El apocalíptico Beato y el adaptativo Elipando [Jesús Fuentes]

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Ilustración Benjamín Juan Santágueda

Las tensiones que han  agitado España entre integristas y modernizadores o, más reciente en la actualidad, entre buenos y malos, simplistas o complejos son antiguas. Y reiterativas. Se diría que los habitantes de la península ibérica, con independencia de la época que sea,  están condenados a vivir en un inacabable círculo volcado sobre sí mismo. La historia ni es lineal, ni siquiera  espiral por estos territorios.

Un debate de especial relieve, hoy olvidado y que se redujo a una estéril discusión teológica, ocurrió tras la conquista árabe de la península entre el neurótico Beato (se le asocia a Liébana donde se refugió) y el obispo toledano Elipando. Beato ganó la batalla de la posteridad en la memoria de las gentes, y Elipando, declarado hereje, pasó al mundo de los anatematizados. Sobre Beato se escriben libros hagiográficos que pagan las administraciones públicas. Todo sea por el turismo que mueve ingentes cantidades de recursos. De Elipando, como sucede con los perdedores, nadie se acuerda. Ni siquiera en su diócesis. El debate sucedió en aquel tiempo convulso en el que el reino de los visigodos colapsó por las intrigas y ambiciones de sus élites. Los árabes desembarcaron en el Sur y en poco más tres años habían establecido la frontera de sus dominios en la línea alta del Tajo. Habían creado un sustancioso sistema de impuestos y se preparaban para marchar hacia el centro de Europa. Al Andalus empezaba a formar parte de la Historia.beato-03-hombredepaloBeato fue un discípulo de Elipando, probablemente natural de Toledo, que huyó a las montañas del norte, obsesionado con la cercanía del Apocalipsis. Allí, en la soledad  de la vida ascética se agravaría su predisposición hacia la  histeria. Una vez  en las montañas, próximas a los territorios de Francia, se puso al servicio de los intereses del conspirador Alcuino, que materializaba los sueños políticos hegemónicos de Carlomagno, apoyado por Roma. Beato era un personaje tartamudo, neurótico y milenarista, traumatizado por la presencia árabe. Elipando fue un obispo de Toledo, tal vez el último visigodo, probablemente de origen hispano-romano, que entendió que la forma  práctica de sobrevivir al nuevo estado de cosas  consistía en adaptarse a las políticas  permisivas de los conquistadores.

No se había inventado aún – sería un invento más tardío – el camino de Santiago, mucho menos lo de la Reconquista ni se había generado esa visión de la Historia de España que se basa en las hazañas de los reinos cristianos del norte contra los adversarios árabes del sur. Aunque, eso sí, las nostalgias del reino perdido de los visigodos sería una de las líneas fuerza del armazón político-cultural de los mozárabes. La ideología mozárabe serviría  para legitimar ideológicamente las guerras de conquista que se desarrollarían durante los siglos posteriores.beto-02-hombredepalo

Una vez que una facción de los godos, en rebeldía contra Rodrigo, introdujeron a los árabes en España, Elipando entendió que era preciso convivir con ellos y negociar niveles de tolerancia, cuanto mayor, mejor, para las religiones del libro. Beato se posicionó contra las consideradas como claudicaciones  de Elipando. ¡Herejía, herejía!, se gritó desde la inexpugnable Liébana. Y pronto se convirtió en un encontronazo teológico, que era la fórmula al estilo de Bizancio para dilucidar las tensiones ideológicas, económicas y de convivencia del momento. El debate se esquematizó hasta  convertirse en una lucha entre herejía u ortodoxia, a la que prestaron apoyos la corte de Carlomagno y la Roma del Papado. Esta historia, sin embargo, no es materia de este artículo, el objetivo es otro.

La referencia a Elipando ha sido suscitada por D. Carlos J. Sala González, que en el escrito del 7 de septiembre de 2016, en el blog “hombredepalo” (1), replica un artículo del  señor de Villaverde (término de Orgaz, no confundir con el actual barrio de Madrid), llamado D. Lope González Palomeque. Este, reencarnado en escritor actual y moderno, ha narrado los más recientes descubrimientos arqueológicos en una pedanía de Orgaz (población de Toledo), denominada Arisgotas (1). Allí existe un yacimiento arqueológico desde antiguo que ha sido reavivado este verano por las excavaciones de D. Jorge Morín (2).beato-04-hombredepalo

En los Hitos, que  es como se conoce el yacimiento, las excavaciones nos han acercado una vez más al ignorado, y por eso manipulado, universo visigodo. Lope González Palomeque ha sido el cronista de esta aventura arqueológica que ha suscitado un veraniego debate entre asturianos y castellanos. Según los datos de las excavaciones habría existido en el citado lugar de Arisgotas un edificio de dos plantas similar al de Santa María del Naranco, solo que de factura constructiva bastante anterior al asturiano. El edificio de Arisgotas sería algo así como el tatarabuelo del edificio de Oviedo, en expresión “orgazeña” del señor Palomeque. Lógicamente, tal tesis acabaría con la singularidad y unicidad del edificio ovetense. La audaz lectura de los restos encontrados por Morín rápidamente ha sido replicada, afortunadamente, por D. Carlos J. Sala González. Y digo afortunadamente, porque en la España actual  ni hay gentes que lean, ni hay gentes que se atreven a disentir y menos a replicar, por miedo a ser descalificado inmediatamente con algunos de los adjetivos al uso. Así que, bienvenido sea el debate y cuanto más plural, más útil.

