El pintor de Santa Úrsula [Diego Peris Sánchez]

Vicente Cutanda y Toraya era hijo del botánico Vicente Cutanda. Nació en Madrid en 1850 y cambió su residencia a diferentes localizaciones a lo largo de su vida: Madrid, Toledo, Italia y País vasco. Influido por la escuela de Eduardo Rosales, abordó diferentes temas históricos realizando dibujos a lápiz, grabados, acuarela y, sobre todo, pinturas al óleo.

CUTANDA EN TOLEDO.

En 1884 gana, por oposición, el concurso de profesor de dibujo en la Sociedad Cooperativa de Obreros de Toledo y la amistad de muchos artistas afincados en la ciudad. Vivió y pintó la ciudad de Toledo donde acabó residiendo al comprar una casa en la calle de Santa Úrsula 11, que poseía un hermoso jardín y un patio mozárabe (hoy sede del Colegio de Arquitectos), según cuenta su nieta María Luisa Cutanda.

En su primera época toledana, Cutanda desarrolló una obra religiosa clásica, pintando figuras de santos (San Jacobo y san Idelfonso están en la sacristía de la catedral), aunque siempre alternando con temas sensibles ligados a los lugares y a los personajes de su entorno.  En esta época hay un cierto hieratismo de sus figuras y expresiones que provocan una impresión singular, buscada por el autor. Los rostros de los personajes carecen de expresión específica; parecen siempre el mismo, pues, no le interesa tanto plasmar la sensibilidad de sus personajes, sino producir una determinada sensación en el espectador.

Incluso en la magnífica decoración de la Ermita de la Virgen del Valle de Toledo (1914), las figuras de los ángeles que queman incienso en honor de la Virgen, que extienden su manto y que portan ramilletes de rosas, son figuras fuertes, casi de obreros con rostros que evaden la mirada, inexpresivos e intemporales. Son figuras que cumplen una función sin ninguna sublimación ni ternura, pero la composición del conjunto es sugerente y ligera, suscitando emoción.

Ermita de la Virgen del Valle de Toledo. @V. Martín Fotógrafo

De esta misma época se conserva en el Convento de San Antonio de las religiosas franciscanas de Toledo un ‘Retablo de la Crucifixión’, de cinco lienzos, que representan cada uno a un santo: Santa Leocadia, patrona de Toledo, San Ildefonso, San Clemente y San Lorenzo, encuadrados en una decoración de estilo neogótico, con fondos de paneles de diversos colores y formas planas, sobre los que resaltan las figuras, encerradas en su propio dramatismo. Su interés por la ciudad le lleva a dibujar la torre del reloj que será derribada poco después quedando su obra como testimonio de una zona singular de la catedral. En 1884 le fue encargado un conjunto de 34 tablas para una carroza neogótica destinada a la custodia de Santo Tomé de Toledo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y fue miembro correspondiente de la Real Academia del mismo nombre de Toledo, ciudad a la que dedicaría casi toda su producción pictórica y sus desvelos, participando activamente en la Comisión de Monumentos y en labores de restauración.

Arriba fotografía de Casiano Alguacil donde se aprecia la desaparecida Torre del Reloj.

LA VIRGEN DE LOS OBREROS

La sensibilidad del pintor frente al trabajador unida a su religiosidad se pone de manifiesto en dos pinturas singulares. Son dos pinturas diferentes, pero con el mismo fondo: ‘Santa Teresa en éxtasis’ y ‘Ensueño’ o la ‘Virgen de los obreros’. El primero de ellos, que fue un encargo del obispo de Ávila para ofrecérsele al Papa León XIII, se encuentra en la actualidad en la Sala Sobieski del Museo Vaticano de Roma. El segundo, que mereció una condecoración en la Exposición Nacional de 1897, pertenece ya a la época en la cual el pintor empieza a pintar escenas de la vida laboral especialmente de los metalúrgicos. El cuadro se conserva en el Museo de Santa Cruz de Toledo. Su relación con su amigo el pintor Ricardo Arredondo -a quien había conocido en París y que era partidario del realismo social- abandonó el preciosismo a lo Meissonier y se inclinó por la pintura realista y plenairista, con un gran componente social.

