
Es habitual que cuando un desconocido te pregunta por tu profesión y le respondes: “Arqueólogo”, inmediatamente te habla de los dinosaurios. Aquí, amablemente le explicas que “eso” es “cosa” de los paleontólogos y añades ya en voz baja: “en esa época no existía el hombre”. Tu interlocutor, rápidamente, sin ni siquiera pensar lo que le acabar de comentar, te tira a bocajarro: “Habrás ido a Atapuerca”. A lo que respondes: “…que sí, que muchas veces”. En este caso he de reconocer que la pregunta duele en lo más íntimo. Hace años mi hijo pequeño, después de una visita a Atapuerca, donde le montaron en un Land Rover y a cada sitio que iba le daban un refresco y un bocadillo de jamón, me dijo: “Papa no te enfades, en los yacimientos en los que trabajas la gente es muy simpática, pero esto si que está bien montado (sic. del original) ”. Tu propio hijo, sangre de tu sangre, deslumbrado por el “hall palace” de la arqueología hispana. El tercer “topic” que se suelta siempre tu interlocutor es el de si has viajado a Egipto. A lo que respondes, ya de mala gana, que sí, aunque ya no le aclaras que has ido por el mundo copto y el islámico. Finaliza, la conversación con una pregunta básica: “¿Has descubierto algún tesoro?” A lo que tú respondes: “¡No, nunca!”. Ha quedado claro para mi interlocutor que soy un arqueólogo pésimo, “malo de narices”. L@s lector@s pensarán que esta conversación es exagerada, pero les puedo asegurar que se ha repetido muchas veces y me consta que muchos de mis colegas han sufrido el mismo interrogatorio.













