El túmulo de Filipo II. ¡Tiene narices…! [Paco Rojas]

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En 1977, Manolis Andronikos descubrió en Vergina (Macedonia) el túmulo del padre de Alejandro Magno. Allí vio la luz, después de 2.300 años, una muestra excelsa de la pintura griega, única en su especie; un tesoro con el que no contaba la Humanidad. De los dos murales hallados, uno es una escena de caza con Filipo y Alejandro como jinetes (1); en este fresco, de varios metros de ancho, aparecen escorzos en los dos caballos, una leona, perros y otros personajes a pie; todos en movimiento. En el segundo mural se representa el rapto de Perséfone por Plutón (2) quien, sobre una cuadriga, lleva prendida a la bella por la cintura. Si el primer mural, a pesar de su pésimo estado, muestra virtudes plásticas excepcionales sobre anatomías en movimiento, el segundo, mejor conservado, nos da a conocer una evolución plástica digna del alto Renacimiento y, en detalles, una técnica que anunciaba impresionismos y expresionismos modernos.

Sólo, por estas muestras, ya no es preciso recurrir a los textos antiguos griegos donde se comentan cómo y de qué manera se pintaba y se estudiaban  actitudes y significados de personajes y leyendas. A partir de estas obras, probablemente del gran Apeles (pintor preferido de Alejandro), se debe cerrar el capítulo especulativo de cómo podría ser la pintura clásica griega. Ya no son necesarios ni los textos ni las cerámicas ilustradas de donde se extraían conclusiones. Para la Humanidad, todo queda dicho con estos frescos únicos de la Grecia clásica, guardados bajo tierra; de similar manera a como se conservó, gracias al Vesubio,  todo un catálogo de ejemplos de la pintura grecorromana -salvo rarísimas excepciones, pintada por artistas griegos-.

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Poco pintaron esos griegos a partir del año 325. Tras el triunfo trinitario del concilio de Nicea, la Iglesia Católica accedió al poder e inició el desmantelamiento de la cultura de Occidente. La pintura, que era mural, fue la más perjudicada. A esa faena destructiva de templos y edificios, o a la readaptación, se sumó la invasión bárbara. Alarico fue el peor de los bárbaros cristianizados; por suerte no tocó Atenas, pero cuando sus bandoleros invadieron Grecia, todos los templos griegos fueron demolidos a su paso y sus columnas reutilizadas. Mil años de estancamiento y retroceso; hasta la reconexión de la época renacentista.

Yo tenía escrita, a medias, una novela de tangencias históricas (“El eslabón napolitano”) y, para ilustrarme había previsto una visita al Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Finalmente hice dos viajes por separado: uno a Vergina y otro a Nápoles; dos nucleos estratégicos y obligados para quien pretenda conocer de primera mano lo poco que hay de la pintura clásica griega y grecorromana. En Nápoles pude meditar sobre lo poco conocida que es la pintura grecorromana y lo mucho que había evolucionado en todas sus direcciones: pintura arquitectónica, paisaje rural y romántico (con perspectiva aérea), impresionismos (con sorprendentes avances técnicos), pintura de género (bodegones y escenas bufas), atisbos surrealistas y expresionistas (especialmente de carácter caricaturesco).

En 2006 vi un programa de TV donde se mostraba el tesoro del túmulo de Filipo II. Tuve que rastrear lo indecible para encontrar alguna reproducción de las pinturas que se mencionaban de paso. Con respecto a los frescos de Vergina, aparte de la vital importancia para comprender hasta donde se llegó en ese mundo clásico,  pude observar que, 30 años después de su descubrimiento -hoy casi 40-, apenas si se conoce aquel prodigio fundamental del arte. ¡Tiene huevos…! ¡El vestigio más importante de la pintura clásica griega!

Esta es mi invitación a quienes quieran estudiar o escribir sobre lo sorprendente de aquella pintura; la que, a partir del siglo IV, fue cortada de raíz en plena madurez.

Paco Rojas, artista, fundador del grupo Tolmo

 

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