Andando por la N-401 (y II). Arqueología emocional del viaje Toledo-Madrid. [Luis Antolín Jimeno]

2ª jornada. Illescas, Parla, Getafe, Madrid.

Como la memoria no se puede encerrar en un puño o exponerla en un anaquel, el viajero ha recurrido al cuerpo para atrapar los momentos más significativos de un viaje que repite habitualmente de forma rutinaria, sin otro interés que llegar lo antes posible, si pudiera ser en un abrir y cerrar de ojos. Esta es la segunda parte de la narración de un viaje andando entre Toledo y Madrid.

El Camino Real

Salgo de Illescas por la Calle Real. Tantas veces se ha repetido este nombre en las calles de los pueblos que he atravesado que caigo en la cuenta de que entre Toledo y Madrid tuvo que haber un Camino Real. Así que mi recorrido andando es un híbrido entre el Camino Real, que atravesaba las poblaciones y la N-401, que en algunos casos las rodeaba.

Illescas

Llevo la inquietud de dirigirme al territorio de las urbanizaciones y los polígonos industriales; de la expansión de Madrid que viene notándose desde Yuncos y que, en los mapas, hace irreconocibles los caminos, que ahora se llaman con números o listas temáticas ajenas al territorio que recorren: nombres de meses, de países o de capitales. También voy atento a los dolores con los que terminé la caminata de ayer y de los que no me he recuperado del todo. Mi intención es llegar a Parla en tres horas y media.

Llego a Casarrubuelos por el camino que un taxista de Madrid, que vive en una de las urbanizaciones que empiezan a ser frecuentes por allí, me indica. De este lugar no tengo memoria, por aquí no pasaba el Galiano; lo cruzo sin encontrar a casi nadie, ni nombre de las calles que coincidan con las que apunté antes de salir. Tengo que encontrar el camino de la Vera Cruz, pero nadie sabe el nombre de ningún camino. Solo conocen las carreteras que llevan a Madrid. Entro en un bar para tomarme las cosas con calma, y un desayuno con churros, y tampoco me saben indicar. Saben que hay caminos pero no saben a dónde llevan; ni siquiera saben el nombre de los pueblos de alrededor. Decido recurrir a Google y pregunto al dueño del bar el nombre de la calle en el que estamos y tampoco lo sabe. Se justifica porque lleva poco tiempo allí. Un parroquiano que nos está escuchando dice que cree que estamos en la calle León. Con lo que me dicen y lo que veo en Internet, voy atando cabos y salgo por la Calle de la Vera Cruz que supongo que enlazará con el camino de la Vera Cruz.

Ya avisé de que los mapas no son el territorio. Pues bien, los nombres, los topónimos no dicen nada del lugar a donde vas si quien los dice o escucha no conocen el territorio.

Paisaje de la Sagra

Mi sombra y el paisaje de La Sagra

La salida de Casarrubuelos se hace teniendo en frente el paisaje de La Sagra, extenso y ondulado. Salgo hacia el oeste, mi sombra por delante, cuando debía estar a mi izquierda. Me doy cuenta al rato, pero persisto en el error pensando que habrá un atajo en diagonal que deshaga el entuerto. Pero no es así y camino y camino sin ser capaz de dar un paso atrás. Por fin encuentro un cruce y un carril que, pegado a la vía de un tren de cercanías, me lleva hacia el este. Mi sombra se queda atrás y poco a poco vuelve a mi izquierda.

Durante horas estoy perdido en La Sagra y no estoy preocupado. Es la primera vez que estoy dentro de este paisaje, del que solo tengo una visión fugaz, como un objeto de transición entre el principio y el final del viaje, enmarcado en las ventanillas del Galiano. A partir de hoy el paisaje de La Sagra, también es la experiencia de haber caminado y formado parte de él. 

Paso por Torrejoncillo, una urbanización, y luego por Cubas de la Sagra, un pueblo que ni esperaba ni entiendo cómo es. De Torrejón de la Calzada tengo el recuerdo de un cartel y de una especie de apeadero al lado de la carretera. Cuando llego, llevo seis horas en el camino y debían ser tres.

Pero, aunque no esté preocupado, la experiencia del caminante es deudora de su cuerpo y el desarreglo en el camino se traduce en un intenso desarreglo corporal: No he bebido suficiente y tengo el estomago cerrado. Comienzo a descansar sistemáticamente porque siento que me he quedado sin reservas. Me como todo lo que me queda: una manzana y una chocolatina.

Torrejón de la Calzada era un hito en la calzada romana de Titulcia a Segovia, no muy lejos de aquí están los restos de la villa romana de Carranque. Entre Toledo y Madrid no había calzada romana, ni siquiera había Madrid.

Entre Torrejón y Parla, ya recuperada la memoria de la N-401, cruzo unos sembrados, tal vez los últimos que me encuentre en el camino. Hacia el sur veo la fábrica que se comió la montaña. Llego a Parla por la antigua carretera Madrid Toledo, en frente una muralla de bloques.

