10×10=100. Toledo en cien años [José Ramón de la Cal & Josefa Blanco Paz]

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Dentro de cien años, Toledo se habrá transformado. Sólo se conservan las ciudades que se transforman. Aún así, seguirá pareciendo imperturbable, aparentemente inerte como en los últimos cinco siglos. Es lo que tienen las ciudades que la historia y el tiempo han hecho bellas, que parecieran haber estado así y ahí desde siempre. 

De las cosas más agradecidas que tiene dedicarse al oficio de arquitecto es el ejercicio de ser una especie de prestidigitador clarividente, que a veces acierta y nos descubre como un mago el tesoro de la escurridiza arquitectura. Los arquitectos griegos curvaban los alzados de sus templos para hacérnoslos ver rectos, en una acción ilusoria; en el Panteón de Agripa la clave de la bóveda desaparece para dejar entrar la luz haciendo ligera la pesada materia. Lo que enlaza con una de las mejores definiciones de la arquitectura, la que aparece inscrita en el dintel del templo romano junto al Puente de Alcántara, obra del arquitecto Cayo Julio Lacer: ‘ars urbi materia vincitur ipsa sua’ – artificio urbano donde la materia se vence así misma -. Dominar con la geometría del pensamiento la entropía de la naturaleza para ponerla al servicio humano, al habitar, y anticiparse a sus desastres, es tarea de la mágica arquitectura. 

Los arquitectos proyectamos, y proyectar es lanzar – ideas – hacia delante, hacia el futuro para recomponer con ilusión un presente imperfecto. Esta acción de adelantarse al futuro, de preverlo, organizarlo, y anteponerse a los hechos, de proyectar, es algo que nos distingue dentro de las especies animales que habitan la Tierra. Todo hombre es un arquitecto, al menos de sí mismo. Gracias a este plus de inteligencia, el humano es el único ser vivo capaz de habitar en cualquier parte del planeta, desde los masáis en la sabana a los inuit en el ártico. También es cierto que, a mayor acomodo, a menos dificultades, menor es la necesidad de proyectar o lo que es más grave, peores proyectos, menos ilusión. La escasez y la necesidad han sido un gran motor de la inteligencia y de los grandes avances de la civilización a lo largo de la historia.

La distopía de Toledo en cien años es el pretexto para imaginar diez ideas, diez proyectos como diez conjeturas, lanzadas para los próximos diez años, que quizás el tiempo se encargue de prolongar a cien. Lo único certero dentro de un siglo es que el Sol se alzará y se ocultará todos los días, poniendo orden a los actos humanos, como lo hace desde millones de años. Un decenio es una medida razonable en el tiempo de la ciudad. Diez es un buen número, representa la perfección clásica pitagórica, diez son los dedos de las manos, diez son las sonatas para violín compuestas por Beethoven, como diez son los libros de Vitrubio. 

Recuperar valores en extinción como el río, el barrio, la calle, el pequeño comercio, la casa y el vecino, sin olvidar esos nuevos habitantes que son los turistas; hacer visibles los tesoros ocultos materiales e inmateriales y saltar de nuevo las murallas de la vieja ciudad; transformar y recualificar en vez de crecer; reivindicar lo útil de lo inútil, proteger el vacío y alejar a los depredadores del territorio. Construir una urbs y una civitas más inteligentes, allí hoy está el futuro, el camino a recorrer en los próximos cien años, a sabiendas de que la utopía de la ciudad ideal es inalcanzable. Lo importante es iniciar el camino, y recorrerlo con la ilusión de quien tiene todo el futuro por delante. Deberemos reiniciar continuamente el viaje, seguir el hilo de la historia y anticiparnos, aunque erremos, caminar es lo importante. Conocer de dónde venimos para poder elegir hacia dónde no queremos ir, es el mejor mapa posible.

