Tavera; la obra y su artífice (I). [José María Martínez Arias]

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Vista y plano de Toledo, El Greco (1.608). El Hospital de Tavera en un segundo plano en el eje central de la composición.

“…de las más acertadas y excelentes fábricas que ay en Europa, y más conforme a las reglas y observaciones de la verdadera Architectura; […] lo dizen los extranjeros que la vienen a ver, como a una de las maravillas de el Mundo”. Nicolás de Vergara ‘el Mozo’.

(El artículo contiene planos del edificio que se pueden descargar en pdf)

Toledo, cabeza del imperio y sede cardenalicia Primada de las Españas, ciudad variopinta y cosmopolita, llegó a posicionarse como la segunda ciudad de España en población, sólo superada por Sevilla. En 1.561 Toledo contaba con 60.000 habitantes y gozaba de una próspera economía basada en diferentes industrias como la sedera, lanera o espadera. Acogió además a toda una corte de nuevos artistas y arquitectos que participarían en la consolidación del Renacimiento castellano, personas venidas de toda Europa, especialmente de Flandes e Italia que se instalaron en ella para hallar un nuevo florecimiento artístico. Por lo tanto, la ciudad llegó a posicionarse como el centro cultural más importante de España. Ya desde el siglo XIII se realizarán procesos de traducción de textos greco-latinos a partir del árabe y hebreo con la Escuela de traductores, la cual permitió el resurgir científico, filosófico y teológico de los reinos cristianos.

El glorioso siglo fue para los toledanos un momento de estudio y reflexión en sus propios orígenes. Con el reinado del Emperador Carlos V a partir de 1520, va surgiendo un sentimiento humanista que deseaba rescatar esa idea de ciudad imperial que tenía atribuida desde antiguo, a imagen de “nueva Roma”, siendo el propio Hércules morador y uno de los legendarios fundadores.

Con las temporales estancias de la corte en Toledo, la ciudad pretende evolucionar, intenta desligarse de su tradicional herencia árabe, abriendo plazas y calles cuyas nuevas construcciones adoptarán un estilo representativo del poder para el “nuevo César” y será la arquitectura a la antigua la que resurja para responder a tal anhelo.

No obstante, el gótico era la imagen del poderío católico hasta entonces, la arquitectura de esta etapa sirvió como elemento aglutinante, con el fin de ir atemperando el radical impacto que supondría la aparición de tan renovado arte en la ciudad.

La Iglesia, inicialmente acoge el clasicismo de una manera netamente decorativa, a modo de revestimiento, evolución depurada de la ornamentación gótica que dará como resultado el plateresco. El mejor ejemplo quizás pueda verse en el Hospital de la Santa Cruz, obra en la que Alonso de Covarrubias (autor de las trazas de Tavera), ya intervino en su primera etapa, todavía muy influenciado por Enrique Egas, quien trabajó para los Reyes Católicos hasta el primer tercio del siglo XVI.

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Planta del Hospital de Santa Cruz, Enrique Egas (1.514)

Avanzando el Siglo, la alta nobleza y el clero, comienza a demandar una arquitectura que se asemejara con el poderío del Imperio Romano que Francisco Villalpando mostró a la corte, pues sería el lenguaje clásico el que mejor definiera este cambio de mentalidad en la sociedad castellana. Todo un proceso cultural aconteció en la ciudad en esta evolución hacia la plenitud del Humanismo y el Renacimiento. Las corrientes modernas de la época, como fue la erasmista, procedente de la Universidad de Alcalá de Henares, tuvieron gran repercusión entre la alta cultura toledana, rescatando nuevos valores sociales y artísticos.

También fue un momento de esplendor para la imprenta y la edición editorial, imprescindible medio de difusión del saber. El monasterio de San Pedro Mártir fue un centro pionero en este sector, ya que a partir de 1.483, tras la adjudicación de la Bula de la Santa Cruzada por los Reyes Católicos, se fueron aconteciendo toda una serie de ediciones, traducciones y estampaciones que contribuyeron a difundir la cultura y el pensamiento de la Edad Moderna.

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Ilustraciones de Diego de Sagredo: Medidas del Romano, Ramón Petrás (1.526)

De vital importancia para el desarrollo arquitectónico toledano fueron las traducciones y edición al castellano del tratado de Serlio, el cual fue editado en Toledo en 1.552 por Villalpando y publicado por Juan de Ayala con las mismas ilustraciones que el original. El lenguaje serliano, será el adoptado por Covarrubias en su etapa más plena y productiva, considerado como una depuración del arte clásico, cuya austeridad formal y absoluta proporción de los elementos podemos ver en Tavera.

