Libélulas 2017 [Pedro Rubio]

Producciones Galimatazo. Cortometraje.

SESIÓN CONTINUA

Imagine que necesita de los servicios de un fontanero, un albañil, un electricista o un técnico que le ponga en orden el portátil. Días -o incluso semanas- oyendo por las noches esa maldita gotera; ese dedo del pie amoratado al tropezar con el mueble porque la luz del pasillo no funciona; tediosas y lentas sesiones de Internet esquivando anuncios-trampa nada apetecibles. Esas son las pequeñas reparaciones que nos permiten vivir con comodidad y, sin embargo, suelen bautizarse despectivamente como chapuzas. Llega el manitas de turno, se arrodilla y despliega un par de herramientas. Observa, se mesa la barba. Toca aquí o allá, hace alguna pregunta pertinente al inquieto propietario de la cosa que va a reparar. De pronto, enrosca ligeramente una tuerca o aprieta una combinación aparentemente casual de botones y –voilá!– todo queda resuelto. Cuestión de veinte minutos. Qué fácil parece y qué caros nos resultan esos sesenta euros que se lleva el cerrajero en el bolsillo junto a la simple tarjeta con la que nos acaba de abrir la puerta de casa. ¿Cómo es posible que sea tan fácil? La respuesta es que no lo es.

Esta misma sensación, esa magia, ese quinto elemento es el ingrediente secreto de la pócima del teatro y, por extensión, del cine. El trabajo bien hecho del productor, del maquillador o del actor se pagan con la más absoluta indiferencia por parte del espectador. Así debe ser. Quien observa no aprecia de manera consciente el trabajo de quien es observado, no debe entrever la tramoya. En el recomendable e intimista documental La zarza de Moisés, la realizadora Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) levanta el velo del backstage para mostrarnos qué es lo que Els Joglars hacen, asilados durante meses en la Cataluña más bucólica y rural, antes de que podamos verlos sobre el escenario. Para muestra, un botón: el actor Xevi Vilà, al borde de los sesenta años, pasa suficientes horas practicando con un hula hoop como para quitarle a cualquiera las ganas de ser actor o de acercarse siquiera a uno de esos cacharros.

Esta introducción plantea la tesis -qué fácil parece, qué difícil es- que me permite expresar todo el respeto que siento por la profesión. Solamente una vocación desmedida logra traer el mundo un proyecto como Libélulas, escrito y dirigido por Alba Pino (Cangas, 1991) con el apoyo de la resoluta directora de fotografía Sheila Rodríguez Castro (Toledo, 1988). Un cortometraje de los muchos que se producen cada año en nuestro país, con un presupuesto cercano al cero absoluto, construido a golpe de buena voluntad y trabajo en equipo. Créanme, no tiene nada que envidiar al cine puramente comercial. En un alarde de romanticismo, diría que más bien al contrario. División del trabajo, profesionalidad y fe en que el esfuerzo dará sus frutos. Afortunadamente, no se puede subestimar el poder de la fe frente al del dinero. La gestación de Libélulas se remonta a muchos meses atrás: una idea, el germen de una historia que necesita ser contada. Ningún eslabón en la larga cadena es más fácil que el anterior. Una tan joven como prolífica realizadora, Alba, diseña una historia contada a través de pequeñas historias. Cotidianas, reales. Ante todo, honestas. No solo eso, sino que tiene la osadía de entregar su criatura a dos actores para que la pongan en pie. Se entra entonces en la fase del juego, de la intuición, del sentimiento, del entendimiento. ¿Cuántos directores no intercambian ni media palabra con sus actores hasta que la cámara echa a rodar? Este no es el caso. Tardes de improvisación, de pausas para fumar y alguna copa de vino para terminar. Poco a poco la escultura emerge de la piedra, los personajes empiezan mágicamente a cobrar forma, maneras de andar, de mirarse, de decirse las cosas el uno al otro. Intimidades. Realidades palpables dentro de los márgenes de la irrealidad que supone actuar. 

El trabajo con los actores, emocional y sutil, ocurre mientras se prepara la vorágine del rodaje: escoger un equipo técnico en el cual depositar todas tus esperanzas, pedir favores a amigos, acarrear bultos, alquilar, comprar, subir y bajar infinitas veces a un cuarto piso sin ascensor, aparcar en doble fila en el centro de Madrid. Un sinfín de tareas de producción, cada una de las cuales puede salir mal por mil y un motivos. Solo entonces se llega a las puertas del momento crucial de la grabación, que debe hacerse en tiempo y forma. No hay más días, no hay otra luz, no habrá más planos para montar que los que se rueden. Es una carrera contra el reloj en la que solo se puede aspirar a hacer las cosas de la mejor manera posible. En el rodaje irrumpirán, sin embargo, la lluvia, el martilleo de una obra cercana, las nubes que tapan el sol, el sueño, el hambre, la duda. Se lucha contra los elementos. Los planes mutarán sobre la marcha, habrá debates acalorados y algún taco. Algún plano se tendrá que repetir una veintena de veces hasta tenerlo a salvo. La única manera de mantenerse cuerdo, la mejor manera de trabajar es, siempre, la buena voluntad. Libélulas es un buen ejemplo de ello.

Este cortometraje es hijo del amor por el cine, simple y llanamente. Del afán por contar algo que, decíamos, necesita ser contado. Es una colección selecta de momentos íntimos en la vida de sus protagonistas, Claudia y Juan, en un ciclo emocional de un año entero. Asistiremos como testigos invisibles y comprenderemos con el estómago lo que les pasa, sin saber muy bien por qué les (nos) pasa. Esa reina caló que es Carolina Yuste y quien suscribe estas líneas hemos prestado nuestros cuerpos y nuestras voces a Alba Pino, hemos puesto todo nuestro amor al servicio de este oficio. Esperamos que les parezca fácil.

Pedro Rubio, actor

De momento solamente se incluye el enlace al teaser del tráiler. 

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