Fin de partida, fin de ciclo [José Rivero Serrano]

El nuevo Salón de Baile de la Casa Blanca © Alex Wong // Getty Images. El Grito: Trump o cómo hacer América ‘kitsch again’

A los amigos y compañeros de Hombre de palo, con los que he compartido 10 años de esperanzas y pesares. A modo de despedida.

Todo lo que existe, merece desaparecer”. Carlos Marx.

De hecho, creo que las cosas ya no existen. Lo que existen son las mercancías, y no es lo mismo. Santiago Alba Rico, 2023.

Escriben Antonio Pita y Andrea Rizzi (El País, 22 de enero 2026) a propósito de la confusión reinante en la actualidad entre Guerra Pasional y Pasión Inmobiliaria. Puede que toda la política territorial y todo el orden mundial que pretende inaugurar –por rotura del anterior orden internacional liberal de la ONU, OTAN, FMI– el presidente Donald Trump, esté rubricada y signada por su inequívoco aroma inmobiliario, con el referido pomposamente, Plan General de Gaza (Plan Maestro, dice la versión americana, que bebe en el pasado de promotor inmobiliario de un Trump con pocos principios y mucha gestualidad de hombre poderoso y tramposo). Aroma inmobiliario que, a veces, exhala un tufo siniestro de falsa grandeur principesca, colmatada de dorados y recamados. Como puede apreciarse en sus estancias cuasi palaciegas de los apartamentos de la neoyorquina Torre Trump, o en el vernacular asiento neocolonial de Mar-a-lago en Florida.

Ya contaba en mi texto de Hombre de palo, Casa de negocios 1 (23 de octubre de 2023) ese síntoma del desfase entre forma y moral, al advertir: “Ese universo de la beautiful-people y sus ramificaciones mid-class, ya ha sido estudiado en diferentes escenarios y secuencias internacionales y nacionales. El primero de ellos habría que atribuírsele al historiador Juan Antonio Ramírez, quien indagaba en su texto Arquitecturas artificiosas (Babelia, 4 agosto de 2007), sobre las denominadas ‘artes del turista’, artes que con toda propiedad pueden ser tanto buenas como malas. Para establecer Ramírez, un recorrido que fijaba el estilema del artificio entre “el regionalismo al estilo de la impunidad”. Y que daría lugar al hallazgo truculento de José Miguel Iribas, que años antes –en las actas del congreso DOCOMOMO Arquitectura moderna y turismo: 1925-1965, de 2003– había denominado como “cutrelux”, a “una estética divertida que es la que le gusta a los turistas de Benidorm”. El segundo campo de estudio es el producido por Beatriz Colomina en su trabajo La pelouse Americaine en guerre. De Pearl Harbor à la crise des missiles, 1941-1961 (2010). Donde se da cuenta del papel desempeñado en el imaginario doméstico europeo por revistas emblemáticas de los Estados Unidos como Life, House beautiful y Better Homes&Gardens. Revistas que vienen a proponer y establecer el modelo de vida americano, propio del way-of-life y de la prosperidad de posguerra de la llamada pax-americana”.  Todo un recorrido de beautiful-people y mid-class con pretensiones, para llegar al regionalismo estilo impunidad y el falso globalismo estilo impudor y concluir en el cutrelux y en el ventrílocuo formal gazatí, del Mastre Plan de Raffa.

Recreación de la propuesta de Trump para Gaza. The Miners Lab for Digital Media

Plan General de Gaza presentado en la cumbre mundial de Davos, no como un Plan de Paz –aunque se camufle con un llamado Board of Peace– y más próximo al vídeo virtual de meses atrás denominado como Gaza resort, donde la IA hacía caer del cielo protector cientos de miles de billetes. Muchos billetes de dólares triunfales. Entre los bandazos sobre Groenlandia y los autoelogios de todo tipo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, uno de sus principales asesores para Oriente Próximo (su yerno Jared Kushner) ha presentado este jueves ―con tono entusiasta de oportunidad de inversión― la “nueva Gaza” que aspira a levantar sobre los escombros de la actual, que denomina Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG). Se trata de una especie de Dubái o de Singapur con numerosos rascacielos turísticos frente a la costa, un “nodo de transportes” con puerto y aeropuerto, y “una economía de libre mercado” con el “mismo enfoque” que el que Trump aplica en su país. “No hay plan B”, ha dicho al mostrar las diapositivas del “plan maestro”.

