Aquella belleza antigua [Jesús Fuentes Lázaro]

Felice Casorati, Conciertos, 1924. RAI. Dirección General, Turín.

Hace cien años, en octubre de 1917, se producía una revolución que trastocaría al mundo. En Rusia el gobierno de los zares era sustituido por la dictadura del proletariado. En el mismo año, esta vez en Nueva York, Marcel Duchamp entraba en un almacén de la Quinta Avenida. Tras vueltas y revueltas adquiría un urinario de porcelana de los que se colocan en la pared en los lugares públicos. Llegado a su estudio lo situó para que se viera que  estaba al revés. Firmó  la pieza como R. Mutt, puso fecha, 1917, y le adjudicó un titulo “Fuente”. Un objeto vulgar se convertía, por la voluntad de un hombre, en una obra para la Exposición de los Independientes – organizada por la Sociedad de Artistas Independientes –  en la edición del año 1917 en Nueva York. El mundo del arte quedaría definitivamente trastocado. Incluso, aún hoy, se debate sobre qué sea y qué no es arte. Cien años después, Duchamp es el nombre  más repetido tras el de Picasso cuando se habla de arquitectura, de pintura, de escultura o de arte en general.

Si nos situamos en los años que van desde el final de la Primera Guerra Mundial y la Segunda descubriremos que las Vanguardias, iniciadas en los comienzos del siglo XX, habían colapsado. Europa y el Arte se encontraban en el epicentro de una crisis profunda. Un enorme desorden moral, político y cultural se imponía. Muchos artistas sintieron entonces la necesidad de recuperar el orden perdido y volver a la belleza clásica. Ese movimiento de mirada hacia atrás se produjo sobre todo en Italia, herederos geográficos de la cultura romana y del Renacimiento. Se imponía superar el universo nihilista de las vanguardias mediante un retorno actualizado a la belleza antigua. Había que rescatar el equilibrio visual,  la seguridad de las composiciones armónicas. Volvieron los paisajes, los bodegones, el desnudo, el retrato, la temática relacionada con la vida, la maternidad, la evolución biológica de los individuos. Se resucitaba la filosofía que daría origen al mundo moderno cuando, en el monasterio de Fulda, un cazador de libros descubriera  una obra, que se creía perdida, de Lucrecio “De Rerum Natura” (Sobre la naturaleza de la cosas). A partir del hallazgo del manuscrito perdido el Renacimiento entraría en otra dimensión. En la obra de Lucrecio se contenían las claves del papel de los hombres en la naturaleza que  el Renacimiento adaptó a sus valores.

Pompeo Borra Riposo (Descanso), 1933 Óleo sobre lienzo, 105,5 × 126 cm Mart, Museo di Arte Moderna e Contemporanea di Trento e Rovereto.

Ahora, para recuperar aquella belleza antigua en mitad del siglo XX, era preciso leer de nuevo  los textos de Lucrecio. Ese libro antiguo  situaba al hombre en el vacío de su absoluto entre una naturaleza indiferente, aunque apasionante. El libro parecía escrito para explicar el siglo XX. “No hay motivos –había escrito Lucrecio, hacía ya muchos siglos– para pensar que la tierra o sus habitantes ocupen el lugar central, no hay motivo para situar  al ser humano aparte  del resto de los animales, no hay esperanza de sobornar o aplacar a los dioses, no hay lugar para el fanatismo religioso, no cabe justificación de los sueños de poder ilimitado o de seguridad perfecta, no hay razón que explique las guerras de conquista o de engrandecimiento, no hay posibilidad de triunfo sobre la naturaleza, ni escapatoria del proceso constante de hacerse, deshacerse y rehacerse que sufren las formas” (El Giro, de Stephen Greenblatt). La obra, en esos años de incertidumbres absolutas, adquiría  especial valor. Se recuperaba el orden natural que las vanguardias habían desmontado. Los hombres recuperaban su condición humana, colocados, eso sí, en un mundo espectral de ruinas clásicas, de edificios abrumadores, de espacios naturales, abiertos y solitarios, que recogen el absurdo del individuo omnipotente, tal como lo representaría Giorgio de Chirico, Morandi, Alberto Savinio o Carlo Carrá.

Cartel de la exposición. Felice Casorati Ritratto di Renato Gualino (Retrato de Renato Gualino), 1923-1924. Óleo sobre tablero de contrachapado, 97 × 74,5 cm Istituto Matteucci, Viareggio.

La Fundación Mapfre presenta  una nueva exposición titulada “Retorno a la belleza”. En ella se recoge un conjunto de obras de pintores y escultores italianos que, en los años de entreguerras, postularon no una vuelta estricta a los clásicos, sino la rehabilitación de sus técnicas, el uso de los oficios antiguos de las artes, el manejo de las herramientas tradicionales, los encuadres atrevidos pero de geometrías construidas, el color vibrante. Es notable la influencia de Mantegna, de Piero de la Francesca, la escenografía de Botticelli o los colores de los frescos y los estucos de las paredes de Roma, de Pompeya o de Herculano. En ese “hábitat clásico” se  coloca el hombre moderno que resulta de esta manera más relativo, más solitario, más insignificante en medio de la naturaleza real o construida. La exposición permanecerá hasta el 4 de junio. Y en ella contemplarán el vacío de unos cuerpos o de unas figuras superadas (Arlequines) por el tiempo que no se detiene. El ser humano, inserto en la naturaleza, ni por encima ni por debajo de ella, debe aceptar que tanto él como el resto de las cosas viven regidos por las mismas leyes de la provisionalidad y de lo efímero. Lo que le  queda al individuo es dominar sus miedos y aprovechar la belleza y los placeres que ofrece el mundo, tal como había escrito el latino Lucrecio.

Jesús Fuentes Lázaro

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2 Comments

  • José Rivero

    Todo eso, ‘el retorno al orden’ que postuló Jean Cocteau en 1926 prolonga la posición de Franz Roh en su trabajo de ponderación ‘Realismo mágico’ en 1925. Y que aquí se pudo ver en la muestra del IVAM que comisario Juan Manuel Bonet. Donde oculaban un lugar importante los italianos de ‘Valori plástici’. Además esas lecturas revisionistas del Arte de entreguerras son las que viene realizando Jean Clair, que pone en foco el papel destructivo de las Vanguardias.

  • jesus fuentes

    En algún momento habrá que hacer un estudio más serio sobre el papel de las Vanguardias que han estado sobre valoradas en exceso por un cierto papanatismo colectivo, de base histórica, al menos en España, por las condiciones que se crearon con la dictadura. Colocar a las Vanguardias en el contexto real del arte sin derivaciones filosóficas y hasta morales. Eso sin olvidar los ingentes negocios montados sobre cuestionables obras de arte. J. Fuentes

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