Mayo romero. De las torrijas a las quínolas. [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 17 D17 Archivo VASIL


 Años setenta. Romería de “El Valle”. Camino de subida a la Piedra del Rey Moro con los tradicionales puestos de rifas y bebidas.

El tiempo corre con más velocidad de lo que muchos quisiéramos. Casi olvidado el abrigo y la bufanda, nos encontramos, de sopetón, con el calor sin tregua de una primavera toledana que dura días, horas algunas veces. El calor volverá a hacerse insoportable y los compresores del aire acondicionado romperán el silencio de la calle con su sinfonía monótona: run-run-run.

Pero antes de todo esto, nos echamos a la calle con la menor de las excusas. Una, muy arraigada en nuestro entorno étnico, son las romerías. La Cabeza, el Valle, después la Bastida, luego el Ángel…. o es al contrario; no sé, siempre me hago un lío.

Aún estamos haciendo la digestión de las torrijas de Semana Santa y ya es el momento de las “ermitas”. Las grandes olvidadas durante el resto del año, son ahora las protagonistas de actividades y cultos religiosos. Los romeros “nos echamos al monte”, dispuestos a recibir al sol, con nuestra mejor intención de olvidar el gris invierno que nos ha tenido recluidos al calor de la calefacción.

“Saltar a la comba” era uno de los juegos favoritos. La “maroma” no faltaba en el equipo de jóvenes romeros.

Como bien han relatado los que se dedican al estudio de estas cosas, la fiesta es una de las constantes de cualquier civilización (pasada, presente y esperemos que futura) y que, en nuestro entorno más próximo, la Iglesia Católica se encargó de “tunear” para mayor gloria de sus creencias y convicciones religiosas. Bueno, que cada cual elija. Rezar a la Virgen, echar a la rifa, comer o merendar en el campo…… o jugar a las “Quínolas”.

Como ya hay muchos especialistas, tertulianos y columnistas expertos en etnias, solsticios y religiosidades, aquí nos quedamos con lo mas tribal, las Quínolas. El juego por excelencia de cualquier romería que se precie. 

Generalmente, este juego de naipes consiste en hacer una jugada de cuatro cartas del mismo palo. A igual jugada, gana la que más puntuación tenga.

Casi nadie de nuestro entorno lo conocemos o hemos jugado así. Las quínolas de nuestras romerías tienen sus propias reglas y estética: dos caballetes y un tablero de madera al que el hermano más habilidoso le ha clavado una baraja completa de cartas situadas en doble fila (la de 52 cartas que permite más recaudación). Cada jugador apuesta por uno o varios de los sufridos naipes, previo pago del importe establecido por la Junta Directiva (con permiso del párroco de la ermita), cuyos beneficios recibirá para mantenimiento y culto de la cofradía o hermandad.

Es imprescindible la participación  -a modo de croupier- de uno de los mayordomos más espabilados que, primero a golpe de campanilla, reclama la presencia y participación de los romeros y, una vez vendido todo el tablero, dará a cortar la baraja a “una mano inocente” para conocer el ganador del premio. Y es en este punto donde queremos reivindicar aquellos bizcochos que, por derivación del propio juego, denominábamos Quínolas.

Juego de Quínolas; tablero, cartas, mayordomo y campanilla: la combinación romera.

¿Qué ha sido de aquellos bizcochos de 10 X 20 X 1 (largo-ancho-grueso), sobre un papel blanco tostado, suficiente para soportar aquella masa dorada por fuera y jugosa por dentro?.

Era una explosión de alegría cuando salía tu carta. Ver como el secretario de la cofradía sacaba de una caja de cartón una “pila” (más o menos media docena) de quínolas. Probablemente te habían costado más que una caja entera de magdalenas en la panadería de tu barrio; pero la ilusión de ganar era superior al balance meramente económico. Tenías la ilusión de comer y compartir esa singular “torta” que solo era posible conseguir en aquellas circunstancias; porque, curiosamente, normalmente no se vendían en las panaderías como el resto de especialidades reposteras. Vamos, que solo se hacían “de encargo”.

Desgraciadamente, ya no vemos esas quínolas en ninguna romería. O no las hacen, o no las encargan. O no las hacen porque no las encargan; ¡vaya usted a saber!

Ahora, los mayordomos y hermanos mayores se empeñan en obsequiar nuestra fortuna con chorizos, salchichones y ya, si tienes muy mala suerte, te vas a tu casa cargado con un cacharro de cerámica que te quitará las ganas de jugar al año siguiente. 

No obstante, el Mayo romero sigue siendo una gran ocasión para “echarse al monte”, y si es en compañía de amigos, mejor.

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Quique J. Silva

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