Firmitas revisada (1) y coda final [José Rivero Serrano]

Villa Savoya, 1929, Le Corbusier.

El pasado mes de octubre del ya lejano año 2002, el incendio de la casa Synderman, construida en 1972 en Indiana, por Michael Graves, daba pie a la revista Pasajes, para editorializar sobre la fragilidad de la arquitectura más reciente. Por más que alguna obra de Graves –no, especialmente la Synderman house– merezca el olvido y la desmemoria. Al tiempo que elaboraba un discurso sobre qué criterios historiográficos deben esgrimirse en la salvaguarda y defensa de esa arquitectura tan reciente y discutible que está aún falta de consenso en su valoración[1] y de coincidencia en su significación cultural.

Snyderman House, Michael Graves.

Sobre las piezas del pasado, parece existir mayor consenso en su defensa y permanencia; o quizás, simplemente, dicha valoración sea fruto del peso de la historia como lugar común y como conjunto establecido de valores asumidos del pasado. Las dificultades de defensa y en defensa de la arquitectura del siglo XX, han sido parte de las líneas de actuación esgrimidas desde el DOCOMOMO; tratando de crear el enlace invisible de la Arquitectura Moderna como patrimonio histórico y como documento esencial para comprender la última historia. Y aquí hay un vínculo profundo entre Historia y Pasado, como demuestra Plumb al tratar de deslindar ambas categorías: ¿Toda Historia es Pasado? y ¿todo Pasado es susceptible de ser historificable?, y ¿dónde queda ese Pasado que la Historia no relata ni cuenta?, ¿cuál es pues, el papel del Olvido en esta estructura de Historia y de Pasado?, ¿no será ese Olvido una suerte de Destrucción de lo visible? Historia como durabilidad y permanencia, y Olvido como destrucción y ausencia de memoria. Historia, incluso como búsqueda de un canon o de una norma que nos permita comprender el presente; como ya hicieran Palladio en el XVI y Piranesi en el XVIII con la antigüedad romana. ¿Qué hacemos, por tanto, con el legado de la Arquitectura Moderna?: ¿codificar, olvidar, destruir, historificar o transformar? Pero ya se ve, que las dificultades interpretativas siguen existiendo, tanto a niveles conceptuales como desde su propia materialidad.

Hay quien plantea, desde posiciones neoconservadoras, esta fractura conceptual de la Arquitectura Moderna como consecuencia de la pérdida del aurea vitrubiana de toda arquitectura y más de las piezas más o menos recientes; pérdida del aurea que prolonga en clave benjaminiana la extinción contemporánea de la Obra de Arte en la era de reproductibilidad técnica. Y también, como no, hay quien plantea, desde posiciones neopragmáticas, la fractura conceptual de la Arquitectura Moderna como consecuencia de su carácter marcadamente antihistórico. Esa misma antihistoricidad del Movimiento Moderno, que flota entre las producciones de la vanguardia formal, es el lento veneno que está determinando su disolución en el olvido y su carga de volatilidad. Olvido y volatilidad que fracturan la durabilidad y la permanencia; que incluso son exaltadas aquellas categorías por alguien tan sagaz como Jean Nouvel, que apuesta conceptualmente por la velocidad y por la transformación de todo lo edificado –fruto de la influencia de Paul Virilio–, o por Dominique Perrault, que juega a la invisibilidad de la forma y a su neutralización. 

Si la Venustas como valor sensible, es ya claramente un valor ininteligible desde los principios de disolución de la forma y desde los postulados de opacidad lingüística del universo de lo Bello. Si la Utilitas como deriva funcionalista, está denostada desde que algunas de las viejas afirmaciones de Mies Van der Rohe (“Y encima quieren que funcione”), o las vertidas por Saenz de Oiza (“La arquitectura debe ser hermosa, aunque no funcione, capaz de conmover, aunque tenga goteras”), se contraponen al Schastil de Paul Scheerbart o a la proclama de Frank Lloyd Wrigth (“Deberá de evitarse lo que no tiene una utilidad o función real”). Algo similar podemos advertir de la Firmitas, en clara extinción y en fuerte retroceso, cuando buena parte de esa arquitectura está concebida desde un alto carácter experimental y efímero, pero pocas veces desde un marcado talante constructivo y material. Lejos de la otra trinidad argumental propuesta por Tessenow, Muthesius y Riemerschmidt: “Solidez, integridad y sencillez”.

Hotel Imperial, Tokyo, (1923-1968. Frank Lloyd Wright.

Incluso esa perseguida desmaterialización de la Arquitectura Moderna como principio ideológico, que procede de la Glassarchitektur de Paul Scheebart, juega a favor de su revisión conceptual e integridad física. Todos hemos visto esas imágenes lacerantes de la Ville Savoye en perfecto abandono, para construir una metáfora bellísima de su propia desintegración, como si de una estructura vegetal se tratara. O incluso hemos aceptado la demolición del Pabellón de Barcelona de Mies, para más tarde optar por su reconstrucción fervorosa, milimétrica y discutible. Perdida la Santísima Trinidad de la Forma Arquitectónica, parece como si cada vez hubiera menos argumentos que esgrimir en defensa de sus producciones, como prueba palpable de que Dios ya no existe.   