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Un accidente geográfico que seguirá aquí, el río Tajo mañana limpio y abundante, es el argumento sobre la que se organiza y organizará el territorio, donde el paisaje antropizado, grabado con los usos humanos estructura la ciudad. Al este están las vegas altas, llanas y productivas, recorridas por sinuosos y amoldados meandros que ralentizan el curso del agua, empapan y hacen fértiles las márgenes, desde la Dehesa de Ahín, al jardín de la Huerta del Rey. Al sur la accidentada geografía del Torno protege la ciudad vieja, salpicado de cigarrales de recreo cosidos a caminos zigzagueantes que recorren un territorio aquí arriscado. Al oeste, la Vega Baja con sus tesoros dormidos y el paisaje de cárcavas que se inicia en los Lavaderos y Estiviel. Al Norte la mesetaria Sagra camino de Madrid, es una zona de ensanches malogrados a base de hipotecas apiladas con desdén. Toledo es y será una organización cardinal fundada sobre su mayor bien, el río Tajo, hoy deshidratado. El Tajo recuperará su dinámica estacional, estará limpio y volverá a su caudal natural, aparecerán de nuevo los baños estivales, los usos de ocio en sus márgenes, también las crecidas, que volverán a empapar la vegas y reverdecer en primavera el soto de rivera. Se le devolverá la vida, la misma que con generosidad él alumbró y dio razón de ser a la ciudad.  

El patrimonio saltará la muralla. En el discurso de la ciudad son interesantes culturalmente sus continuos saltos a uno y otro lado de sus murallas. En los años ochenta, con el estreno de los ilusionados consistorios democráticos lo contemporáneo entró en la ciudad vieja, adormilada. La imagen de la escultura Lugar de Encuentros de Eduardo Chillida f.2, alzada en 1981 por encima de la Puerta de Alfonso VI, apadrinada por un activista Grupo Tolmo, era toda una premonición. La ciudad comenzaba un camino de recuperación y reconciliación con la modernidad, que había sido truncada por la autarquía excluyente.  Mañana, ya mismo, habría que hacer el camino de vuelta y entender el patrimonio como algo que va más allá de los límites de la fortaleza medieval. Habrá que saltar de nuevo las murallas, como ya hizo El Greco en su Vista y Plano de Toledo, cuando pone en primer plano, enfrentado a la Puerta de Bisagra, el Hospital Tavera, símbolo del rescate de la cultura clásica perdida en el medievo. La historia de la ciudad, de la cultura, es cíclica y anda siempre enredada en los mismos asuntos, con distintas respuestas a las mismas preguntas, tejiendo la civilización, el proyecto colectivo del hombre.

Fuera de murallas, objetos abandonados como son los viejos puentes de metal roblonado de Algodor y la ecléctica fábrica arcada del de Azucaica, están ahí a la espera de ser devueltos a la vida, a otros usos. También las fábricas, azudes, centrales eléctricas, polvorines y molinos, desde Safont a Estiviel, movidos en su día por la energía del agua, son un patrimonio industrial estancado a la espera de ser re-habitado. Son algunos ejemplos de esos otros bienes hilvanados al paisaje sobre el que flotan, que la ciudad tiene hoy olvidados.

El reciente trigésimo aniversario de la declaración de Toledo como Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1987, es un buen momento para repensar y redefinir el concepto de patrimonio. Como poco deberían ser corregidos los límites de la Declaración Patrimonio de la Humanidad, y al menos se incorporarían sus paisajes culturales cosidos por el río f.1, con sus tesoros de la revolución industrial, y también el más antiguo monumento fundacional de la civitas, el circo romano. 2017 hubiera sido una buena fecha, una buena excusa, para arreglar las erratas de 1987. Habrá que esperar, a que en los próximos cien años la sensibilidad, el buen gobierno, de la ciudad vaya por otros caminos menos vanos.

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En cien años el circo romano estará exhumado y evocado. El anfiteatro de las Covachuelas, las termas imperiales de Amador de los Ríos, el foro, y alguno más de los once grandes edificios romanos interpretados por el arqueólogo Thomas Schattnet, habrán visto la luz y se habrá descifrado cómo fue esa parte de la ciudad clásica, ocultada por el oscuro alto medievo. En lo alto la ciudad clásica y a sus pies los grandes edificios de espectáculos, trazados al tiempo, proyectados organizando el territorio. El circo será un gran vacío urbano, con la colina abigarrada en lo alto, igual que el Palatino en Roma asomándose sobre su Circo Máximo. Pura representación teatral del poder del emperador f.3. 

