Nuevos nómadas [Tomás Marín Rubio]

La alegoría del buen y el mal gobierno, Pietro y Ambrogio Lorenzetti. Puntura mural en el Palacio Público de Siena.

No sé si será cuestión de edad, pero en la última tarde de domingo, en lugar de deleitarme con alguna distopía o la última publicación del pensador de moda, he optado por intentar comprender hacia dónde vamos releyendo a un clásico: La Ciudad en la Historia de Lewis Mumford (1961).

La Ciudad en la Historia es una reflexión sobre el desarrollo humano y  las civilizaciones que Mumford vincula con una serie de patrones espaciales que han ido dando forma a las ciudades que hemos conocido. Las ciudades, y en general los asentamientos humanos permanentes, han cambiado mucho físicamente desde el Neolítico, pero siempre han respondido a necesidades y anhelos de sus moradores que enlazan con lo más profundo de la naturaleza humana, como las relaciones de poder, la religión, el comercio, la seguridad, las relaciones sociales o la necesidad de identificarse con un grupo. Son estas necesidades, u otras parecidas, las que nos han llevado a vivir agrupados en espacios relativamente reducidos durante milenios y las que han acabado dando forma a nuestras ciudades.

Mumford no vincula el origen de los asentamientos permanentes con la agricultura, sino con la asociación de determinados ritos colectivos con lugares concretos. No empezamos a ser sedentarios para estar al lado de una huerta, sino alrededor de un santuario o un cementerio. El elemento fundamental para dejar de ser nómadas sería la identidad colectiva. Nos hicimos sedentarios cuando asociamos esa identidad con un lugar. La huerta vendría después.

Digo todo esto porque, de alguna manera, en este momento estamos rompiendo nuestra vinculación con los lugares, estamos dejando de pertenecer a un sitio y esto nos lleva a una situación que no conocíamos desde hace milenios. Volvemos a ser nómadas y es posible que las ideas de Mumford sobre el origen de las ciudades puedan arrojar alguna luz sobre el futuro que nos espera.

Imagen del videojuego Forge of Empires

Primero fue el uso masivo del automóvil, el deterioro de los centros históricos invadidos por carreteras y nudos de autopista, el abandono de estos centros y la consiguiente suburbialización hacia territorios cada vez más alejados del núcleo urbano original, la sustitución de la plaza pública por la playa de aparcamiento, de la calle por el centro comercial. Ahora ya no necesitamos coches, ni centros comerciales, ni centros de trabajo, ni siquiera cables, porque podemos relacionarnos con el universo líquido desde cualquier lugar del mundo a través de la pantalla de nuestro smartphone. En Japón, hasta las relaciones íntimas han sido sustituidas por artilugios individuales conectados con entidades cibernéticas en la red global.

@ Yuko Shimizu

Aparentemente, las nuevas tecnologías están eliminando la necesidad de relacionarse físicamente e incluso la de desplazarse. Se diría que podríamos vivir sentados permanentemente frente a una pantalla, pero lo cierto es que viajamos de forma compulsiva en busca de lugares soñados y somos cada vez más gregarios.  Es como si volviéramos al Paleolítico, pero con la mesa puesta e Internet.

Quiero imaginar que si Mumford estuviera vivo estaría buscando los nuevos santuarios, porque pensaría que la naturaleza humana no está preparada para sustituir los lugares reales por spots publicitarios o escenarios del metaverso, ni las relaciones físicas por pantallas. Una posibilidad sería que algunas de nuestras viejas ciudades volvieran a convertirse en los santuarios que ya fueron una vez, eso explicaría el creciente interés de algunos nómadas digitales por asentarse en algunas ciudades culturalmente reconocibles. En un mundo global en el que abundan las estrellas fugaces, necesitamos referencias culturales compartidas suficientemente asentadas que podamos vincular con un lugar físico. Es solo una posibilidad.

Tomás Marín Rubio

 

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