La arquitectura humanitaria como ciclo histórico (2) [Natalia Mora Priego]

#2 Los restos que permanecen

El ser humano comparte, a través de la historia del espacio y del tiempo, las mismas características fisonómicas, psicológicas y sociales, con pequeñas variaciones. Por lo tanto, no es ningún descubrimiento, que en el momento que un conjunto de pobladores se establece gracias a los avances en la primera necesidad básica para el mantenimiento de la vida, el alimento, y teniendo en cuenta que, a diferencia de los animales cuyas especies se desarrollan en un hábitat característico del que forman parte, el ser humano es capaz de crear su propio hábitat y adaptarse a las condiciones del lugar y el tiempo, uno de las primeros avances de la civilización fuera el desarrollo de la arquitectura, o la búsqueda de un hábitat en el cual desenvolverse, llamado vivienda.

En estas primeras civilizaciones, así como en los grupos nómadas que las antecedieron, debido a la necesidad colectiva de crear las viviendas de las que carecían, no destacaba una figura a la que identificar como arquitecto; la arquitectura, que nace de una necesidad del grupo, está al servicio del mismo y es desarrollada por el conjunto de los individuos en general y particular. Puedo imaginar, que en la práctica de esta disciplina, probablemente, destacaría algún conjunto de hombres o mujeres por su pericia, y éste se dedicaría al desarrollo y experimentación de ciertas técnicas, hasta llegar, por ejemplo, al adobe; pero una vez encontrada la manera, eran cada uno de los pobladores y futuros usuarios, los que se encargaban del diseño y construcción.

La ciudad se constituía como una gran organización (sabemos que las ciudades eran planificadas en una parte, y espontáneas en otra) participativa desde su nacimiento, y adecuada totalmente a las necesidades de la población.

Ya entonces, existía la distinción entre arquitectura residencial, comercial, religiosa y monárquica. Podemos seguir remontándonos o avanzando en el tiempo inexorable de la historia, buceando por la civilización China, Egipcia, India, Griega, Persa, Olmeca, Maya y hasta llegar a la Romana, setecientos cincuenta y tres años antes de Cristo, mucho más conocida por nosotros los occidentales.

Aparte de conocer la historia y haber, o no, leído sobre ella, existe en la actualidad la posibilidad de visitar los restos de las antiguas civilizaciones, en aquellos lugares donde  no se ha perpetuado la chispa que las hubiera mantenido vivas hasta nuestros días, que han caído en el deterioro y, en muchos casos, en la desaparición de las arquitecturas de aquellas lejanas épocas. He mencionado la palabra restos, tan genérica, con el propósito de hacer notar los tipos de restos que podemos escrutar, todavía hoy, para acercarnos a la realidad de aquellas civilizaciones. Si lo pensamos bien, rápidamente nos vendrán a la cabeza los restos funerarios, tumbas, cenizas y demás rituales realizados a la muerte, restos útiles, que podemos encontrar en museos y gracias a ellos descubrimos los comportamientos de quienes los manejaron, y restos arquitectónicos, aquellas construcciones que aún se mantienen soportando la gravedad y el paso del tiempo.

Muy seguramente, el lector se habrá preguntado hace rato sobre la relación de las antiguas civilizaciones con el tema principal de este artículo. “No hay nada nuevo bajo el sol” se escribió en La Biblia1, y estamos a punto de descubrir una de las infinitas conexiones de la antigüedad con nuestro tiempo.

Reflexionemos sobre el carácter de los que se presentan ante nuestros ojos como restos arquitectónicos, sin necesidad de entrar en la teoría escrita sobre ellos. Sin dificultad, de manera intuitiva, podremos darnos cuenta de que, la mayoría de los restos arquitectónicos que se conservan son públicos, o tienen ese tipo de uso, dependiendo de la civilización, se trata de templos, espacios de reunión, plazas, anfiteatros, pero en muy pocos casos de arquitectura residencial. Así pensemos en los templos mayas, las pirámides egipcias o el Partenón griego.

Ante esta realidad, y concediéndonos el lujo de generalizar entre tan distintas civilizaciones, para simplificar nuestra conclusión, podemos diferenciar drásticamente con una división general que distinga la arquitectura pública y privada, y por ende la construcción de la misma. Esta diferencia se manifiesta con claridad a través del efecto del paso del tiempo sobre los restos que han llegado hasta hoy.

Natalia Mora Priego, arquitecta

Las imágenes son negativos analógicos escaneados de la autora del artículo.


Este artículo redactado originalmente como un único texto, se presenta aquí en forma de cuatro entregas sucesivas. Su elaboración ha sido posible gracias a las experiencias vividas en Cauca, Colombia.

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