Historias rusas [Jesús Fuentes Lázaro]

La Guía decía al grupo en aquel punto  de Moscú, al lado del rio Moscova, que en Rusia inveteradamente se construía una iglesia cada vez que se ganaba una guerra. Y así ocurrió con el edificio que los turistas  fotografiaban compulsivamente, pasando de las explicaciones de la guía,  entre un repicar de campanas que subliminalmente les unía a su país de origen. En realidad, el edificio no era exactamente el mismo, pero se le parecía tanto como una copia casi perfecta. La historia que la Guía contaba a los turistas, que apenas hacían caso, sería poco más o menos como la que sigue.


Diciembre del año 1812. Los soldados de Napoleón abandonan suelo ruso. Están siendo derrotados en todos los frentes, aunque en Rusia la derrota ha sido más simbólica. Rusia se había forjado como el  gran sueño de Napoleón. Borodinó será su pesadilla hasta la muerte. Por el desastre de la ofensiva rusa y por el empuje de Inglaterra, los españoles pudieron expulsar a las tropas francesas de la Península. O sea que heroicidades en la Guerra de la Independencia, las justitas.

Para celebrar la victoria se propuso al zar Alejandro I construir una catedral. Sería la arquitectura del sentimiento patriótico y el recuerdo agradecido de toda la Nación. Se organizó un concurso internacional. El resultado se conoció en 1817. El autor del proyecto ganador se llamaba Alexander Vitberg. Sin embargo, diez años más tarde, el nuevo zar Nicolás I olvidó el proyecto ganador y optó por iniciar otro nuevo en lugar distinto. Se eligió un espacio en el centro de la ciudad, cercano al Kremlin, donde se eleva la catedral de San Basilio, con quien establecería, probablemente, un dialogo en perspectiva entre el poder inmutable de las creencias. Ningún lenguaje tan expresivo del poder como el de las arquitecturas religiosas. Ambos escenificarían en sus similitudes constructivas  la grandeza del pueblo ruso.

Catedral de Cristo Salvador de Moscú a comienzos del siglo XX

En el año 1831 se presentó un nuevo proyecto, firmado por Konstanlin Thon, de estilo ruso-bizantino. Rusia, desde los tiempos de Alejandro el Grande, se consideraba la heredera de la Sublime Puerta. La edificación sería una obra total. En ella participarían los mejores artistas, los mejores escultores, los mejores ceramistas, los mejores forjadores, los mejores grabadores, los mejores mármoles, los más grandes sueños de una nación que adoraba a sus zares, según las propias elaboraciones autojustificativas del poder de los zares. En sus paneles preciosos se fijaría la gran historia rusa desde Alexander Nevski hasta la última derrota de los invasores franceses. Sería la mayor iglesia de Moscú y el símbolo dorado de la ciudad con sus 102 metros de altura y sus cúpulas  resplandecientes, en los días de sol luminoso, o brillante mate en los de niebla. La impresionante catedral de Cristo Redentor se inauguraba el día 26 de mayo de 1883.

El día 5 de diciembre de 1931, bruuuuummmm, buuummm, bruuuummmm, cragggg, cragggg, craggggg, sfiuuu, sfiuuuu, sfiuuuu, la dinamita voló  aquella catedral soberbia.

Voladura de la catedral de Cristo Salvador de Moscú en 1931

En el aire permaneció durante semanas el polvo de la explosión, como si el espíritu de las catedrales se negara a abandonar el edificio derribado.


Un mundo liberador había nacido en 1917. El espacio de la catedral dinamitada lo ocuparía la imponente construcción del Palacio de los Soviets, eje articulador del conjunto central del nuevo Moscú. “El mayor monumento de la heroica era estalinista”. Más alto que la torre Eiffel; mejor concebido que los edificios de Nueva York, en algunos de los cuales se inspiraría abiertamente. En aquel edificio, que asombraría al mundo, tendrían cobijo los Soviets de los pueblos de la Unión de Republicas Socialistas Soviéticas. Un faro en el tiempo que comenzaba. Un símbolo que proclamaría los primeros hitos de la nueva etapa  de la humanidad y del final de la Historia. Una arquitectura proteica. El imperio bizantino-ruso desparecía y surgía el futuro. Como un imán gigante, lo atraerá todo a su campo de fuerza, y las formas de las casas, de las calles, plazas y ciudades se orientarán a partir de él”, se escribía en una revista de la época.

