España fea, España cara [José Rivero Serrano]

Hotel Algarrobico en Carboneras, Almería ©Julian Rojas

Escribía semanas pasadas, sobre la publicación del trabajo de Andrés Rubio España Fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia, advirtiendo de que no es que fuera a pasar desapercibido –que lo ha sido, con alguna salvedad– sino que esa obra está siendo silenciada. Todo ello en la medida en que el relato desplegado por Rubio no deja lugar a dudas del papel desempeñado por múltiples sectores de la sociedad española, partícipes todos ellos del gran desaguisado y responsables en diferente medida de ese caos anunciado: partidos políticos, instituciones públicas de todos los colores, empresas del sector inmobiliario, colectivo de arquitectos obsecuentes, colegios profesionales y medios de comunicación consentidores de tantos despropósitos y corresponsables del fracaso citado. Ante todo ello, podríamos decir y preguntar –a la manera de Vargas Llosa en Conversación en la catedral– “¿Cuándo se jodió el invento?”. Probablemente haya opiniones encontradas y superpuestas de esta historia de la fealdad o de la dejación reiterada: el maleficio histórico del franquismo o la modorra dejadez de la Transición.

Se citaban, incluso, los antecedentes que señalaban los hitos camineros y mojoneros del feísmo. Por ello no es raro que Pedro Azara publicara en 1990 la obra De la fealdad del Arte moderno. De igual manera que Umberto Eco formuló en 2007 su Historia de la fealdad. Como un viaje inverso del realizado, años antes en 2004, en su Historia de la belleza. En esa onda revuelta, Patricio Pron, publicaba en 2016 el artículo llamado El tirón del arte feo. Tirón como enganche y como golpe aumentativo de arma de fuego: un tiro a lo bestia.

Como una plaga contaminante se podía describir el trayecto y el viaje del feísmo contemporáneo. Una fealdad que extiende sus redes y tentáculos a muchos monopolios artísticos y pseudoartísticos. Que han bebido y beben en fuentes variadas, banales y bien nutridas. Desde lo cursi a lo hortera, desde lo kitsch a lo bizarro; desde lo estrambótico a lo bohemio-burgués; desde lo canalla a lo choni. Desde lo grotesco a lo monstruoso. Un universo tan variopinto que tanto triunfa como fracasa. Dada la radical improbabilidad y certeza de sus códigos estéticos. Un universo que viaja desde la publicidad atornillada a las telenovelas calientes; desde las revistas de decoración con glamour, a algunos set alambicados de televisión pretenciosa; desde la tele realidad infestada de caimanes vegetarianos al culebrón profundo de pasiones verdosas y poligoneras; desde la prensa rosa a la prensa deportiva. Desde buena parte de las redes sociales inundadas de bazofia y chicle pegajoso. Y esa mecánica infernal del gusto por lo feo ha llegado a todas las riberas y ribazos. En un inundación del feísmo universal.

Ahora con Rubio no se trata de la fealdad artística ni de su epifanía social, sino de la destrucción sistemática de paisajes naturales, de ciudades históricas y de buen parte del patrimonio construido heredado para componer un retrato de la carcoma histórica. Nos recuerda Rubio que, en la Constitución española, no aparece la voz Paisaje ni una sola vez. De igual forma que podríamos decir que en esa escueta brevedad constitucional, la voz Urbanismo aparece solo cuatro veces, para aludir tres de ellas al reparto de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas y para ensayar el mayestatismo declarativo del artículo 47: el que formula el derecho a la vivienda y a la recuperación social de las plusvalías. Algo parecido ocurre con el referente Patrimonio histórico, cultural y artístico. Mencionado en cuatro ocasiones, dos de ellas, para volver al referido reparto competencial. Otra para fijar en el artículo 3 la riqueza lingüística como Patrimonio cultural, y finalmente el colofón del artículo 46 –que antecede al 47, – y que fija la declaración de la conservación patrimonial histórica, cultura y artística. Si el derecho constitucional a la vivienda aparece enflaquecido, algo similar podríamos decir de la garantía de la conservación patrimonial histórica, cultura y artístico.

Bañistas disfrutando de la piscina de la casa Canellopoulos, Atenas. Slim Aarons 1961.

Entre los precedentes que fija Rubio, remite a dos estudios de mediados de los setenta que resultan reveladores y anticipadores del diagnóstico presente. El trabajo de Fernando Terán Planeamiento urbano en la España contemporánea. Historia de un proceso imposible (1976) y La destrucción de legado urbanístico español (1977) de Fernando Chueca. Trabajos que vienen a prolongar las piedras normativas de la Ley del Suelo de 1956 –que, en palabras de Terán, a partir de ella se precipita el conflicto– y la menos citada, pero más dañina como fuera la Ley de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional de 1963, que abriría el camino de la privatización y la consecuente destrucción de buen aparte del litoral español. Todo lo demás a partir de ahí, es parte del relato que habría que acompasar con dos trabajos complementarios entre sí y complementarios con el ensayo sobre la fealdad urbana. Me refiero a la España vacía. Viaje por un país que nunca fue (2016) de Sergio del Molino y La España de las piscinas (2021) de Jorge Dioni López. Que describen, como efecto de ese abandono el despoblamiento interior y la saturación del litoral y de las grandes ciudades. Efecto llamado por Dioni, urbanismo neoliberal. Un coctel del vacío interior y la densificación alternativa de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional, más los PAUs metropolitanos que ha concluido al abandono y a la mutación precipitada. Y a partir de ahí la historia de la degradación contemporánea por más diseño fluorescente que se quiera introducir en las pestañas, y por más campaña publicitaria que se quiera desplegar, como esa lógica de ‘El país más rico del mundo’. Habrá que pensar que se entiende por el concepto de riqueza.

