
En 1977, Manolis Andronikos descubrió en Vergina (Macedonia) el túmulo del padre de Alejandro Magno. Allí vio la luz, después de 2.300 años, una muestra excelsa de la pintura griega, única en su especie; un tesoro con el que no contaba la Humanidad. De los dos murales hallados, uno es una escena de caza con Filipo y Alejandro como jinetes (1); en este fresco, de varios metros de ancho, aparecen escorzos en los dos caballos, una leona, perros y otros personajes a pie; todos en movimiento. En el segundo mural se representa el rapto de Perséfone por Plutón (2) quien, sobre una cuadriga, lleva prendida a la bella por la cintura. Si el primer mural, a pesar de su pésimo estado, muestra virtudes plásticas excepcionales sobre anatomías en movimiento, el segundo, mejor conservado, nos da a conocer una evolución plástica digna del alto Renacimiento y, en detalles, una técnica que anunciaba impresionismos y expresionismos modernos. Continuar leyendo










