El vino y la guerra de las vanidades (y 2) [Luis de Toledo]

Los catadores del Juicio de París. Hotel Intercontinental 1976.

A mesa puesta


“El Juicio de París”

Uno de los eventos más importantes de la historia del vino moderno es al mismo tiempo uno de los menos documentados, ya que en su momento nadie, ni siquiera los organizadores, tenían ni idea de los resultados y la influencia que tendrían posteriormente. Se trata de la “Cata de París”

El 24 de mayo de 1976 se realizó en el Hotel Intercontinental de París la primera cata/degustación comparativa (a ciegas) entre vinos franceses y californianos, organizada por el inglés Steven Spurrier, un amante del vino que se había mudado a París poco antes de 1970.

Un día, mientras caminaba con un amigo por las calles de la ciudad, descubrió  las “Caves de la Madeleine”, una tienda de vinos ubicada muy cerca de la iglesia del mismo nombre.

Steven Spurrier en su tienda.

Quedó inmediatamente enamorado del lugar y su amigo entró para decirle a la dueña que Spurrier quería comprar su tienda. La dueña en principio rechazó la oferta ya que el establecimiento era el legado de su difunto marido, pero Spurrier la convenció y unos meses después comenzó allí a desarrollar diferentes eventos y degustaciones, fundando la Academie Internationale du Vin, una escuela especializada en impartir cursos de vinos a los habitantes angloparlantes de la zona y del resto de París.

A Steven Spurrier la cultura de los vinos le debe mucho, sobre todo los llamados vinos del Nuevo Mundo.

Steven Spurrier

Se vio catapultado a la fama tras los resultados de aquella famosa Cata, más conocida en el mundillo del vino como Juicio de París, en la que se enfrentaron varios vinos blancos de la variedad Chardonnay y otros tintos de Cabernet Sauvignon californianos del Valle de Napa, contra algunos de los vinos más prestigiosos de la Borgoña y Burdeos……. Y sorprendentemente ganaron los americanos en las dos categorías.

El resultado tuvo una gran repercusión ya que nunca se había realizado nada parecido y porque los vinos fueron catados por los más famosos expertos franceses que habían basado su reputación en el rechazo a los vinos del Nuevo Mundo. Tras la famosa “cata parisina” empezó, probablemente, el lento declive que colocó durante un tiempo al vino francés contra las cuerdas.

Dos miembros del jurado con Spurrier en el centro.

Spurrier se ganó entonces unos cuantos enemigos galos por tirar de las orejas al “antiguo régimen” de Burdeos y Borgoña.

El jurado estaba compuesto por el propio Spurrier y ocho catadores y reconocidos expertos sumilleres, críticos y bodegueros; todos ellos franceses y seguros que la victoria sería para los vinos galos. La degustación comenzó, obviamente, por los vinos blancos y después de la misma se hizo una parada para descansar y dar a conocer los resultados. La sala se quedó muda al enterarse que el californiano Château Montelena 1973, fue el mejor blanco de la serie. De los nueve jueces, seis lo colocaron primero y los otros tres eligieron otro vino californiano, el Chalone Vineyard 74, que a la postre terminaría tercero en la general.

Al servir los vinos tintos, los jueces estaban absolutamente prevenidos y prestaron mucha atención.

El ambiente se puso tenso durante la cata de los tintos y fue curioso escuchar a un catador francés cómo describía emocionado uno de los vinos como arquetipo de la grandeza vitivinícola de Francia… que resultó ser californiano.

Al establecer el resultado de la prueba, fue California quien de nuevo quedó a la cabeza, aunque con menos claridad que en el caso de los blancos. El Stag’s Leap Wine Cellars 1973, fue el vino que consiguió sumar más puntos, a pesar de que sólo uno de los nueve jueces lo calificó como el mejor.

De las notas de cata se deducía claramente que los franceses fueron incapaces de distinguir sus vinos de los americanos.