Edificio de Ignasi Oms y Ponsa, 1905. @elespañol.

Ahora descubrimos que España no sólo es fea, sino que es cara, o muy cara. Hay dos posibilidades de captura de esa carestía real y moral inconmensurable. La que anida por las alturas de la beautiful-people y la que afecta a la generalidad de los ciudadanos y viandantes de la historia. Del primer grupo bastaría con pasearse por esa sección de El País Negocios, en su página Inmobiliaria y Diseño, para obtener una foto fija de ese imponderable territorio que une el dinero con los ladrillos. Página que, además, da cuenta de las oportunidades patrimoniales de altos vuelos y de baja estofa. Donde desfilan viejos torreones blasonados y muy tocados por decoradores con pretensiones milanesas, con cortijos rústicos jugando a un minimal de secano, castillos de dudosa procedencia con haciendas de olivar de un pasado reinventado al compás de las PAC. Y junto a ellos otras piezas con pretensiones que viajan desde las periferias costeadas y muy especulativas de las grandes ciudades a las afamadas zona de playa, ocio y relumbrón cuché. Y ese conjunto de realizaciones con pretensiones nos remite a ese trabajo indagatorio de lo social y de lo simbólico, dirigido por Pedro Azara, publicado en 2006 y denominado El imaginario arquitectónico en la revista ¡Hola! Donde podían rastrearse cuestiones laterales y centrales, como Sobre la casa y el hogar como espacios de materialización de la identidad individual y colectiva, de Teresa Tapada. Una identidad que en los casos alumbrados –se podían citar otros portales inmobiliarios coincidentes– daba resultados de varios millones de euros por el artefacto social y decorativo. Contrastando esas millonadas solicitadas por edificaciones tan solemnes como banales, con los precios ajustados de la venta reciente de casas memorables en los Estados Unidos. Así la Bolter house de Fran Lloyd Wrigth se pone en el mercado por 0,6 millones de dólares, la Grieco house de Marcel Breuer por 1,5 millones y –la más cara– la pieza de Paul Rudolph en Connecticut, Bernhard house, sube a los 2,5 millones de dólares. Puestos a gastar, nuestras celebrities parece que van tomando cuenta que importa tanto el fondo como la forma. Y así la cantante Rosalía ha invertido 2 millones de euros en comprar una pieza de Ignasi Oms de 1905, que al cambio con las casas americanas parece una exageración y sale perdiendo en el cambio. Esa onda expansiva puede que esté cambiando de dirección, como muestra la inversión de Kim Kardashian en el complejo de lujo y ocio, que van a levantar Tadao Ando y Kengo Kuma. Una fusión del papel cuché con el mismo cuché de las revistas de Arquitectura. Cuyo resultado lo iremos viendo.

Por el otro frente, el portal inmobiliario Idealista ha analizado el mercado de la vivienda por capitales de provincia en el último trimestre de 2021  y ha elaborado un estudio en el que fija los ingresos familiares anuales necesarios para comprar una vivienda media –no las afamadas anteriores–, calculados a partir de una hipoteca fija al 1,19% a pagar en 30 años, y aportando el 20% del precio como entrada, teniendo en cuenta también el descuento de negociación por zonas, y manteniendo el criterio de los principales organismos económicos que aconsejan destinar, como máximo –y ya es mucho–, un tercio de los ingresos a los gastos destinados a la vivienda. Por detrás de San Sebastián, la primera en la lista, se encuentran Palma, Barcelona, Madrid o Bilbao. En todas ellas, hace falta que cada hogar ingrese más que en el presente para poder hipotecarse y acceder al mercado inmobiliario sin grandes cargas. Por ejemplo, San Sebastián es la capital con el mayor desequilibrio entre los actuales ingresos medios de los hogares (45.031 euros/año), según los cálculos de idealista, y la ganancia teórica necesaria (62.891 euros/año) para poder pagar la cuota hipotecaria de una vivienda tipo piso por 437.000 euros, el precio mediano de la oferta en la ciudad en el Marketplace inmobiliario del sur de Europa. Todo lo cual lo único que señala es el incumplimiento del zarandeado artículo 47 de la Constitución y la imposibilidad de dar salida al problema de la vivienda. Por más legislación puntual que se pretenda arbitrar, sin el protagonismo de la Promoción Pública de vivienda y con un parque público inmobiliario de sólo el 8% –frente a otras estándares europeos que rondan el 25%– no hay opciones de abordar el derecho constitucional.

José Rivero Serrano, arquitecto


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