El suelo que pisamos: hachas y utensilios prehistóricos. [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 4 D17 Archivo VASIL

El profesor Aguado mantenía que los toledanos deambulamos por la ciudad pisando hachas, puntas de flechas y otros muchos utensilios y armas prehistóricas procedentes de los asentamientos próximos a la ciudad; principalmente Pinedo.

Don Máximo Martín Aguado (1916-2004) fue uno de esos eruditos, ilustres y destacados investigadores a nivel internacional, que no siempre han tenido el reconocimiento científico y social que su trabajo merecen. Dedicó toda su vida profesional a la enseñanza. En 1959 se incorpora como profesor en el Instituto de Enseñanza Media de Toledo y allí permanecería hasta su jubilación en 1985. Formaba pareja profesional y familiar con otra ilustre de la enseñanza toledana en aquel instituto, doña María Montequi. Ambos formaron parte importante del desarrollo y la educación de miles de chavales que “estudiaron en lo público”.

Don Máximo dedicó también su vida la la investigación de los orígenes del hombre; destacando, entre otros trabajos, sus estudios y conclusiones sobre el origen y la creación del río Tajo y el descubrimiento del asentamiento de Pinedo. Y es precisamente este estudio el que nos trae al personaje y sus conclusiones.

El suelo que pisamos en muchas de nuestras calles, el famoso “empedrado” sujeto entre adoquines de granito, se instaló principalmente entre finales de los años sesenta y primeros de los setenta con ocasión del nuevo alcantarillado en el casco histórico. A lo largo de esos años fuimos viendo como calles y plazas pasaban de un firme de arena a otro de “gorrona”. Esta transformación del pavimento motivó, por ejemplo, la prohibición de las luminarias de San Antón que se venían haciendo por muchas plazas de la ciudad.

La procedencia de estas piedras “gorronas” era, entre otras, la gravera de Pinedo situada en la carretera de Madrid; lugar donde el profesor Aguado situaba uno de los asentamientos prehistóricos. La extracción de la piedra, por lo tanto, se convertía en una excavación “industrial” y no se podían identificar los restos prehistóricos salvo los más llamativos como el caso de restos de animales.

Así las cosas, el profesor denunció esta práctica y, además, separó numerosas piezas de entre las “piedras” ya preparadas para el pavimento toledano. Cabe pensar, lógicamente, que nuestras calles contienen elementos que nuestros antecesores utilizaron para cazar y defenderse.

Se me ocurre -digo yo-  ahora que se están modificando los pavimentos de algunas calles y plazas, eliminando las cuestionadas “gorronas”, tal vez se debería tener en cuenta este análisis de don Máximo y, ya que no se hizo la revisión al ponerlas, al menos alguien se preocupe de “echar un vistazo” a las piedras que se quitan.

Malo es tenerlas de pavimento pero mucho peor sería enviarlas a las nuevas plantas industriales para que sean trituradas y terminen adornando una rotonda o la entrada de mi chalet adosado.


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Quique J. Silva

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