En las Ruinas de Palmira [Jesús Fuentes Lázaro]

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EL Conde de Volney

En los últimos días del siglo XX tuve la oportunidad de estar en Palmira.   Pude deambular entre sus ruinas a la luz de una  luna halógena; pude  escuchar en el silencio del desierto el lenguaje abstracto de las piedras  y los mensajes incomprensibles del ectoplasma de Zenobia, la reina que plantó cara a Roma. Pude oír las exclamaciones de sorpresa y las emociones íntimas de los viajeros del siglo XIX y el griterío banal de los turistas del siglo XX. Entre aquellas voces sobresalía la del Conde de Volney en las postrimerías del siglo XVIII. Sus reflexiones, en un dialogo intenso con el Genio de la Historia, las publicaría en 1791 en un volumen titulado “Les ruines ou Meditations sur les revolutions des empires”. Que en España, el abate Marchena  traduciría con el más sugestivo título de “Las Ruinas de Palmira”. ¿A qué viene ahora evocar un  libro de 1791 o la Ilustración?

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Dos son los motivos. El llamado Estado Islámico día a día nos cuenta cómo  destruyen las ruinas (entre otras) de la antigua de Palmira. Y los valores de la Ilustración no parece que se hayan universalizado, antes al contrario, se encuentran en retroceso. En el futuro, sí alguien como el Conde de Volney quisiera  meditar sobre el nacimiento y caída de los imperios; sobre el papel de la religión en los Estados y en las Sociedades o sobre la conquista de la autonomía del propio individuo, lo tendrá que hacer sobre las ruinas de las ruinas de Palmira.  Podrá  reflexionar  sobre la destrucción que conlleva el  fenómeno DAES en los comienzos del siglo XXI o movimientos similares en África como Boko Haram. Volney imaginó que no sería el último en pensar sobre la humanidad por el influjo de las ruinas. Y  supuso que  la escena que él protagonizaba se repetiría: “¿Quién sabe – escribió – si un viajero como yo no se sentará algún día sobre las ruinas silenciosas y llorará solitario sobre las cenizas de esos pueblos y las memorias de su grandeza?… No podía intuir que, tres siglos más tarde, un denominado Califato Islámico se propondría acabar con aquellos vestigios de un pasado aún sin descubrir. “Sin duda (un Dios misterioso), como dejó escrito, ha lanzado contra esta tierra un anatema secreto”.

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El segundo motivo se relaciona también con el presente. Hemos llegado a ese punto en el que lo que conocíamos como principios de la Ilustración, entre otros los derechos humanos, están siendo reemplazados por los valores fugaces de una sociedad líquida (Baugman). Las Luces que se encendieron en el siglo XVIII y que inspiraron las reflexiones de Volney se apagan de forma imperceptible en el nuevo tiempo. Y no es nostalgia. El modelo de consumo de  valores “prêt.-a-pórter”  invade  la política, la economía, la sociología, la filosofía. Lo que se necesite para la próxima temporada en arquitectura, pintura, escultura, poesía, novela, programas electorales o interpretaciones sociológicas se encontrará en  estanterías como en los hipermercados. En algunos casos, en rebajas permanentes. Low cost, para ser más cursis. Así estamos desembarcando en el tiempo presente en el que somos revolucionarios y conservadores; anticapitalistas y burgueses; innovadores y reaccionarios; individualistas y gregarios; informados y analfabetos; con amplias redes sociales, pero solitarios. Los materiales para la construcción del propio ego han perdido calidad, aunque, es probable, que hayan ganado  elasticidad. Las conciencias y la ética se han convertido en representaciones virtuales. Lábiles y frías, escurridizas y desechables. De ahí el interés que puede tener un libro como el que el Conde de Volney escribiera al finalizar aquel siglo turbulento. En realidad, ningún siglo de la historia humana ha dejado de ser terrible.

