En el estudio de Fernando Sordo [Jesús Fuentes Lázaro]

Apareció. Surgió como si fuera un personaje del Gran Gatsby, el héroe de la “belle epoque” de la novela de Scott Fitzgerald. En su “escarabajo” color café con leche, cruzó el barrio de Santa Teresa hasta donde le esperaba. En el Volkswagen descapotable, recuerdo rodante de antiguas historias, nos desplazamos al Estudio, ahora reconstruido, tras el paso destructor de Filomena. Antiguamente había sido una nave para usos más toscos. Ahora, en una nueva vida útil, es un estudio de artista, reconstruido que brilla con abundante luz del Norte, la más pura y limpia, en expresión de Fernando Sordo. La otra, la luz del Sur, está más contaminada, posee más amarillos, más ácidos. Se supone que sabe lo que dice, pues un elemento esencial de su obra consiste en atrapar en un espacio inerte los efectos multiplicadores de la luz. Y con esta introducción iniciamos el recorrido por las obras de pintura-no escultura, aunque tenga volúmenes, del pintor Fernando Sordo.

Es este pintor, encelado de momento en el craquelado, un hombre silencioso, nada dado a la propaganda interna o al victimismo localista. Mis vecinos no me entienden, mis vecinos no comprenden la grandeza de mi obra. No se hace la víctima, que se lleva tanto ahora y siempre se ha llevado en el arte. No lo necesita. Se orienta más a la internacionalización de su obra. Una obra que no es figurativa “avant la lettre” ni abstracta. ¿Cómo la denominamos, le pregunto? Y no consigo respuesta fija, que me oriente a mí, que le pueda orientar al lector. Tal vez es que no obstinamos en reducirlo todo a categorías conocidas, a esquemas de manual. Así que hablamos de épocas, de etapas, de colores, de procesos, de conceptos. Probablemente sea el pintor más intelectual de todos cuanto se aglutinaron en torno a Tolmo o se movieron, como planetas autónomos, en la estela que este grupo generaba. No olviden que esto sucede en una ciudad que necesitó siglos y la influencia de expertos extranjeros, para descubrir al Greco como pintor sublime. En la actualidad ya no hay problemas con el Greco, pero sí con quienes, como Fernando, producen una obra que lo hemos afirmado más arriba, no admite ser encuadrada en alguno de los movimientos al uso. Tal vez lo que proceda sea superar los dogmas que reducen cuanto tocan.

Su obra, como su pensamiento, resulta difícil encasillar. Su obra es actual, nada más. En otros tiempos habría sido provocativa, ahora es un mar o un lago de colores en los que introduce al espectador a la espera de una conmoción  que tarda en su presencia. Primero aparece la contemplación, a continuación el asombro, mas tarde la elaboración intelectual y, por último, la emoción. La impresión que la obra trasmite es que estamos ante una pintura que exige un acto de raciocinio y voluntad. No vale, ante sus cuadros, el recurso del “me gusta o no me gusta.” Lo siento, el pintor es así. Su obra es así.

No es una pintura liviana. Es en cierto modo, y con una aproximación, tal vez, burda, “manierista”, por los encuadres, por los enfoques, por los efectos de la luz que pretende plasmar. Tampoco diría que sea, a primera vista, sensitiva. Es más bien discursiva, narradora. El intento de reflejar un proceso intelectual que se prolonga en varios cuadros, que a su vez dan paso a otros, hasta que completa su discurso o se agota el tema. Sus cuadros parecen estar siempre sin acabar, porque nunca terminan de ser redondos. Eso demanda del pintor un esfuerzo extraordinario: la obligación de pintar una “serie” que encuentra su final cuando al autor cae agotado ante el tema y tiene que cambiar de asunto para continuar creando. No otra cosa es el proceso del arte que busca caminos nuevos, tratamientos inexplorados de la realidad. Así, a lo largo de una vida creativa, Fernando Sordo va sumando una obra que engloba la historia personal, emocional e intelectual del autor. No me atrevo a decir que la obra de Fernando Sordo sea única, porque sonaría pretencioso, pero desde luego es inevitable en la pintura actual.

Hay que poner punto final al recorrido por el estudio, reformado y adaptado por el arquitecto José Ramón de la Cal, para no olvidarse que al otro lado de este espacio la vida, sus rutinas y rituales continúan. Termina la visita con unas fotografías. Unas para el recuerdo, supongo, y otras para el análisis posterior. La incorporación a la realidad, la realidad que hemos olvidado durante unas  horas entre sueños, colores, formas y teorías, debe recuperarse. En la vuelta al lugar de partida ya no es solo Fernando el personaje de la novela de Scott Fitzgerald. Yo también formo parte del atrezzo imaginario, tras haber parado el tiempo y el espacio en el estudio de Fernando Sordo. Es como nos hubiéramos adentrado en los primeros recovecos del Metaverso.

Jesús Fuentes Lázaro

 

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