Torres eléctricas, Parla.

El cambio en el paisaje es brutal, es el resultado de la proximidad de Madrid y la necesidad de mucha gente de encontrar vivienda. Lo natural ha quedado sepultado. El viajero sabe que ya no va a encontrar caminos, entonces, está tentado de tomar un tren o autobús y dar por terminado el viaje aquí. Pero comprende que su viaje quedaría incompleto, que aunque no le guste, lo que ve también es paisaje, y no puede sustraerse a internarse en él e interpretarlo. Ya veremos lo que entiende.  

La ciudad acorralada

Parla guarda algunos recuerdos de las paradas del autobús Toledo Madrid. Se detenía junto a la iglesia con la pintada que permaneció decenios: “Vivan lo quitos del 45”. Un grito con errata subconsciente que hacía que el júbilo que quería expresar resultara tan falso como la alegría patriótica por ir a la mili. Descanso bastante, como, bebo y consigo reponerme. La verdad es que estaba a punto de desmayarme. Salgo de Parla cuando debía estar saliendo de Getafe.

Estoy muy recuperado y afronto los polígonos industriales y el caminar por los arcenes de vías de servicio repletas de tráfico, con mucho ánimo; a pesar de que me siento un poco ridículo caminando por lugares pensados para los coches. Cruzo un polígono desierto, hoy es sábado, y cuando tengo que afrontar el cruce de la M-50 para llegar a Getafe, un trabajador de Conservación de Carreteras me pinta un panorama dantesco de lo que me queda por recorrer. Y eso que él está acostumbrado a trabajar en arcenes y cunetas. Le pregunto por la posibilidad de cruzar la A-42 e ir por el polígono Cobo Calleja:

•  Eso no tiene salida -Me dice-

Y no sé si se refiere a las vías de comunicación o a la fama de lugar sin ley que tiene. Al final recorro el camino pegado a una vía de servicio con mucho tráfico y, cuando busco el camino por el que cruzar la M-50, me veo caminado, al menos un quilómetro, en la dirección contraria a la que creo que debo llevar, lindando con un descampado que compartimos caminantes erráticos, conejos omnívoros, al asalto de los deshechos de la ciudad asediada, y coches que buscan un lugar a donde huir o un atajo a no sé dónde. Cruzo la circunvalación por un puente con un paso peatonal al que, para acceder tengo que saltar una barrera de hormigón.

El Sector 3 de Getafe es un lugar que disfrutó de una planificación urbanística racional y bien intencionada en los años 80. Camino mecánicamente hasta el centro de la población. Llevo diez horas en el camino y me faltarían dos o tres. Entonces mi cabeza impone cordura: A Atocha se llega en tren.

Una llegada en la memoria y vuelta

De la entrada a Madrid en el autobús, recuerdo: Las Manufacturas Metálicas Madrileñas y el fuego visible de su fundición. Algunos galpones, casas paneras, talleres, el barrio de absorción de Orcasitas que inspiraba la cancioncilla excursionista:

A la entrada de Madri-id — Panchibirí

Lo primero que se ve-e — Panchibirí.

Son las ventanas abiertas — Panchibirí

Y las camas sin hace-er— Panchibirí birí birí…

Yo recuerdo haberla cantado en un autobús, antes de 1960, con la catequesis de la Parroquia de Santiago el Mayor. Antes le habíamos recordado al conductor que “para ser conductor de primera hace falta ser buen bebedor; con el vino…” Ya en Madrid, la Plaza Elíptica, con su fuente, la Calle de Antonio Leyva con una pasarela, que nadie sabía dónde llevaba, y la Plaza de Drumen: final de recorrido.

Desde el tren.

La vuelta en tren, veinticinco minutos que condensan dos jornadas de camino. Lo que se ve desde el tren o el autobús no es igual pero es lo mismo. Ya sea en autobús, en tren o andando, viajar es un momento de impase. Caminando, esta sensación se amplifica por el  mucho tiempo ocioso y porque, a solas contigo mismo, tienes tiempo para observar y que la imaginación y el recuerdo vayan más allá de lo que se ve a primera vista. Cómodamente sentado, me aplico a la libreta en la que he ido tomando notas y condenso las ideas que me sugirió el cardo mariano en un poemita o un aforismo; casi un haiku:

Si su corazón

deseas con ansia

cuídate de sus pinchos.

4 de mayo de 2019.

Luis Antolín Jimeno

Deportes y Diversiones: Luis Antolin blogspot

Este escrito, además de los autores citados: Jesús Fuentes Lázaro y Quique J. Silva. es deudor de diversas lecturas de autores como Alfred Korzibski (1879-1950), Pierre Guérin, Elisa García, Miquel Barceló y Ricardo Gómez (Arqueólogos). Y de José Luis Salvador (1946-2009), profesor de educación física, en su libro Ocio y Deporte (Libros de Bastiague)

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