Más allá de los idus de marzo [Jesús Fuentes Lázaro]

‘Asesinato de Julio César’ (aprox. 1749-1821), de Laurent Pecheux.

César. Tiranía. República. Conjura. Idus de marzo. Asesinato en grupo. Palabras incomprensibles a Marco Bruto que popularmente se han traducido como “tú también, hijo mío”. Es lo que nos cuentan en el colegio. En fin, sucesión de imágenes que forman la secuencia del asesinato de César, aquel que había cruzado el Rubicón – en realidad un riachuelo – pero que en la imaginación se confunde con el paso de un río feroz, probablemente por el rumbo que tomaría su política para acabar con la República. Y luego, ¿qué? El luego, el qué y el cómo es lo que se cuenta en el libro de Peter Stothard El último asesino”. Y como subtitulo “la caza de los hombres que mataron a julio César”. Lo que se produjo a continuación fue una guerra civil, no se restableció la República, se instauró un modelo dinástico y uno a uno los participes en la conjura fueron suicidándose o cazados por una venganza sin límites temporales, amparados en la “Lex Pedia”. Todos los conjurados eran colaboradores o amigos de César, todos ilustrados y miembros de familias distinguidas de Roma. Entre ellos, Cicerón, un narcisista, ególatra, maniobrero, ambicioso, desleal con lo que no fuera su proyecto personal.

Durante tiempo esos hombres intelectuales, militares y ambiciosos, se debatieron entre la defensa de la República o aceptar la tiranía que lentamente implantaba César. Si se sublevaban contra ese proceder de César podrían ser considerados héroes, Aunque también corrían el riesgo de ser tenidos por proscritos asesinos. Dependía de cómo vinieran los acontecimientos. Sucede siempre igual con la política, una finísima línea roja separa la heroicidad de la traición, el éxito del fracaso. Y, como suele ocurrir también en política, las cosas no salieron bien. Aparecieron personajes nuevos, no previstos. Jóvenes ambiciosos, atentos a sus propios logros. Se multiplicaron las intrigas. Surgieron los oportunistas que vieron una ocasión de acercarse al poder de las grandes familias. Les importaba poco o nada la rex pública. Los conjurados contra César fueron cayendo uno a uno. Sus cabezas eran cortadas y llevadas Roma como prueba inequívoca de la venganza cumplida. Entre ellos, el último, Casio de Parma, que sería asesinado en Atenas trece años después de aquellos ya difuminados idus de marzo.

Marco Antonio (Marlon Brando) contempla el cadáver de Julio César (Louis Calhernen) en la película de 1953 dirigida por Joseph L. Mankiewicz.

Una de las hipótesis que manejaron los conjurados contra Julio César fue la del caos y la guerra civil. Y así ocurrió. No se restituyo la República, sino que se incrementó la autocracia, en la que arribistas de diverso pelaje, familias enfrentadas, buscadores de riquezas en la política, asesinos profesionales o accidentales, que tanto da, se unieron a la caza de los conjurados contra César. Más allá de los idus de marzo se creaba un nuevo orden en Roma. El mundo conocido desaparecía y nacía uno distinto, incomprensible para las gentes de épocas anteriores. Octavio Augusto, el hijo adoptivo de César, una vez en el poder y cazados todos los conjurados y quienes les ayudaron, quiso olvidar el lugar donde había sido asesinado César. Hoy sabemos que tapó con cemento el lugar del crimen. No quería ninguna memoria de los tiempos de César para ocultar su propia tiranía.

El libro cuenta la muerte de los conjurados. El primero se llamaba Trebonio y, antes había sido atormentado con el nada sutil potro de tortura. Entre medias Cayo Casio y Bruto se habían suicidado para no conocer la humillación de la venganza contra ellos. Los cazadores de los conjurados contra César no enseñarían sus cabezas en Roma. El último, y decimo noveno, fue el protagonista indirecto del libro, Casio de Parma, seguidor de Epicuro. Durante trece años consiguió esquivar la muerte sobreviviendo en el mar Mediterráneo y, en los últimos años, en Grecia. Quinto Atio Varo, prototipo del sicario que engendran las autocracias, lo encontró en Atenas, y según el ritual, le cortó la cabeza. Junto con la cabeza llevó a Roma una obra trágica, Tiestes, que había terminado de escribir. Alguien se apropió la obra, aunque esto no se sabe si fue cierto.

El último asesino” es un libro de historia, contado como una novela negra de factura clásica. El último superviviente de aquellos idus de marzo del año 44 a.C. va sintiendo cómo la muerte le acecha y se le acerca. Sentimos sus miedos, compartimos sus sueños, interrumpidos por un monstruo que lo despierta. Nos familiarizamos con sus pesadillas. Roma se transformaría en Imperio. No se recuperó la República, pero se mantuvo durante siglos hasta el desmoronamiento total. En fin, un libro que hay que leer si quieren entender algo de la política actual. Tan igual en todas las épocas, tan aparentemente distinta en la nuestra.

Jesús Fuentes Lázaro

 

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