La hipótesis que cuenta Lope González Palomeque ha metido un dedo profano en uno de los mitos más interiorizados de la historia medieval y ha revuelto esas teorías, tan inconscientes como patrióticas, de que en Asturias se vivió una etapa de entidad autónoma en su propia arquitectura y en sus propias estructuras políticas e institucionales. Si la tesis que difunde Palomeque fuera cierta, (tiene todas las probabilidades de serlo), algunos mitos se derrumbarían. Lo cual no resta ningún mérito ni histórico ni arquitectónico al edificio de Oviedo (seguramente varias veces reconstruido), aunque nos obligue a revisar algunos de los tópicos de los inicios de la denominada ideológicamente Reconquista. Claro que la revisión de este concepto tampoco es cuestión de este texto. Esa también es otra historia que podrá aparecer en sucesivas entregas de este blog “hombredepalo”.

                                               Jesús Fuentes Lázaro


(1) La alcaldesa y las piedras godas; de Arisgotas. HdP 07/09/2016

(2) Indigenismo y sostenibilidad en Los Hitos de Arisgotas. HdP 280/08/2016 

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4 Comments

  • Carlos X. Blanco

    No creo que existan evidencias “psiquiátricas” en el siglo VIII como para calificar a Beato de “histérico”, “neurótico”, etc. Creo, con todos los respetos, que esta animadversión hacia Beato y esa rehabilitación del traidor y acomodaticio Elipando (“tolerante”), resta rigor a su escrito. No negaré que existan precedentes godos del arte y de muchos otros elementos del Reino Asturiano. Nada, en la Historia, es “original”. Toda la superestructura (ideología, aparato político), la onomástica, etc. rezuma goticismo en la Monarquía Astur. Pero una cosa está clara para mí: los Elipandos habrían puesto turbante y estarían ahora mordiendo el polvo orientados hacia la Meca. Bendita la neurosis de Beato, bendita La Liébana, bendita Asturias y bendita la Reina de Nuestras Montañas. Elipando se ha ido al basurero de la Historia, como Oppas, como don Julián, igual que los Goytisolos, los Zapateros y todos aquellos que, gracias a la tradición cristiana, hemos conocido como “cojones del Anticristo”. Muchas gracias por su atención y por permitir publicar este comentario.

  • Dr. Jorge Morin de Pablos

    La disputa adopcionista, defendida por el metropolitano de Toledo Elipando, giró en principio en torno a la diferente concepción del término “adoptio” entre los representantes de la Iglesia continental y los seguidores de la tradición hispana, en principio ortodoxa. La discusion acabó por convertir en hereticas, por su cercanía al Nestorianismo, algunas de las afirmaciones de Elipando debido al tono empleado en la defensa, a la soberbia y celo orgulloso de su tradición de los hispanos y a las connotaciones políticas que llevaba implícitas. Así lo afirma Ramón d’Abadal en el mejor estudio sobre él tema, “La batalla del Adopcionismo en la desintegración de la Iglesia visigoda”: “…en el fondo se discuten de otras cosas de las que no se hablan”. En suma, lo que estaba en juego era no sólo el particularísimo de la iglesia hispana frente a la continental, sino la propia supervivencia de su herencia cultural.
    El intento del metropolitano de Toledo fracasará por la respuesta que suscitó por parte del Papado y la iglesia franca. La reacción asturiana encabezada por Beato de Liébana y Heterio se explica cómo un intento de liberarse de la sujeción de Toledo. La postura de Beato es un antecedente de la toma de personalidad propia que adquiere el reino asturiano en tiempos de Alfonso II. Se trata, en definitiva, de un intento de sacudirse de la Iglesia toledana y como tal lo juzga Elipando. Tras la reunión de Francfort del año 794 se produce el fracaso de Elipando y Félix de Urgel, al tiempo que Carlomagno pasaba a constituirse en árbitro de la situación de la Cristiandad occidental. Para la iglesia hispana, esta reunión supone no sólo la condena del adopcionismo sino, sobre todo, la definitiva separación de la Iglesia toledana y las del norte. Mientras en Asturias asistimos a la restauración del orden de los godos aclamada por la Cronica Albeldense y la Gotia pasaba al dominio franco, la Iglesia toledana entraba en un definitivo declive del que ya no se recuperaría.

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