La mayoría de la prensa francesa ignoró los resultados y Le Fígaro los consideró como una broma. Claro que, como en aquella época no había Internet, la información no fluía como ahora. Pero el New York Times y la revista TIME publicaron artículos, con portada incluida, lo que confirió a la cata, unos meses después, una fuerte resonancia mediática a nivel mundial.

Surgió un enorme interés y una positiva repercusión ya que los vinos americanos comenzaron a abrirse camino entre las críticas especializadas y en los competitivos mercados internacionales, por lo que hubo que reflexionar profundamente.

En España, la transformación se inició en la Ribera del Duero, de la mano de Alejandro Fernández y su tinto Pesquera a la cabeza del cambio.

Estábamos acostumbrados a tomar, hasta ese momento, como recomendación y referencia mundial el indiscutible modelo de vino francés, y los de la Rioja en España, por lo que se hizo conveniente prestar más atención a los nuevos competidores. Una lección que les sirvió a todos como referencia para despertar del sueño al que hacíamos referencia al final de la primera parte de este artículo: cría fama y échate a dormir.

Como el vino está presente en todos los ámbitos de la vida, en el cine no iba a ser menos. Una recomendable película estrenada en agosto de 2008 titulada Bottle shock (en españolGuerra de Vinos”) que teniendo al vino como protagonista, narra y revive lo ocurrido alrededor  de estos hechos.

La película está dirigida por Randall Miller y nos muestra aquellos acontecimientos que rodearon el evento. 

La producción presenta por un lado, al británico experto en vinos afincado en París, Steven Spurrier; y por otro a Jim y Bo Barrett, padre e hijo, propietarios de una bodega con viñedos en California. El nombre de su explotación es el ahora prestigioso Chateau Montelena. La acción expone a otros personajes: una atractiva becaria de la bodega y un latino que anda a la búsqueda del vino perfecto. El director expone una película entrañable para los aficionados al vino y como un canto al entusiasmo y la exaltación por la enología. El guión es un entramado sencillo y eficaz de relaciones entre los personajes: las diferencias entre padre e hijo que se arreglan a puñetazo limpio en un cuadrilátero de boxeo, o las disputas por la chica entre los dos jóvenes. Finalmente el clímax de la cata a ciegas queda muy bien resuelto.

Escena de la película Bottle Shock.

La acción se centra en todo lo que ya hemos contado, pero con algunas diferencias: comienza en 1976 coincidiendo con el 2º Centenario de la declaración de Independencia de los EEUU y nos muestra cómo el británico propietario de una interesante tienda de vinos de Paris Academie Internationale du Vin, que, junto a un amigo, lee un artículo de prensa según el cual California estaba en camino de conseguir elaboraciones de vino a la altura de los mejores vinos franceses. Se le ocurre organizar una cata entre caldos californianos y franceses y decide trasladarse al estado americano para comprobarlo in situ. Una vez allí, en el Valle de Napa de California, la acción nos introduce en el Chateau Montelena, una preciosa finca con bodega dentro del viñedo en la que todos están empeñados por conseguir un gran Chardonnay.

Una tarea que para el padre es, aparte de una obsesión, una necesidad; ya que la propiedad está a punto de caer en manos de los bancos debido a su precaria situación económica. A partir de aquí, se narran de forma entretenida y emotiva, sin caer en ningún momento en el chiste fácil ni en la chabacanería, lo que podríamos llamar el enfrentamiento cultural de un estirado y cosmopolita experto catador británico/francés, con los campechanos viticultores de California que van apareciendo. Entre tanto un  laberinto de pasiones se desatan en el Chateau Montelena entre el padre, el  hijo y el amigo anteriormente citado, ante la acuciante presión de los bancos, junto a la incursión en sus vidas de la atractiva ayudante recién llegada al viñedo y la presencia del experto inglés. Lo que acontece después consigue involucrar emocionalmente al espectador, ya que tras la gestión del británico  y con unos bien dibujados personajes, nos muestra de forma amable, bien contada y sumamente instructiva parte de la historia reciente de la vitivinicultura, puesto que todo lo que en ella se relata, sucedió realmente.

Luis Toledo. Restaurante “El catavinos”

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