LA HUELGA DE LOS OBREROS DE VIZCAYA

Cuando quiere salir del ambiente de Toledo se presenta al concurso para obtener una beca de estudios en el Regio Instituto delle Belle Arte de Roma, oposición que gana con el número uno. Se instala en la Via Margutta en pleno barrio de artistas, donde pinta “La muerte de Sertorio”. En este cuadro aparece ya su inquietud por temas sociales, pues se trataba del asesinato del general romano Sertorio que capitaneó en España las huestes del bando plebeyo sublevadas contra la dictadura de Sila. Cutanda prefiere dejar el cuadro en estado de boceto, quizá para no quitar fuerza al tema. El cuadro mide 3 m. de alto por 5,85 m. de ancho.

La promulgación de la Encíclica del Papa León XIII “Rerum novarum” (1891) relativa a la condición de los obreros, provoca en Cutanda una gran impresión. Por ella el pintor justifica su tendencia obrerista, avalada por la actitud de la Iglesia ante el problema social. 

Una huelga de obreros en Vizcaya, 1892. Museo del Prado.

Su cuadro más famoso, Una huelga de obreros en Vizcaya, fue galardonado con el primer premio de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1892 y fue adquirido por el Museo del Prado que lo tuvo depositado en el ministerio de Marina. ​ Tras la guerra civil y en la dictadura franquista el cuadro se consideró inadecuado por el tema que trataba y se retiró. Se guardó enrollado y perdió el marco, tallado y patinado imitando vigas de acero con sus remaches. En 2001 se encontró en malas condiciones y posteriormente ha sido restaurado, rehaciéndose el marco según fotografías antiguas. Un cuadro de grandes dimensiones (2,75×5,50) que retrata las revueltas del sector de la siderurgia para convertirlas en una imagen culta, de dimensiones y retórica propias de la épica de historia trasformando en héroes a sus protagonistas. El cuadro documenta la huelga que hubo en Vizcaya en 1892 como consecuencia de las condiciones laborales cada vez más lamentables. Toda la escena se concentra en la parte derecha del lienzo, donde una gran muchedumbre alza los brazos en actitud de indignación y de lucha. A la izquierda del lienzo hay un vacío ocupado principalmente con una niña y un niño que se dan la mano delante de una vagoneta sobre la que firma el artista.

Sobre el campo de batalla (1893) también llamada El médico de la fragua o Accidente en la Duro representa el accidente en el interior de la fábrica donde el médico atiende al obrero herido.

EL PRIMERO DE MAYO

Dos años después (1894) realizó el cuadro Preparativos del 1º de mayo, con el que logró una segunda medalla en la Exposición Artística de Bilbao, así como una mención honorífica en la Exposición General de Bellas Artes de Barcelona. La composición está centrada en un grupo de obreros que han dejado el trabajo para atender a lo que dice un compañero. Este, de pie, tiene en sus manos un manifiesto con las proclamas del primero de mayo, leyendo en voz alta un escrito que exige una revisión de las condiciones laborales.

Preparativos para el primero de mayo, 1894. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Como reflejo de las dificultades de la vida laboral y los accidentes que se producían, su obra más importante es Epílogo conservado en el Museo de Bellas Artes de la Coruña. El cuadro lo presentó en la Exposición Nacional de 1895 en Madrid. La escena se desarrolla en un ambiente rodeado por el humo y al calor producido por los hornos, en el interior de una fábrica de fundición. En primer plano y a la izquierda un obrero lleva una camilla con un hombre accidentado, detrás de este un guarda que parece estar despejando el camino y al otro lado un empleado de gorra blanca que se inclina para mirar dentro de la cama portátil.

Epílogo. Museo del Prado cedido al Museo de Bellas Artes de La Coruña.

Desde 1903 a 1904 es director de la Escuela de Artes y Oficios de Logroño. Vuelve a Toledo donde se instala como profesor de “Estudios especiales de dibujo y composición decorativa” en la Escuela Superior de Artes Industriales, siendo elegido director de esta.

La religiosidad de Cutanda y la predilección por plasmar la vida del proletariado le lleva a tratar de crear nuevos tipos iconográficos combinando ambos modos de representación. En uno de sus dibujos un grupo de obreros empuja una gran y pesada cruz mientras que otros se ayudan con una especie de grúa para levantarla siguiendo las órdenes del ingeniero. Una referencia a la dureza del trabajo de las fábricas. La composición, sobre todo del personaje que se dispone de frente y portando la cruz a sus espaldas recuerda a las representaciones de Cristo camino al calvario. Una curiosa cercanía de su profunda religiosidad con el interés social por la vida de los trabajadores en las fábricas.

Diego Peris, doctor arquitecto.

El autor preside actualmente la Fundación Miguel Fisac

La Cruz del Trabajo
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