palmira 4 j fuentes hombredepaloVolney fue un producto de la Ilustración, terror y guillotinas incluidos. Y  también un precursor del Romanticismo. Sus sensaciones y sentimientos  ante las ruinas de Palmira se reencarnarán en novelas, poesía, teatro, pintura, arquitectura y escultura de cualquier otro lugar.  Él también  inaugura el modelo de viajero del siglo XIX, que continuarán  anglosajones, alemanes y franceses y que ha mutado hasta el degradado turista actual. Un tipo nuevo,  con una amplia incultura,  que se desplaza, habitualmente en barco gigante o en autobuses de diseño, a los lugares antiguos por motivos relacionados con el marketing, el dinero y el prestigio social. La foto es lo que importa. Los viajeros del  XIX  concebían el viaje a Oriente como un proceso imprescindible  del conocimiento, como una asignatura para aprender  sobre la diversidad humana. “Había leído – escribe Volney –  y había oído decir que entre todos los medios de adornar el espíritu y de formar el raciocinio, ninguno mejor que los viajes”.

Para comprender más profundamente los países que recorre, el Conde  permanece  en el Líbano durante el tiempo necesario  para aprender el árabe y las técnicas de supervivencia de los beduinos. Se anticipa al hipervalorado Lawrence de Arabia, sin sus implicaciones militares al servicio del Imperio británico.  Sí conocer  países es aprender y reflexionar, el Conde de Volney es consecuente. Elabora un entramado de  teorías racionales sobre la aparición de los imperios y su destrucción inevitable. Y, al modo de los griegos, apunta un fatalismo  ciego como rector de la Historia de los humanos. El hombre y sus obras están controlados por un “Fatum” que  destruye cuanto se crea y se produce. No tardaría en aparecer Darwin.

La traducción del abate Marchena

Un libro como este no podía gozar en  España  de una trayectoria pacifica. En la España ultramontana de la época, las reflexiones de Volney suponían la inversión del antiguo régimen. El caos para el orden establecido, basado en el equilibrio de los Estamentos y en el predominio omnipresente de la Religión. Para quién no conozca o no recuerde la relación de España con la Ilustración francesa, recomiendo la novela de Arturo Pérez Reverte “Hombres buenos”. No es una gran novela pero resulta una lectura amena para hacerse una idea  precisa de cómo se veía la “Enciclopedia” en la España del XVIII y del XIX.

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El abate Marchena fue el primer traductor de la obra de Volney. Y un hombre olvidado como todos los afrancesados, tras el patriotismo falso de la Guerra de la Independencia. Como no le gustaba el título original de “Meditaciones….” lo sustituyó por el más romántico de “Las Ruinas de Palmira”. El abate Marchena que nunca llegó a ordenarse  sacerdote, aunque recibiera las órdenes menores, es citado por Alejo Carpentier en “El siglo de las Luces” como “un agitador siempre dispuesto a mover la pluma al compás de los acontecimientos”. Tras leer a Voltaire quiso trasladar  la Revolución francesa a España. Tuvo que huir a Francia como consecuencia de sus actividades. En París, tampoco las cosas le fueron bien. Se hizo demasiado radical y, lo mismo que  le sucediera a Volney, fue encarcelado. Al ser puesto en libertad huyó de París, donde no tardaría en volver. Francia era menos peligrosa, a pesar de todo, que España para un revolucionario. Se convirtió en un entusiasta de Napoleón – que quería imponer el orden en la Francia del terror – y pasó a ser secretario de Murat. Cuando el general invada España, Marchena vendrá con él. En el efímero reinado de José Bonaparte sería nombrado director de la Gaceta de Madrid (equivalente al actual BOE) y archivero del Ministerio de la Gobernación. Tras la derrota de los franceses en España por la decisiva intervención de los ingleses, Marchena tendrá que volver a París. Es un afrancesado. Allí, para sobrevivir, se dedicará a traducir al español  libros de autores franceses, como Voltaire, Montesquieu, Rousseau, prohibidos en España. Entre ellos el citado del Conde de Volney. Con el triunfo de Riego, Marchena volvería a España, pero su condición de afrancesado, entre los liberales y revolucionarios, lo condenaría al ostracismo. Es lo de siempre: los  revolucionarios de nuevo cuño no quieren tratos con los revolucionarios primeros.