El Renacimiento buscaba la armonía tanto de las partes como del conjunto, este principio se aplicará con rigor a todas las ramas artísticas, desde la arquitectura, basada en estos esquemas de proporción y geometría, hasta la música, compuesta mediante la aplicación de la matemática. Fue precisamente la ciudad de Toledo, la que vio nacer a uno de los mayores y compositores del siglo XVI: Diego Ortiz. El violagambista llegó a ser maestro de capilla en el virreinato de Nápoles, bajo el amparo del tercer Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. A la par que nuestro Hospital de Tavera se levantaba, Ortiz concluía una de las más sublimes obras de la música española del Renacimiento. Su Trattado de glossas vio la luz en 1553, año en el que coincidió en Nápoles con otro ilustre creador español, Juan Bautista de Toledo, autor de la traza universal del Monasterio del Escorial, que mucho le debe a nuestro Hospital de Tavera.

La ciudad fue aglutinando toda una serie de fundaciones de largo arraigo en el devenir de aquellos años. Es representativo el caso de que exceptuando los grandes conjuntos conventuales y religiosos, es la arquitectura hospitalaria y asistencial la que se asienta contundente en la ciudad desde antaño. Este hecho precisamente pueda deberse a esa vinculación erasmista entre la corona y la iglesia en la ciudad durante aquellos años.

La monarquía, centrada quizás en asuntos sucesorios y de expansión territorial, puso en manos del clero y la alta nobleza la labor de asistencia a los pobres y enfermos de la Ciudad. El espíritu renacentista y posteriormente ilustrado puso de manifiesto la labor del mecenazgo dentro de la Iglesia Católica con la creación de toda una serie de instituciones entre las que destacan los tres principales conjuntos hospitalarios toledanos: el Hospital de Santa Cruz, promovido por el “Gran Cardenal”, Pedro González de Mendoza; el Hospital de San Juan Bautista a imagen del anterior por el Cardenal Juan Pardo de Tavera;  y, ya en época ilustrada, el nuevo Hospital del Nuncio, por parte del Cardenal Francisco de Lorenzana.

Más allá de la labor caritativa y sanitaria de los mencionados centros, es interesante valorar el interés arquitectónico y artístico que llegaron a alcanzar estas construcciones las cuales se posicionan desde el gótico tardío y plateresco hasta el neoclasicismo, pasando por la renaciente fábrica de San Juan Bautista.

El interés colectivo que despierta este último es evidente si tenemos en cuenta que es la única obra en Toledo que va a ser gestada por una promoción familiar como es la Casa Ducal de Lerma y Medinaceli, obra que además va a marcar el esplendor del Renacimiento castellano y cuyas trazas son atribuidas a uno de los más relevantes maestros de la arquitectura española, Alonso de Covarrubias, arquitecto de los Reales Alcázares.

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El conjunto, que al hallarse extramuros de la ciudad, queda linealmente enfrentado con la Puerta Nueva de Bisagra, permaneció al margen de la ciudad durante muchos años, este distanciamiento era necesario para mantener a los enfermos aislados del resto de la población, pero además este aspecto era necesario para proyectar un edificio de tal escala. La búsqueda de un espacio amplio y abierto nos habla de ese interés por la quadratura y el orden, además de generar un poderoso punto focal de la fachada principal.07_alzado-color

Su composición exenta y alejada del resto de la mole urbana, lo dotan de una dignidad constructiva impresionante, cuya fábrica queda resaltada por el almohadillado a la toscana de sus sillares y la omnipresente linterna ochavada de la iglesia, pieza centralizada que se asoma a la ciudad con un simbolismo fúnebre a la memoria de su fundador.

El Cardenal Juan Pardo de Tavera no había llevado a cabo ningún proyecto fundacional relevante hasta entonces, y sintió el deseo de realizar una obra que estuviera a la escala e imagen de la de su antecesor: el Hospital de la Santa Cruz, fundado en 1.514 por el cardenal Mendoza, cuyo linaje está ligado a una de las casas nobiliarias más poderosas de Castilla. Tras los intereses de Tavera de construir un nuevo hospital general para la ciudad, en 1540 Carlos V aprueba finalmente la cesión de los terrenos para iniciar las obras al año siguiente.

Los tratados de Vitrubio, Alberti, Serlio y posteriormente Palladio eran conocidos en Castilla y posiblemente esta pudo ser la causa de la evolución morfológica de la planta del nuevo hospital que se aleja de la tipología cruciforme española y adopta una estructura residencial a la italiana, de dos patios. La primitiva planta de Covarrubias para el futuro hospital, presenta numerosas semejanzas con la del desaparecido Alcázar de Madrid.

Esta propuesta inicial presentaba dos patios gemelos incluyendo todas las enfermerías y servicios entorno a ellos. Los patios, quedaban separados en su crujía central por el núcleo de la doble escalera claustral y continuada por la cabecera de la iglesia de nave única que se abre en tres en el crucero, quedando rematado con el característico ábside curvo.

Los cambios en la planta inicial, produjeron un resultado espacialmente más interesante, ya que al reducir 90 pies (26.6m) la anchura total del conjunto, esta crujía central se prolongó hasta el zaguán de la iglesia, quedando los dos patios exentos y comunicados entre sí.