Frente al carácter de denuncia de las ruinas de Gaza, fruto de bombardeos y ataques prolongados, caben pocas alternativas. Las anotadas por El Roto en su viñeta del 23 de diciembre pasado en El País – Arquitectura: Guggenheim Gaza, donde muestra un elemental chozo de refugiado gazatí, construido con restos elementales de telas y chapa ondulada, a la manera de alguna de las piezas del recientemente desaparecido Frank Gehry, como si fuera una nueva innovación de un Centro de Arte–, todo ello a partide una foto de Abdel Karem Hana del 21 del mismo mes de diciembre, que da cuenta de la magnitud del desastre de los refugiados y sus precarias condiciones habitacionales. O la reseñada, de nuevo en estas páginas de Hombre de palo, en la pieza Follies entre el capricho y la extravagancia 1 (1 febrero 2021): “El carácter recreativo y festivo de estos palacetes menores, pronto conocidos como Folie –como expresa su propio nombre–, lo anota el mismo Peyró, aunque ahora vinculado al ceremonial de la ruina. Todo ello, al decir: “En otro tiempo los hombres llegamos a hacer de la ruina incluso un pretexto de ironía y fantasía de gran belleza: ahí están las Follies artificiales del pintoresquismo, los cuadros de Robert des Ruines en un Versalles imaginario, ya de musgo y hiedra…”.

Trump enseñando una infografía del nuevo salón de baile. @Aaron Schwartz/CNP/Bloomberg via Getty Images

En el mes de noviembre de 2025, conocimos los deseos presidenciales por construir una nueva sala de baile, en el complejo de la Casa Blanca, del cual señalaba Muñoz Molina el 15 de noviembre en El País: “Yo estaba al tanto del salón de baile que Trump está haciendo construir en un ala derribada de la Casa Blanca, tan enorme que podría caber en él todo el edificio, y en el que todos los grifos serán de oro macizo, pero no de su ocurrencia más reciente, todo un arco de triunfo, copiado del de Napoleón en París, pero a mayor escala, y más rico en protuberancias escultóricas, con un aspecto general de merengue muy elaborado”. Punto de partida de mi reflexión en el digital Hyperbole, denominada Washington: White house, mon amor. Donde marcaba: “Ya antes de esa conclusión, Muñoz Molina nos había regalado con la afirmación de que “Un rasgo que todos los déspotas tienen en común es una temible predilección por la arquitectura”, como si la arquitectura –por sí, o a través de ella misma– tuviera vínculos con la formación del carácter de los déspotas. Vínculos que detecta, además, en la relación de los déspotas con los arquitectos sirvientes. “Aparte de la crueldad y la indiferencia hacia el sufrimiento de otros, quizás el rasgo más peligroso de los déspotas o aspirantes a tales sea el amor por la arquitectura, que con cierta frecuencia se corresponde con el amor de ciertos arquitectos de mucho mérito por los déspotas”. Amor por la arquitectura como causa del mal o como causa de todos los males, en los que AMM hace desfilar a Hitler, Franco, Stalin, Mao Tse Tung, Castro, Donal Trump o el príncipe –de las Mil y una  noches–  Mohamed Bin Salman, responsable de Neom o The Line, una ciudad lineal del tamaño de Bélgica entera que se levantará en mitad del desierto. Junto  a la galería de déspotas ilustrados y amantes de la piedra memoriosa, comparecen los ilustrados sirvientes: desde Boris Iofan a Albert Speer, desde Pedro Muguruza y Diego Méndez –activados ahora con el concurso resuelto de resignificación del Valle de Cuelgamuros–, y desde Klaus Kleinfeld en Neom a cualquier visión de Foster and Partners en cualquier emirato árabe, con ganas de desfilar en el imaginario de la arquitectura del siglo XXI”.

Arriba, el ostentoso ático de Trump. Abajo, el despacho de Melania Trump.

