Don Enrique: El Luthier del Cristo de la Luz [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 34 D18 Archivo VASIL


Nuestros asiduos lectores ya saben que nos gusta rescatar fotografías de personajes de la vida cotidiana que, en mayor o menor medida, participaban en la actividad de nuestra ciudad de Toledo. Personas que, generalmente, cumplían con su trabajo honradamente y sobre los cuales el paso del tiempo ha ido echando una losa de granito llamada “olvido”.

Hay que situarse en los años sesenta. Hay que bajar -o subir- por la cuesta del Cristo de la Luz y justo al lado de la desviación hacia los Carmelitas se encontraba el taller de Enrique Fernández Moreno, don Enrique “El Guitarrero“.

Por aquellas fechas solo unos pocos versados y afrancesados utilizaban la palabra “luthier”. Para todos, Enrique era un constructor de guitarras, de laudes, de bandurrias. Un Maestro Artesano que conocía el oficio a la perfección.

Primero elegir las diferentes maderas. Una para la trasera, otra para la tapa armónica; una tercera para el aro que remata la caja acústica. Luego el mástil y el clavijero….. La perfección en la elaboración será el elemento esencial de la “sonoridad” de ese instrumento.

Todo ensamblado y unido al puente, trastes y clavijas; el instrumento ya está preparado para recibir a las que serán sus inseparables compañeras de viaje: las cuerdas.

Todo hecho “a mano”; o mejor dicho, “a cabeza”. Sí, generalmente tratamos de dar valor a las cosas por el mero hecho de que se realizan con las manos; pero no somos del todo justos con el cerebro privilegiado de los creadores que tienen que calcular, medir, recordar y, sobre todo, tener la sensibilidad de reconocer texturas, grosores y apariencias para diferenciar, por ejemplo, una madera con la dureza adecuada y la humedad conveniente. Eso no lo hacen las manos; eso lo hace el cerebro de muy pocos. Y nuestro personaje de hoy, Enrique, fue uno de esos pocos que, además, era un enamorado de la música y de su profesión de constructor de instrumentos de cuerda.

Pasar por la puerta del taller de la cuesta del Cristo de la Luz era oler a madera, a serrín recién cortado y a cera impregnada.

A su alrededor sierras, serruchos, limas, gubias, mazas y gatos. Mezclas -casi alquímicas-, de cola y barnices especiales. Todo en un reducido espacio donde nacían sus grandes obras.

Con todo el trabajo previo de elección de materiales, medición y construcción, un instrumento no está totalmente terminado hasta que es afinado. Algo puede haber fallado y solo se sabe al escuchar el sonido de esa criatura recién nacida. Ninguna guitarra, laúd o bandurria saldrá del taller si su objeto final, el sonido, no es el adecuado a criterio del maestro constructor. Ahora, a esto mismo, se le denomina “control de calidad”.

Pero nuestro amigo Enrique iba mas allá. No  se conformaba con crear los instrumentos; parte de sus compradores eran luego, además, sus alumnos. Niños y adultos.

Antes de aparecer las “actividades extraescolares”, los niños y niñas que tenían algún tipo de afición, como en este caso musical, se buscaban la vida para pertenecer a grupos, rondallas e incluso tunas, donde aprender y desarrollar sus dotes musicales. Don Enrique -como le llamaban sus alumnos- introdujo a muchos chavales en el conocimiento de la guitarra, la bandurria o el laúd.

A lo largo del día, el maestro Enrique era capaz de sacar las mejores vetas de la madera a golpe de lija. Después, sentado frente a sus alumnos, hacía sonar los mejores acordes y arpegios para enseñar como pisar con la mano izquierda en el traste adecuado, mientras la derecha pasa las yemas de los dedos por cada una de las cuerdas. La, Re, Sol, Si, Mi, La.

Se perdió el oficio, pero no el sonido. Aún hoy, cuando bajo -o subo- por el Cristo de la Luz, escucho los golpes de la maza sobre la gubia y el trinar de la púa sobre un laúd.

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Quique J. Silva

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4 Comments

  • Agustin Escobar Ruiz

    Antes del Cristo de la Luz, tuvo el taller al principio de la calle Azacanes (donde vivía)
    El espacio del taller era la mitad del que tuvo en el Cristo de la Luz.

  • Juan Carlos Ramos

    Buenos recuerdos. Como bien dices era el olor maravilloso a madera húmeda lo que nos atraía, y como niños asombrados de un mundo desconocido, muy lejos aún de pantallas electrónicas y de Internet, nos asomábamos desde la puerta para inspirar mejor todo ese mundo de sensaciones mientras veíamos trabajar a Don Enrique con absoluta dedicación a ese trozo de madera del que salían las virutas después de cada pasada del cepillo.
    Creo que nunca cruzamos palabra, pero el recuerdo del olor a madera húmeda permanece en mi memoria.
    Gracias por esta entrada y por todo el blog.

  • Vicente Fernandez Muñoz

    Cierto, primero hacía las guitarras en Azacanes que era su casa. Las hacía en la cocina. Yo me pasaba los veranos con él en el taller del Cristo de la Luz, era mi abuelo. Y ese olor a goma laca que se olía en toda la calle, inconfundible.

  • Gloria Martín Torres

    Y también es cierto que todos los que fuimos afortunados por poder disfrutar de sus clases, nos pasábamos la tarde escuchando a Sabicas que era su ídolo. Así, entre sus comentarios, su música, su oficio y su humildad configuró una persona irrepetible que se llevó el cariño y respeto que se merecía de todos los que le conocimos.
    Fuí vecina y alumna suya.

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