, que Aureliano le informaba a Joaquín de las acciones que se estaban llevando para conseguir el reconocimiento del Greco y la inauguración de su casa-museo, como así sucedió con el impulso del marqués de la Vega-Inclán.

Llega a Toledo el 21 de octubre, en principio solo, y días más tarde se incorpora su mujer, Clotilde, y sus hijas María y Elena. El hotel de referencia en la ciudad era el Gran Hotel Castilla, residencia de visitantes ilustres y pudientes, burgueses, marchantes en busca de patrimonio artístico, y nobles como el mismo Beruete. Y donde compartieron mantel y alojamiento.

En los días siguientes, Sorolla se va a dedicar a pintar diversos paisajes, la mayoría de ellos naturales. Y se fotografía con fondo como puentes o edificios, la mayor parte de ellos en ruinas.

Pinta, desde la cuesta del Castillo de San Servando, el barrio de las Covachuelas y el Hospital Tavera al fondo, empequeñecido y más alejado que en la realidad, y en un primer plano la figura de un caminante que con el animal que le acompaña, avanza por un camino de tierra. La influencia del impresionismo francés ya ha calado en su pintura, como antes había ocurrido con Beruete.

Desde la margen izquierda del río Tajo, a su paso por el Puente de Alcántara, sitúa su caballete y utiliza el río como motivo principal del lienzo, con el fondo de la orilla derecha y también el barrio de las Covachuelas como fondo.

Al igual que los molinos en el Tajo habían sido reflejados en los cuadros de nuestro paisajista realista Ricardo Arredondo, junto al río, ahora Sorolla lo incorpora en sus lienzos.

Otros paisajes naturales, como el camino de los Alijares en las proximidades de la Academia Militar son pintados por Sorolla.

Tomó vistas del conjunto monumental desde la margen izquierda del río, el cual brilla en su superficie, inquieto, frente a la ciudad inmóvil.

En otras ocasiones desciende a las proximidades del río y observa junto a él, los taludes geológicos milenarios que configuran la hoz del Tajo, objeto de estudio del Instituto Libre de Enseñanza y de sus geólogos y geógrafos.

Se diferencia de Beruete en que Sorolla ilumina más los paisajes cuando el Sol sale, y carga de más expresividad las nubes del cielo cuando este aparece nublado.

Vista de la calle Recoletos desde el Gran Hotel Castilla.

No desaprovecha el tiempo, y en el mismo Hotel Castilla, desde, se supone la terraza de su alojamiento, pinta la calle Recoletos, y como las luces y las sombras de las paredes de las casas llegan a generar una multiplicidad de matices, mientras el sol de la tarde ilumina uno de los rincones que nos lleva a la Plaza de San Agustín.

Vista parcial del anterior

Las proximidades de los puentes Alcántara y San Martín son lugares frecuentados por Sorolla y su compañera, Clotilde, a la hora de pintar al aire libre, como lo hacían los paisajistas de la época, y como el gran maestro de paisajistas, Carlos de Haes, había promovido desde su Cátedra de Paisaje, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid.

El pintor prefiere plasmar en sus lienzos temas cotidianos y sencillos, al margen de la monumentalidad de la ciudad, busca en sus paisajes en algunas ocasiones la presencia humana, aunque sea de forma simbólica. Otras veces, sin ella, con la estética de la ausencia de la que se ha hablado en numerosas ocasiones al analizar su obra.

Doce lienzos en unos días, lo que nos lleva hasta su regreso a Madrid el 4 de noviembre.

Durante su estancia en Toledo al enviar una de sus cartas comenta: “aquí y no en Madrid deberíamos vivir los que nos dedicamos a la pintura, pues nada hay en Italia y Bélgica que lo iguale; hoy mismo he visto el Hospital o Iglesia de Santa Cruz, y que he quedado con la boca abierta, cuanta hermosura, qué sería de este pueblo en tiempo de Carlos V. En fin no hay sino deplorar la miseria de España…..todo desaparecerá, pues lo absorbe todo Madrid, y esto es albergue de cadetes, curas y de pobres que no dejan andar por las calles….”.

Manifestaciones que nos muestran la situación en que se encontraba Toledo a principios del pasado siglo, y que ya Benito Pérez Galdós, retratado por Sorolla, y otros intelectuales habían plasmado en sus obras literarias.

Una vez firmado el contrato entre Huntington en representación de The Hispanic Society of America y nuestro pintor, para la realización de una gran decoración sobre Las Provincias de España, de setenta metros de largo por tres y medio de alto en noviembre de 1911, y con motivo de la realización de esta gran obra en la primavera de 1912 tenemos información, a través del correo que mantiene con Clotilde, su mujer de su presencia en Oropesa el 22 de marzo: “busqué durante todo el día tipos para pintar y viendo que nada había decidí tentar fortuna viniendo a Lagartera, pero como el tren no llega más que a Oropesa aquí me tienes, …. Los tipos de Lagartera son extraordinarios, ellos y ellas”.

Permanece en Lagartera hasta el día 29 de marzo pintando allí tres grandes estudios para tomar en consideración a la hora de realizar el panel definitivo sobre Castilla, bajo la denominación de “la fiesta del pan” en donde va a representar a Castilla, con el fondo de algunos de los edificios más emblemáticos de Toledo. En su estancia en estos pueblos hace mención con la cerámica que se encuentra “los valencianos en sus casas de cerámica son menos artistas que esta gente”.

A finales del mismo año de 1912 vuelve a Toledo, los primeros días de noviembre, recorriendo los alrededores de la ciudad, y buscando fondos para la decoración ante citada, en la que trabajaría por todos los territorios de España hasta junio de 1919, en que finaliza el famoso panel y con él el compromiso que había adquirido con la sociedad norteamericana.

Sorolla contribuyó con su pintura, y con la aportación de otros paisajistas, entre los que se encuentran Beruete, Darío de Regoyos, Zuloaga y nuestros más allegados, Ricardo Arredondo, Enrique Vera y Ángel Andrade, a hacer de Toledo y el Tajo, en su entorno natural, el conjunto más singular del paisaje en España.

Artículo realizado en memoria de Florencio Santa-Ana y Álvarez-Ossorio, ex director del Museo Sorolla, fallecido en noviembre de 2016.

Martín Molina López.

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