De donde se derivan las  restantes consecuencias. “La megalomanía estilística, llena de trampantojos y de falsos históricos, de Donald Trump, queda recogida, por demás, en la pieza de Santiago de Molina[1], por lo que sobran preámbulos sobre sus recientes intenciones. Los anunciados 8.400 metros construidos y 200 millones de dólares –procedentes de donaciones particulares desinteresadas, según nos informan– en el Salón Presidencial de Baile –SPB–  que quiere promover el Presidente Trump, de la mano del arquitecto James McCrery, conocido por su trabajo clasicista y tradicional –si es que pueden aplicarse tales adjetivos estilísticos en 2025–, refleja las precisas coordenadas del poder actual en los Estados Unidos y de cierta Batalla Cultural por la arquitectura y sus significados varios. Bien diversas las pretensiones de McCrery de las desplegadas por Pigafetta y Abbondandolo [2], donde el recorrido de los italianos puede comenzar, en ese recuento de la arquitectura Antimoderna, con  Edwin Lutyens y concluir con Michel Roux-Spitz. Un recorrido que lo emparenta con el verificado, en parte, por Franco Borsi en su trabajo El orden monumental en Europa 1929-1939 (1986). Un orden monumental –en paralelo al Rappel a l`ordre, de Cocteau en 1926– que Borsi denomina como “la década del diablo”. La que da comienzo con la crisis de Wall Street, en 1929, y termina con la invasión de Polonia, en 1939, y con el comienzo con ello, de la 2GM. Veremos, por ello, de qué década podemos hablar ahora entre Ucrania y Gaza. Por ello  algunos medios hablan ya de “la huella que D.T. quiere dejar en su legado y paso presidencial”, como década angelical o como década del diablo. Un legado político, comercial y cultural, como las monarquías viejas del Antiguo Régimen, llenas de Luises y de Carlos numerados por un ordinal, y atravesadas por guerras, pactos, tratados y conflictos. Todo por un Salón Presidencial de Baile. Obviamente, y es que: “El nuevo salón de baile mantendrá la herencia arquitectónica de la mansión ejecutiva neoclásica, según la Casa Blanca, y tendrá capacidad para 650 personas sentadas, más de tres veces el espacio del Salón Este, actualmente el mayor espacio para eventos en la Casa Blanca. Se ubicará en el espacio que actualmente ocupa el ala este de la mansión ejecutiva, tradicional sede de las oficinas de la primera dama. Las imágenes del proyecto muestran un amplio salón con candelabros de oro y cristalcolumnas corintias doradas, un techo con incrustaciones de orolámparas de pie doradas y un piso de mármol ajedrezado. Tres paredes de ventanas arqueadas dan vista al jardín sur de la Casa Blanca, incluyendo una enorme nueva asta de bandera, otro de los agregados de Trump al histórico complejo”.

Recreación de cómo será el interior del nuevo salón de baile de la Casa Blanca. WHITEHOUSE.GOV

Todo ello, se ubica claramente en los mandatos virtuosos y virtuales del MAGA arquitectónico que despliega D.T. desde su segundo mandato en la Casa Blanca, con  la pretensión de imponer el estilo/orden Neoclásico y Tradicional como un paradigma ejemplar en todas las construcciones federales, que representa a la perfección el referido James McCrery. Como ocurre, además, con la propuesta del Arco del Triunfo de Trump, no en clave Neoclásica francesa, sino en el más tópico estilo Victoriano y debido al diseño de Nicolas Leo Charbonneau. Dando paso, con ello a la proscripción y declive de la Arquitectura Moderna –como ya postulara en su día, Tom Wolfe en su trabajo Quien teme al Bauhaus feroz– y del muy odiado Estilo Internacional y del decaído Brutalismo. Que no solo afea nuestras ciudades, sino también nuestras vidas mismas. Por ello el  resurgir del Making Federal Building Beautiful Again. Movimiento tópico y típico que se inscribe en la estética que ya usara D.T. en sus apartamentos fastuosos: neutros por fuera y tópicos y ramplones por dentro. Tópicos de dorados, trampantojos, molduras, pasamanería, arrequives y requilorios formales: entre el Rey Sol y la Galería versallesca de los espejos que nos miran sin vernos. Y que ahora corroboran las imágenes vrtuales presentadas del nuevo Salón de Baile Presidencial –SBP, Siempre Buen Presidente o, si se quiere, Siempre Buen Precio, podríamos decir nosotros–. Por más que la actuación perseguida, violente estructuras patrimoniales del Washington histórico de Jefferson, L’ Enfant, Adolf Cluss, Burnham y Olmsted. Daniel Burnham y Frederick Law Olmsted Jr., habían participado de hecho, y no es casual, en la Exposición Mundial de Columbia de 1893, que fue ampliamente popular y ayudó a difundir el interés por el movimiento City Beautiful. Un regreso al pasado engañoso e imposible, un pasado de trampantojo ideado por Trump, James McCrery y Nicolas Leo Charbonneau. Pero, pese a las nuevas figuraciones presidenciales trumpistas, me quedo con ese City Beautiful antes que con Making Federal Building Beautiful Again.

José Rivero Serrano, arquitecto


[1] https://l.facebook.com/l.php?u=http%3A%2F%2Fwww.santiagodemolina.com

[2] Pigafetta G. y Abbandandolo I. La Arquitectura Tradicionalista.  2000, traducción española 2002.

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