Palacio de los soviets, proyecto de Boris Iofan.

El Palacio de los Soviets nunca llegó a ser construido. Se utilizó como instrumento de propaganda para la población y para los visitantes que llegaban a Moscú. Un símbolo había muerto y era sustituido por otro. “El proletariado de todos los países habría sido su constructor”. La maqueta se pudo contemplar en las Exposiciones Universales de Paris y, posteriormente, Nueva York. Las obras comenzaron sobre el hueco dejado por la catedral y los alrededores empezaron su transformación. Moscú en 1937 se convirtió en una ciudad tan frenética que imponía que, en la misma proporción alucinada que se construían edificios, estaciones de metro o de  trenes, avenidas gigantescas, desparecieran los antiguos miembros de la revolución, los poetas y creadores,  los ciudadanos anónimos que habían supeditado su vida y sus historias a la mística del partido. “Koba el temible”, (Martin Amis) arrasaba con sus decisiones neuróticas. La Obertura 1812, de Tchaikovski, conmemorando la victoria romántica de Boridonó, sería sobrepasada por los acordes  histéricos  del aterrado Shostakovich.

Se convocó un concurso internacional. Las vanguardias participaron, atraídos por la grandiosidad del proyecto: Hans Pooelzi, Le Corbusier, Armando Brasini, Mies van der Rohe, Erich Mendelsohn. El concurso lo ganó un joven arquitecto, llamado Boris Iofan. Para equilibrar su juventud  se añadieron los proyectistas  de la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo, Vladimir Schuko y Vladimir Gelfreich. El edificio se levantaría en construcción cilíndrica que se estilizaría en la medida que ganaba metros en altura. Remataría con una gran escultura de Lenin, símbolo del “asalto a los cielos”.

El Palacio de los Soviets debería haberse concluido en 1942, según había asegurado Molotov, pero los ataques alemanes trastocaron los planes. Su incipiente arquitectura se convirtió en un punto de referencia para los bombardeos de Moscú. El material destruido sirvió para construir defensas y trincheras contra los invasores nazis. Tras la guerra, y con la “desestalinización” de  Nikita Jrushov, el espacio vacío del Palacio de los Soviets se adaptó para  piscina pública, que se mantuvo hasta el final de la URSS.  

Montaje fotográfico

Entre los años 1995 al 2000 se volvió a construir la catedral de Cristo Redentor, tal como había sido levantada en el siglo XIX. En cinco años se recuperaba un mensaje de otros tiempos. El espíritu de la catedral  retornaba a su lugar de origen. Es el edificio que fotografían  los turistas actuales. Enfrente, se divisan las torres y murallas del Kremlin. Cercanas, brillantes. Probablemente hablan entre ellas sobre los mensajes fugaces de los  símbolos o sobre la despreocupación indiferente de los turistas. En un periodo de 135 años, la Historia había  tejido y destejido emblemas que  se creyeron inmortales.

Svetlana Aleksiévich, premio nobel reciente de Literatura,  publicó un libro titulado “El fin del Homo Sovieticus”. Y en él se describe el momento actual:

El partido en el poder es una copia del Partido Comunista de antaño.

Hoy el Presidente goza de un poder semejante al de los Secretarios Generales del Partido en tiempos soviéticos, un poder absoluto.

Y el lugar del marxismo-leninismo lo ocupa ahora la doctrina de la Iglesia Ortodoxa”.


Selfy con la catedral al fondo.

Los turistas, en el  autobús, revisan compulsivamente las fotografías de la catedral de Cristo Redentor. Seleccionan las que enviaran por WhatsApp a los amigos, las que colgarán en Facebook, los “videos” que trasladaran a Youtube y las instantáneas que subirán a Instagram. La Historia…….

                                                           Jesús Fuentes Lázaro

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