Colegio de Infantes: los “milagros” del Cura Luis [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 24 D18 


Don Luis García-Hinojosa Sánchez-Largo, artífice del proyecto de renovación y consolidación del Colegio de Infantes.

La plaza de la Bellota empieza a recibir a los chicos del barrio. Generalmente de familias humildes, asentadas entre lo que hoy conocemos como la Cornisa y la plaza del Ayuntamiento. La bajada del Barco es una riada de niños, con y sin cartera, dispuestos a iniciar un nuevo curso.

Las cariátides de granito que guardan la puerta de madera dan la bienvenida a ciudadanos de pantalón corto cargados de plumier, cuaderno milimetrado y pan para el recreo. Comienza el curso escolar y con él la aventura del conocimiento; el milagro de la enseñanza y la prueba de paciencia para profesores y alumnos.

Allí esperan doña Marina Riaño, don Ángel Ortiz, don Manuel Pulgar, don Emilio Valverde….., jóvenes -dones y doñas- con la ilusión de transmitir el conocimiento. Sobre todos ellos, dirigiendo, mandando, administrando y coordinando, un nombre que aún resuena en la memoria de los miles de alumnos que pasamos por las aulas de la Bellota: don Luis García-Hinojosa Sánchez-Largo.

Como cada inicio de curso, al llegar al viejo caserón nos sorprendía un nuevo aula. A lo largo del verano, sin saber cómo ni de dónde, don Luis mandaba levantar un tabique y colgar una pizarra para poder acoger más alumnos el curso siguiente. Puertas correderas y mamparas de madera obraban el milagro. Cada curso éramos más.

Puerta del Colegio de Infantes por donde accedían los alumnos

A lo largo de todos mis años en este colegio solo hubo tres espacios invariables: el portal de entrada presidido por la vidriera de los Seises, el patio de la palmera rematado con la bola de cobre al pie de la escalera y la pequeña capilla donde éramos instruidos como acólitos para los oficios en la Catedral. Sí, presumíamos de ser “acólitos” y no “monaguillos”. Que parece lo mismo, pero no lo es.

Pero, por encima de todo esto, hay otra actividad colegial que constituye en sí misma uno de los objetivos fundacionales. Con el inicio del curso llegaba el momento de probar las voces para formar parte de la Escolanía de Nuestra Señora del Sagrario; popularmente conocidos como “Los Seises”. 

Un viejo piano de pared, una banqueta de terciopelo rojo y la destreza de don Luis para hacer sonar una limpia escala musical, era la prueba de fuego para seleccionar, uno a uno, los primeros, segundos, tenores y bajos. El resto, acólitos.

Además de los objetivos litúrgicos fundacionales, don Luis también engrasaba la maquina administrativa para que el Colegio de Infantes se convirtiera en Filial del Instituto Nacional de Enseñanza Media de Toledo. Aquello permitió durante varios años consolidar un desarrollo curricular solvente y estable.

Cada curso, los “milagros de don Luis” eran más difíciles; las reformas educativas demandaban mejores condiciones para un alumnado que tenía el recreo en la explanada del Alcázar y el gimnasio en las cercanas ruinas de San Lorenzo. 

Pasillo de la planta baja del edificio de la Bellota. Aulas de infantil.

Por encima de los tejados arzobispales y colegiales, sobrevolaba la idea de un nuevo colegio. Se empezó a fraguar el proyecto de abandonar la plaza de la Bellota para desplazarse a los terrenos que el Arzobispado tenía en los Campos de don Gregorio (hoy avenida de Europa).

Y don Luis lo volvió a hacer. Logró nuevamente un milagro a base de tesón y gestión. Involucró al Arzobispado, a padres, profesores y alumnos y, aunque hoy pueda parecer mentira, el embrión de aquella inversión fue la venta de papel.

Lógicamente, nadie se puede creer que el nuevo cole se construyera exclusivamente a base de vender papel al peso; pero aquella actividad que hoy denominaríamos de “voluntariado” involucró a la sociedad toledana vinculada al Colegio de Infantes. En vacaciones y días no lectivos, un ejercito de alumnos voluntarios recogían papel por las casas. El producto de su venta pasaba a engrosar los fondos para la construcción de las nuevas instalaciones. 

Desde un punto de vista puramente social, el Colegio de Infantes que hoy conocemos en la avenida de Europa fue el fruto del esfuerzo de miles de alumnos, padres y profesores empeñados en una tarea que, a priori, parecía imposible.

Desde un punto de vista puramente financiero, el nuevo cole fué el fruto de la colaboración financiera entre el Arzobispado y la Caja de Ahorro Provincial de Toledo.

En ambos casos, en las dos maneras de afrontar el proyecto, existió un solo líder, don Luis.

Inauguración en 1981 del nuevo Colegio de Infantes. En el centro el Cardenal don Marcelo; a su derecha don Luis. A la derecha del grupo de autoridades don Enrique Bretaño, presidente de la APA y uno de los artífices seglares del nuevo proyecto.

“Luchando” con la autoridad eclesial, con las entidades financieras; con los padres, alumnos y profesores; sacrificó gran parte de su vida, obra y milagros, para garantizar la continuidad de los objetivos del fundador, el Cardenal Silíceo.

Al leer estas lineas tal vez algunos piensen que don Luis ha fallecido -o algo similar-; pues no, sigue vivo y en activo. Desde que dejó la dirección del Colegio de Infantes, después de culminar su sueño en 1981, la obediencia debida le ha llevado a diversos destinos pastorales. Aún hoy, sigue cumpliendo con sus obligaciones como Canónigo de la Catedral.

Como antiguo alumno de Infantes (de la Bellota, claro) estoy seguro que cada vez que don Luis ve a los acólitos en los oficios de la Catedral o escucha los sones de la Escolanía, recuerda con emoción y nostalgia aquel modernísimo tocadiscos que le regalaron para poder enseñarnos los primeros Salmos, coincidiendo con el cambio de la misa del latín al castellano y todo lo que aquello significó. 

El cuerpo de Infantes se hizo más grande. Aquel “cole” de barrio se transformó en un “centro de enseñanza” de toda la ciudad. Creció el cuerpo; pero el alma, para muchos, sigue en la plaza de la Bellota. 

(Archivo VASIL: ver más entradas)

Quique J. Silva

(Visited 1.787 times, 1 visits today)

2 Comments

    • Enrique Jiménez Silva

      Saludos Gonzalo. Tras haber compartido contigo aula y escolanía, después de 50 años resulta realmente reconfortante saber de ti. Esta es una de las razones que nos animan a mantener este blog.

Deja un comentario