La liberación del ruido urbano que silencia el monumento permitirá al tiempo que lo hace visible, conectar el ensanche de Reconquista con el río y los palacios martiriales escondidos tras el Cristo de la Vega, dando continuidad aquí a la ciudad, hoy fragmentada y de espaldas a su río.

Una ciudad dispersa, única. Toledo será un conjunto de barrios satélite unidos por un sistema de caminos y comunicaciones intermodales. Asumirá la identidad propia y evitará parecerse a aquello que nunca podrá ser, una ciudad compacta. Estará cosida por los paisajes que la identifican, ya protegidos, esperamos.

Hasta principios del siglo XX la ciudad había mantenido la misma morfología que a finales del XVI, la ciudad intramuros y su escape hacia el norte por la zona de Bisagra, las covachuelas y San Antón, camino de Madrid. Los sucesivos planes fueron dando lugar a los diferentes barrios modernos, primero fue el inteligente ensanche de Reconquista, con sus bloques patio, en perpendicular a la muralla, a la ciudad histórica, utilizando el escorzo urbano como herramienta que hace desaparecer los volúmenes. En los años sesenta llegó el barrio de Santa Bárbara, con su des-urbanismo anárquico, desarrollista y laberíntico. En los setenta el tecnócrata Polígono es la new town higienista y obrera. En los ochenta aparecieron las especulativas Buenavista y Avenida de Europa, más tarde vendrían los barrios de unifamiliares dispersos a salto de tráfico de recalificaciones, Valparaíso y La Legua, que son la quimera de la ciudad en el campo. Barrios separados unos de otros sin una estructura urbana que los una. 

Este problema, que debería tratarse como un valor añadido, se quiso arreglar colmatando el vacío, compactando meandros, y ocupando las vegas, con la ciudad de hipotecas apiladas al servicio de unos pocos. Algunos aún, acechados, esperan el momento de volver a hacer lo mismo.

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Las personas toman la calle. Un trazado de vías sobre la primitiva red de caminos y nuevos sistemas de comunicaciones intermodales conectarán los barrios y reforzarán la utópica e identitaria ciudad “archipiélago” que diría el profesor geógrafo Antonio Zárate, más acertado “ciudad satelizada” – alrededor de su centro histórico-. Frente a la genérica calle autopista, la estructura de calzadas, travesías, veredas, avenidas, rondas, paseos, caminos y sendas, trazados por el tiempo en el territorio y revalorizados en el paisaje, surgirá como un nuevo orden donde los barrios, esos lugares a los que no es necesario ir por que ya se está en ellos, serán los grandes beneficiados. Por extensión desde lo individual a lo genérico será la ciudad la que mejore. Qué lujo sería poder ir de Azucaica a Santa Bárbara paseando un re-arbolado trazado ferroviario hoy perdido. De San Antón a Santa Bárbara recorriendo el trazado de una senda que acompañara a los meandros y su rivera. O de La Legua a la Reconquista por una avenida de olorosos Tilos… trazar con ingenio en vez de colmatar f.4. Para ese momento ya habrán desaparecido los aparcamientos disuasorios tiznados de alquitrán, importados, sin ingenio, del genérico urbanismo de hipermercado de conurbación.

Otros habitantes nuevos llegarán a la ciudad vieja. Hoy Toledo se llena y vacía a diario de turistas, viajeros eventuales que consumen con ligereza y premura la ciudad, poniéndola a su servicio en detrimento del habitante autóctono, el vecino. La ciudad es como un ecosistema frágil que se altera con rapidez con la aparición de una especie exógena. El consumo del turista ha originado un fenómeno de ‘bazarización’, el pequeño comercio de proximidad de la ciudad histórica ha mutado en servicios de hostelería y souvenires, arrinconando los servicios al residente, hoy éste es una especie en extinción que hay que proteger como un bien inmaterial. Los más de quinientos pequeños comercios censados del casco histórico tienen el potencial de ser el mayor centro comercial en un entorno único. Protegidos los tradicionales y estructurados los que prestan nuevos servicios, podrán en un orden equilibrado atender a todos los habitantes que la ciudad acoge.    

