Poner nombre al espacio público es una prerrogativa y una responsabilidad de quienes gobiernan, y en la elección del nombre de una calle, plaza o paseo se entiende la intención y la calidad de la cultura que los ilumina. Denominar un lugar con el nombre de alguien cuyos valores son efímeros, a costa del uso o la tradición, siempre ha sido un error. Tanto mayor si el lugar tiene una historia destacada en la vida de la ciudad. Todos conocemos ejemplos de rótulos que han tenido que ser removidos cuando la ocasión política que los propuso pasó o se descubrió la decisión como inoportuna, cuando no insultante. Por eso, algunas decisiones son profundamente desmotivadoras para quienes esperan de sus representantes sensibilidad y conocimiento sobre la población que representan y de su historia. Continuar leyendo