El final

Las obras de autores ligados a la Ilustración antes de 1808 se leían en España de forma clandestina y casi siempre en Francés. Es decir, leían las élites. A partir de 1808 se empieza a conocer en las traducciones que se editan en Francia o en Inglaterra. Aún así, se irá ampliando el círculo de los lectores. Entre los que empiezan a difundirse en España se encuentra el libro de Volney en la traducción del abate Marchena que se había publicado en Burdeos en 1820. El libro aparecerá y desparecerá de la sociedad española al ritmo de los golpes de Estado y los contragolpes, de los cambios de gobiernos liberales o absolutistas. Paradójicamente, en una tradición española que ha llegado hasta el siglo XX, cuando más se leía el libro prohibido era con gobiernos absolutistas o en los años de la dictadura de Franco. Es una forma peculiar de situarse contra el poder.palmira 6 j fuentes hombredepalo

Tras el éxito en Francia de la obra del Conde, Volney hizo  un resumen de los principios que había desarrollado en Las Ruinas de Palmira. Se tituló “Catecismo del ciudadano francés”. En España aún seguimos peleando por textos que enseñen ciudadanía. Más tarde se publicaría idéntico escrito con un nuevo título “La Loi naturelle ou príncipes physiques de la moral”, pero siempre basados en el libro matriz de Las ruinas. En ella se concentraban los siguientes principios básicos de la ciudadanía:

   – Conserve – toi.

   – Instruis – toi.

   – Modere – toi.

    -Vis pour tes sambles, afin quíls vivent pour toi (Vive para tus semejantes con el fin de que estos vivan para ti).

Una concepción de la sociedad basada en la cooperación, la colaboración y la ayuda mutua para su avance y progreso. Ideas que había explicitado Voltaire. Para él la naturaleza que ha creado al hombre le dotó de algunos instintos primarios: una fuerza especial para la conservación, la colaboración para la conservación de los otros y las posibilidades de manejar más ideas que otros seres vivos. El resto dependería del empleo de tales instintos. Curiosamente en un periódico de estos días pasados, el antropólogo Michael Tomasello, codirector del Instituto de Antropología Evolutiva de Leipzig, sostenía un discurso semejante desde la interpretación evolutiva del individuo humano: “Hace alrededor de medio millón de años hubo una gran explosión de monos que estaban robando la comida a los humanos. En esa situación tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para lograr alimentos…. Si no podías colaborar, no podrías sobrevivir, así que había presión para colaborar… Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo. A partir de ahí es necesario que unamos nuestras mentes para sobrevivir” (El País, jueves 22 de octubre de 2015).

Para finalizar las referencias por  “Las ruinas de Palmira”, reproduzco un texto del Conde Volney que mantiene una efectiva actualidad: “Aprovechándose entonces algunos de los facciosos (disidentes, discrepantes) del desconcierto de los espíritus, lisonjearon al pueblo con la esperanza de dueño mejor; esparcieron dádivas y promesas; derribaron al déspota para colocarse en su lugar; y sus disputas sobre la sucesión y divisiones desolaron los estados con los desordenes y las devastaciones de las guerras civiles”. Nada más oportuno  en estos tiempos de populismos kichnerianos u otros diversos que parecen encandilar a las presentes sociedades confusas.

                                                           Jesús Fuentes Lázaro

1. Uno de los grabados del libro “Las ruinas de Palmira”, editado en 1753; 2. Fragmento de “La última mirada a Palmira de la reina Zenobia”, cuadro de Herbert Schmalz (1856-1935); 3. Fotografía Ruinas de Palmira 2009. AFP pic; 4. Constantin-François Chassebœuf de La Giraudais, Conde de Volney; 5 Louis-François Cassas, pintor orientalista (1756-1827); 6. Reconstrucción ideal, acuarela. Jean-Claude Golvin, arquitecto e ilustrador.

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