Re-habitar los conventos. En este proceso de llenado y vaciado al tiempo de la ciudad, los grandes contenedores religiosos deshabitados de vocación, ocupan más del cuarenta por ciento del abigarrado tejido urbano con una densidad propia de la España vacía. Vacío y densidad conviven en la paradoja de Toledo. Los grandes contenedores religiosos están abocados a una desamortización que los ponga al servicio de otras necesidades colectivas bien vinculadas a la cultura y a la educación, bien dedicadas a alojar otras vocaciones. Los conventos desocupados representan ahora la paradoja que ha dividido al mundo desde sus orígenes: unos pocos tienen las casas, mientras otros muchos las necesitan, sobre todo los jóvenes.

Ruinas modernas, cadáveres exquisitos. El CREA, y el gimnasio colindante, la Casa de la Juventud en Buenavista, el Centro de Día y el de Salud de Santa Bárbara, las VPO junto al Centro Comercial Luz del Tajo, el Instituto del Fuego y los siete Polvorines, el Hospitalito, el recientemente desahuciado edificio de Hacienda de la calle Alfonso X, el convento de Santa Fe, la Casa de las Cadenas, la residencia de los Bécquer, estos últimos en el casco Histórico y otros… ¿Qué hacer con este collage surrealista de edificios a medias o abandonados algunos de ellos, crónica de una locura megalómana? Se acomodarán paulatinamente a otros usos y demandas de interés colectivo, y no se pondrá un ladrillo más sin preguntar cómo, por qué y para qué.

f.5

Lo útil de lo inútil, reivindicar el vacío de la Vega Baja. Ese espacio que ya protege el Plan Especial del Casco Histórico de Toledo, un lugar que va desde Tavera a la Peraleda. Llegará sí o sí un Plan Especial para toda la Vega Baja, que ponga orden a las continuas ocurrencias y continuos exabruptos pseudo urbanos  allí donde la ciudad precisa la conquista del suelo para su uso ciudadano; allí donde con criterios científicos la ciudad pide a gritos conexión entre sus barrios y el río y no volver a cometer los mismos errores: llenar el lugar con fronteras, dotaciones inexpugnables o edificaciones disonantes como las de Avenida de América.  Es fundamental que en la ideación de este paisaje urbano de la memoria arqueológica del suburbium de Toledo el lugar no pierda su identidad de vacío improductivo, de límites difusos, permeables e indefinidos. Frente a la aparente lógica tardocapitalista de incorporar todos los vacíos al proceso productivo de la ciudad, hay que valorar la posibilidad de reclamar el vacío como símbolo alternativo de libertad y conquista cívica frente a la ciudad colmatada a golpe de actuaciones en beneficio de unos pocos. Vega Baja debería re-cualificarse en su imagen sobre los cimientos de la memoria. Y frente al horror vacui de la ciudad medieval intramuros, será sorprendente la contradicción del vacío de la memoria y la naturaleza llegando a los pies de la muralla f.5. 

Transformar en vez de crecer. Sobre este asunto ya se ha escrito en este blog: Urbanismo en Toledo, una alternativa razonada al modelo PeraledaEl nuevo urbanismo se refundará desde el proyecto como instrumento único capaz de recuperar en la escena urbana: plazas, plazoletas, paseos, soportales, cobertizos, corrales, calles, callejones, subidas, bajadas, pasadizos, cuestas, pasaje, rondas, sendas, travesías, cuestas, adarves, zaguanes, patios… El urbanismo de catastro solo trae una ciudad catastrófica. La riqueza de los espacios públicos de la ciudad vieja, aquellos que le han dado identidad, hoy perdidos en la ciudad planeada, volverá a ser protagonista.