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La planta general se configura como un gran rectángulo de 100×73 metros, dividido en cuatro cuadrantes, dos ocupados por los patios gemelos de cinco arcos por panda en su lado corto y siete en el más largo. Los otros dos cuadrantes son ocupados por la iglesia, circundada por los patios de cocinas y enfermería, otorgando al templo su característico aspecto centralizado y manteniendo la sacristía en la parte oriental.

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La sección transversal deja ver el fuerte desnivel sobre el que se asienta el conjunto, el ala oriental se manifiesta con un carácter casi defensivo, a modo de contrafuertes construidos en sillarejo, con una labra de los vanos menos elaborada que la de la fachada norte, dando a la carretera de Madrid.

Esta fachada mantiene el almohadillado en los sillares, manifestándose con gran exquisitez en los vanos, trabajados con cierto lenguaje manierista y empleando la labra casi como si de piedras preciosas se tratara. Recorriendo esta fachada en toda su longitud desde el parque de la Vega, podemos reconocer a lo largo de la quinta hilada desde el suelo, el nombre de su fundador tallado en la piedra.

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Los patios porticados, mantienen la ordenación clásica en niveles, abajo dórico toscano con arcos de medio punto y sobre este, el orden jónico con arcos escarzanos. Los dos niveles quedan separados por un entablamento compuesto por un friso con alternancia de triglifos y metopas y una cornisa moldurada. Encontramos elementos arquitectónicos propios de Covarrubias, como los prominentes medallones negros en las enjutas de los arcos inferiores y rosetones labrados en los superiores ordenados en particiones triangulares.

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En la sección se hace evidente esta articulación de la planta donde contrasta el volumen abierto del patio de Covarrubias con la monumental elevación de la iglesia que alcanza los 47 metros de altura exterior. En 1550, Covarrubias abandona las obras, haciéndose cargo su aparejador, Hernán González de Lara y posteriormente Nicolás de Vergara “El mozo”. Finalmente se ejecuta una iglesia de nave única con bóveda de cañón y un crucero de ligero desarrollo. En la iglesia encontramos elementos que guardan similitud con la basílica de El Escorial pero a una menor escala, como los prominentes machones achaflanados que sostienen la linterna del crucero, o el empleo del vano termal en los muros laterales.

El mausoleo se terminó 22 años después de la incorporación de Lara; pero hemos considerado que la documentación realizada para este elemento forme parte de la segunda entrega de estos trabajos.

Las obras del hospital avanzaron inicialmente con rapidez, pero su construcción se fue demorando, concluyendo 75 años después. Uno de los aspectos más curiosos en la mezcolanza de etapas, arquitectos y artistas que se fueron sucediendo a lo largo de los años, pueda ser la tardía ejecución de la actual portada de ingreso, ya de estilo barroco y trazada en 1760 por Pedro Martínez Morales. Esta obra quizás pueda desvirtuar la imagen clásica de la fachada principal, poco acorde con el aire manierista de sus prominentes sillares.

En 1776 el neoclasicismo se impone y se plantea realizar una nueva portada fiel a los esquemas clásicos. El arquitecto Pedro Arnal realiza cuatro versiones para el hospital, pero finalmente no llegó a ser ejecutada ninguna.

Esta recreación pretende mostrar la imagen que tendríamos a día de hoy de la fachada principal.

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A la muerte del Cardenal Tavera en 1545, los herederos de la Casa de Malagón y posteriormente Medinaceli contribuyeron a finalizar las obras y consolidar la imponente colección artística legada. El hospital de Tavera alberga parte de la colección de la Casa de Lerma-Medinaceli, en ella podemos encontrar lienzos de Zurbarán, El Greco, Snyders, Luca Giordano o Tintoretto entre otros, destacando la soberbia pareja de Tapices flamencos de Willem de Pannemaker que pertenecen a la serie de seis paños que representan la fábula de Ovidio, Los amores de Mercurio y Herse.

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Cécrope da la bienvenida a Mercurio, Willem de Pannemaker. (1570). Lana, Oro, Plata, Seda, 430 x 550 cm.

En 2014, la Escuela de Arquitectura de Toledo, de la mano del profesor José Ramón de la Cal, brindó a su cuarta promoción la oportunidad de conocer este singular edificio y trabajar en el levantamiento de su cripta para la asignatura de Materiales.

Seguramente muchos de nosotros no teníamos idea de la magnitud de lo que suponía trabajar aquí hasta que lo comprobamos; aprendimos que la verdadera arquitectura, lejos de poder ser encasillada en una determinada etapa histórica, es atemporal, que las técnicas disponibles son las que determinan los procesos constructivos, y por tanto el resultado de la obra. O cómo es la escala, la que dota de verdadero sentido a la arquitectura. También aprendimos valores como la importancia del trabajo en equipo, el interés en la toma de datos y la precisión en el dibujo.

El recuerdo de todo lo aprendido en este proyecto es imborrable y queda ligado al inconfundible perfil del Hospital de Tavera.

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José María Martínez Arias, estudiante de arquitectura de la eaT.


Se incluyen los planos a mayor resolución, que se pueden ver en el visor o descargar en pdf. 

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