Edificio Pirelli, en New Haven, (1966-2020). Marcel Breuer.

Como prueba de la tormenta que arrecia, venían nuevamente a las páginas de aquella actualidad de 2002 y 2003, otras noticias similares de abandonos y destrucciones. Como la desaparición de la casa Maslon de Richard Neutra (1962-2002) o de parte del edificio Pirelli en New Haven de Marcel Breuer (1966-2020); de igual forma que a finales de noviembre de 2002, la prensa general de Estados Unidos daba cuenta del peligro de derrumbe de la casa Taliesin de Frank Lloyd Wright. Pero ¿cuál es el problema de tales desvanecimientos y demoliciones, dirán algunos? Si un texto tan fundancional de una nueva sensibilidad y tan revelador de los últimos avatares, como era El lenguaje de la Arquitectura postmoderna (1977, edición española de 1980) de Charles Jencks (1939-2019), se abría celebrando la onomástica de la demolición de las viviendas Pruit-Igoe, de Minoru Yamasaki en 1972, no parece raro que cada nueva demolición de una pieza emblemática pueda ser vista como un nuevo saetazo a esa fuente de conflictos que es la Arquitectura Moderna y como un recordartorio de la nueva sensibilidad triunfal de la posmodernidad. Dando a entender con ello, que la construcción de la última moral estilística pasaba por la extinción de las huellas precedentes; huellas antishistóricas y experimentales que merecieron el dardo envenenado de David Watkin (1941-2018) –asesor áulico entonces del príncipe de Gales, hoy ya rey Carlos III del Reino Unido–: “olvidad la arquitectura moderna”; y pocos, muy pocos reaccionaron a tiempo. Para visualizar el cambio de paradigma y la transformación de la moral, basta contraponer dos modelos británicos: el furor moderno y tecnológico de Archigram –premio RIBA de 2002– y el sueño neoconservador de Watkins y tantos otros del círculo regio, como Quilan Terry o León Krier. Al tiempo que se procedía a la demolición de la Robin Hood Gardens (1969-2012) de los Smithson, para luego, ser exhibido los cascotes y fragmentos en el pabellón británico de la Bienal de Venecia de 2018, como un Manifiesto o como un testamento.

Gasolinera Porto Pi (1927-1977), Casto Fernández Shaw.

Función del olvido en ese proceso cognoscitivo que determina, por tanto, una Historia ladeada y un Pasado lastrado. Entre nosotros tuvieron diverso eco –eran otros debates inmobiliarios y otras morales culturales– otras demoliciones de piezas no menos significativas: como el mercado de Olavide (1934-1974) de Javier Ferrero; la clínica de Doctor Arce (1955-2017), de Alejandro de la Sota; la gasolinera Porto Pi (1927-1977) de Casto Fernández Shaw, La Pagoda de Miguel Fisac y la Ricarda de Bonet por la ampliación del aeropuerto del Prat. Y hoy ya, la casa Vallet-Goytisolo de José Antonio Coderch.

Mercado de Olavide, (1934-1974). Javier Ferrero.

Hay, incluso otra posibilidad que prolonga la esbozada por Gaya Nuño cuando traza el perfil de La Arquitectura española a través de los monumentos desaparecidos. Piénsese, consecuentemente, en una Historia de la Arquitectura Moderna a través de sus desapariciones (Pabellones de URSS de Melnikov; de L´Esprit Nouveau de Le Corbusier; Pabellón de Cristal de Bruno Taut); transformaciones aceleradas o ideas que no pasaron del papel y que siguen flotando en un legado de la memoria. Pero ¿de qué Memoria se trata?  

José Rivero Serrano, arquitecto


[1] En 2003, en la revista Formas de Arquitectura y Arte número 2, publiqué el texto ¿Firmitas? Ahora, casi veinte años después y con motivo del debate abierto por el abandono y posible demolición de la casa Vallet-Goytisolo de José Antonio Coderch (1956), he decidido revisar y rectificar algunas cuestiones planteadas. Han pasado algunas cosas entre ambas fechas –ha muerto en 2018, David Watkin, en 2019 Charles Jencks y el príncipe de Gales ya es rey Carlos III desde 2022– pero el problema de la durabilidad de la Arquitectura sigue abierto. Aunque el grueso del texto se mantiene esencialmente idéntico, como mostración de que cierta ideas permanecen, aunque sus alusiones se hayan desvanecido. Por otra parte, queda claro lo afirmado por el digital Hidden Architecture, sobre la Arquitectura oculta, en 2016, a propósito de la Arquitectura invisible. Una categoría a la que sumar la Arquitectura desaparecida.

[2] El Manifiesto de Hidden Architecture, se abría fijando que: “Podríamos afirmar sin duda que los Medios han determinado en las últimas décadas lo que es interesante en Arquitectura y lo que no, rastreando las principales inclinaciones más allá de lo técnico, urbanístico o social”.

 

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