El urbanismo en las últimas décadas ha mutado en una disciplina eminentemente legal. Si miramos nuestras ciudades comprobamos que los crecimientos urbanos de este período son muy susceptibles de mejorar y no pasarán como actuaciones modélicas en la construcción de la ciudad contemporánea. El deterioro del espacio público, la casa de todos, ha aumentado al mismo tiempo que se aprobaban leyes para regular su crecimiento. Por tanto surge la duda: ¿Garantiza el estricto cumplimiento de las leyes urbanísticas la mejor de las ciudades posibles? Enseguida vienen a nuestra memoria ejemplos de crecimientos urbanos que nada tienen que ver con la buena arquitectura y sin embargo devoran el territorio al amparo de la ley. La Arquitectura tiene como fin el orden del habitar. La interacción de dos elementos opuestos: el hombre y el mundo natural, para unirlos al servicio de las necesidades humanas, pero sin anular su dualidad. No es por tanto solo el urbanismo una simple suma, fácilmente ponderable de longitudes, anchuras y alturas de los elementos constructivos que ocupan el espacio. 

Esta idea de la ciudad como amalgama humana de acciones diversas necesitará para su comprensión de una mirada transversal: física, cultural, histórica, sociológica, estadística, económica, ambiental, participativa, etc. Visión que hoy el urbanismo ha relegado a un segundo plano, meramente informativo, en favor de los procedimientos administrativos al servicio de la resolución de conflictos especulativos. El planeamiento morirá por su mal uso, y la sociedad futura se servirá del proyecto urbano, más claro, preciso y acertado. Surgirán los procesos equilibrados de re-densificación de la ciudad, desde dentro de los barrios, y se aprovecharán los recursos y dotaciones ya construidas sin necesidad de ocupar más territorio.

La arquitectura sirve para iluminar la mente, entender la vida y ver lo que se ve, más allá de la ceguera blanca que hoy nos domina por ciegos que viendo no ven. Esperemos que cuando alguien lea esto, en cien años, al menos haya algún acierto en este texto. Los errores también son importantes, los fracasos nos ayudan a aprender. La ciudad se habrá transformado y con seguridad las preguntas serán otras y los desaciertos serán cometido ya de otros que, seguro, más sabios continuarán el discurso de la ciudad.

José Ramón de la Cal & Josefa Blanco Paz

Arquitectos.(del libro Toledo en cien años)

Dedicado a nuestro amigo Juan Sánchez, por su empeño en construir una ciudad mejor

 

f.1  El paisaje aislado del cuadro Toledo bajo la tormenta, P+C 

f.2 Chillida salta la muralla, fotografía de Manuel Urtiaga de Vivar

.3 El vacío del circo, P+C

f.4 La estructura de barrios, P+C

f.5 Parque arqueológico de la Vega Baja, P+C

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2 Comments

  • JESÚS FUENTES

    Narración de fantasía, nada distópica. Cien años son insuficientes para cuanto imagináis. Aún así, me gustaría pensar que el Circo Romano se ha recuperado para las memorias futuras, lo mismo el anfiteatro que nosotros no veremos o los restos de los visigodos que dificultan de momento la construcción de bloques de viviendas para mi niño o mi niña. Qué desperdicio. Claro, eso siempre que se hayan salvado de las ruinas inminentes barrios como de San Justo, La Bellota y los que transcurren por las casa de las Cadenas, de los que nadie hable pero están igualmente vacíos y con amenaza de ruina.
    No había leído con tanto placer la descripción de un paisaje tan idílico desde los barrios tecnológicos de Willian Gibson en su narración Neuromante.
    Felicitaciones a ambos por haber dibujado una ciudad posible en otras circunstancias.

  • José Ramón Cal

    Felicitaciones a ti, por lanzar ideas como milanos al viento… Las fuerzas del mal son testarudas y acechan de nuevo. Seguiremos con fe ciega tenaces en las utopías, porque tenemos con nosotros lo más importante: la razón, el conocimiento.

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