El Último Magnate [Jesús Fuentes Lázaro]

De vez en cuando es aconsejable acercarse a los clásicos, aunque sean modernos. Sus obras descubren el vacío de los libros actuales, las narraciones hechas con plantillas, los escenarios y situaciones que lo mismo sirven para una novela de intriga que para una histórica. En fin, la ausencia de literatura. Se escribe como se habla, porque al lector no se le puede complicar la lectura con retoricas literarias o con una sintaxis que no sea plana. Sobre esa base se fundamentan los best-seller actuales. La novela del clásico que propongo se titula “El Último Magnate” (The Last Tycoon). Y es la novela inacabada del escritor dorado de la “generación perdida” norteamericana, Francis Scott Fitzgerald.

Scott Fitzgerald

Fitzgerald había escrito la novela de las clases adineradas norteamericanas que en Europa buscan dejar atrás el puritanismo de la sociedad antes de la primera gran guerra (“Suave es la noche”). Publicaría, después, la gran novela de los  años veinte, “la mayor orgía de la historia”, en expresión del propio Scott Fitzgerald (El Gran Gatsby). Con el “Último Magnate” quiso escribir otra gran novela. Esta vez sobre el Hollywood de los años de su gran poder y sobre la enmarañada industria que habían levantado los deseos de integración de los judíos de la Europa Central y del Este. La muerte sorprendió al autor antes de terminar la que debía ser su novela más madura. En ella se aprecian los defectos de una obra sin acabar; las técnicas que empleaba para que sus novelas perecieran fáciles, aunque tuvieran estructuras, en ocasiones, muy enrevesadas; las costuras de una obra que quería atrapar un mundo, el de Hollywood, en su momento esplendoroso. Eso sí, tuvo tiempo de definir en profundidad los rasgos caracteriales del protagonista Monroe Stahr. Nada complicado, por lo demás. El personaje ya existía. Por una parte era el propio Scott Fitzgerald y por la otra, Irving Thalberg. Solo era cuestión de mezclar los  ingredientes de ambas personalidades.

Irving Thalberg fue el niño mimado de Hollywood. El príncipe de aquel “imperio propio” que los judíos emigrados habían convertido en la industria más sofisticada y glamurosa de Norteamérica. Con veinte años había llegado a ser Gerente General de la Universal. En 1923 se unió a Louis B. Mayer, integrando el equipo de producción más formidable de la historia del cine. Ellos construyeron el cine moderno. Fijaron los códigos del cine sonoro. Thalberg había nacido con una deformación del corazón. Condicionaría su infancia y su  vida posterior, a pesar de los esfuerzos de la madre para que nunca lo sintiera como una deficiencia inhabilitante. La enfermedad fue la que le proporcionó un indudable sentido de levedad. Tal vez por esa sensación de mortalidad temprana, mientras Meyer tenía urgencia de aparecer como el dueño del mundo, Thalberg se mantenía distante e inaccesible. Y construía y construía. Contrató equipos de escritores, muchos consagrados, otros principiantes, una gran mayoría alcohólicos o en decadencia. Entre ellos, Scott Fitzgerald, que necesitaba ganarse la vida para pagar ruinas, alcohol o los tratamientos de su hija. Thalberg será Monroe Stahr en la novela. Un tipo que trabajaba compulsivamente y de quien todos, hasta los más grandes de Hollywood, aceptaban indicaciones y sugerencias. Sus aportaciones  mejoraban los guiones o las películas. Su éxito lo basaba en tres principios: no aceptar nunca la opinión de una única persona; no aceptar nunca tu propia opinión como definitiva y nunca esperar la ayuda de nadie, excepto la propia tuya.

Irving Thalberg junto a su esposa Norma Shearer

Con este individuo real  y una parte de sus íntimas frustraciones Scott Fitzgerald construye un personaje centrado en el trabajo y al margen de los líos, que en Hollywood era de todo género.  Monroe Stahr es un hombre de frontera, individualista, inagotable en el esfuerzo, que persigue y concreta el sueño americano, pero a su vez humilde y discreto, convencido de que su fragilidad le puede jugar una mala pasada. Es un “cowboy” en un Hollywood a la conquista de cualquier Oeste. Como Gatsby encarna el prototipo de americano originario. Carece de pasado –se oculta o se transforma- y el presente solo es la ocasión de construirse un futuro a medida.  Stahr descubrió que se había enamorado de Minna Davis (una evocación corregida de Zelda), poco antes de una muerte prematura. “Habían sido la pareja más majestuosa y con más compostura que se pueda imaginar. Ella siempre lo había amado y justo antes de su muerte, sorprendido y sin apenas quererlo, toda su ternura hacia ella había eclosionado y se había enamorado de ella. Enamorado de Minna y de la muerte a la vez”. Con el fallecimiento de Minna, Stahr se quedará  sin orientación, salvo la que le proporciona el trabajo. Ve todas las películas, lee todos los guiones, corrige todas las escenas, perfecciona las estructuras de rodaje.

Incapacitado para el amor, el esfuerzo será su refugio hasta que por un terremoto, y por casualidad, descubra como una reencarnación de Minna Davis, a Kathleen Moore. Su piel igual, si figura semejante, su comportamiento desprejuiciado. Cuando se conocen “Los ojos de Stahr y Kathleen se encontraron y quedaron atrapados. Por un instante, hicieron el amor como jamás nadie osaría hacer otra vez. Su mirada fue más lenta que un abrazo, más apremiante que una llamada”. Lentamente se irá convirtiendo en una obsesión. Aún así siempre existirá algo que les separa. Como un secreto trágico. Tras el encuentro de un día escribe: “Ahora eran personas diferentes las que partían de vuelta. Cuatro veces habían hecho el trayecto de la costa ese mismo día, y cada vez eran una pareja diferente. Habían dejado atrás curiosidad, tristeza y deseo; se trataba de un autentico regreso…. A ellos mismos, a su pasado, a su futuro y a la presencia incipiente del mañana”.  

En la novela, con varios posibles finales, Scott Fitzgerald imagina que Stahr desaparece en un accidente de avión.  En 1940 fallece en Hollywood Scott Fitzgerald de un paro cardiaco. En realidad, más que una novela ha escrito un guión en el que se refleja la vida de un hombre que “casi en solitario había conseguido que el cine se adelantara a su tiempo, hasta el punto que el contenido de las películas de “serie A” era más amplio y rico que el de los escenarios. Del mismo modo que el señor Lincoln era general, Stahr era artista, a la fuerza y por vocación”. La novela se llevaría al cine en 1976 con guión de Harold Pinter. Sería la última película del controvertido director Elia Kazan. Demasiados simbolismos.

                                                           Jesús Fuentes Lázaro

Portada: ilustración del libro de Ediciones Navona. Las otras dos ilustraciones son de antiguas ediciones de la novela. 

 

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