La magia blanca en el registro arqueológico de Vega Baja (Toledo) [Antonio José Gómez Laguna]

Ocupación emiral del Complejo A-Palacio Real Visigodo en la Vega Baja (Toledo)

La monumentalidad del Complejo A detectado en 2001 en San Pedro Verde nº 25 (SPV25), refleja el proceso de asentamiento de la Monarquía visigoda en la ciudad de Toledo. Los edificios ya construidos en el siglo VI dentro del Complejo Aúlico, dejan paso en el siglo VII, a la erección de un Complejo Arquitectónico Monumental, que muestra de forma nítida el poder y prestigio de los monarcas visigodos. Para realizarlo, demuelen parte de los edificios y levantan nuevas construcciones, con muros que incluso llegan a doblar en anchura a edificios tan emblemáticos como Melque, Los Hitos, Guarrazar y San Pedro de la Mata, por citar algunos de los edificios más representativos del hinterland de Toledo[1].

Los trabajos de investigación a los que se está sometiendo al edificio desde 2020, han detectado que el Complejo A, conserva una gran secuencia Emiral (Ss. VIII y ¿IX?). Lejos de realizar una demolición o destrucción del este conjunto constructivo, las huestes musulmanas que arriban a la ciudad desde Mérida, se asientan en los edificios visigodos.

Tras un saqueo puntual inicial, como parecen mostrar el estado en el que se detectaron las tumbas del panteón ¿Real?, los edificios del complejo se reutilizan de cuatro formas diferentes: a los espacios ya existentes se les da una nueva funcionalidad; se terminan de construir algunos de los edificios o se generan construcciones de nueva planta, en espacios vacíos o sobre edificios ya derruidos, como es el caso de una terma anexa y por último,  otros recintos parecen abandonarse, sin un nuevo uso aparente. Todas estas acciones suponen, un cambio de funcionalidad de las habitaciones. Como se ha documentado en el Suburbium de Vega Baja y en yacimientos coetáneos como Guarrazar, los Hitos, Melque (Toledo), Pilar de la Legua (Ciudad Real), Tolmo de Minateda[2] (Albacete), etc.

Excavación del Complejo A-Palacio Real Visigodo en la Vega Baja (Toledo). Sondeos 1 y 2. Detección del hacha pulimentada en el nivel UE 26

Este fenómeno, supone dividir y secularizar los grandes espacios litúrgicos, convirtiéndolos en lugares de habitación y espacios domésticos, como acreditan la presencia de hogares, repavimentaciones, hoyos/silos, etc. En SPV25, sobre los cuidados pavimentos de opus signinum se ha documento la presencia de suelos de arcilla y cantos de río. Las grandes salas que conformaban los edificios visigodos, se dividen y compartimentan en espacios más reducidos, mediante muros mampostería y ripio de teja, trabados con mortero de tierra, que reflejan la nueva función doméstica. Uno de ellos, el denominado como E9, se transforma en un espacio abierto o patio, con un cuidado suelo de cantos. Las nuevas habitaciones son similares a las localizadas en otros recintos del yacimiento de Vega Baja.

Los materiales aportados por los sucesivos niveles de hábitat Emirales, fechados en el siglo VIII, sólo presentan una anomalía: la presencia de una cuidada hacha pulimenta; un objeto prehistórico fuera de su contexto. Aunque en un principio se planteó que fuera un elemento incorporado por accidente en los rellenos de tierra para el tapial, utilizado para construir las nuevas habitaciones que transforman el Palacio Real Visigodo, otros hallazgos similares en contextos parecidos, arrojan un nuevo significado.

Hacha –piedra rayo- con la cerámica asociada emiral: botella y cuenco con decoración pintada de trazos horizontales

Tal y como indica Alba en los edificios de poder construidos por los Emirales en Merida[3], “ … entre los derrumbes aparecieron cerámicas comunes de tipo emiral, pero ningún hogar. Curiosamente entre los cascotes de las tegulae se recuperaron dos hachas pulimentadas, calcolíticas, que pudieran interpretarse como “piedras de rayo” originalmente colocadas en el tejado. No es la primera vez que aparecen en Mérida artefactos prehistóricos fuera de su contexto (y otras “curiosidades” como fósiles y minerales), pero en este caso los dos ejemplares formaban parte del derrumbe.

En el referente etnográfico extremeño, el hallazgo casual de un hacha pulimentada se interpretaba como una formación natural producida en el lugar en el que había caído un rayo. En las casas de labor y cabañas de pastores, los campesinos las echaban al tejado para repelerlos, con la creencia de que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar. Y se pregunta si: “…este recurso ya está en el mundo romano y en el visigodo, o en otros asentamientos emirales.”

A esta pregunta se puede responder que sí. Hay una relación entre los dioses, los rayos y las hachas de piedra, que ya se encuentra en el mundo romano, se mantiene en el mundo visigodo/bárbaro y que, las evidencias arqueológicas parecen mostrar que también las tenían los musulmanes que reutilizan el Palacio Real.

Son numerosos los textos latinos[4] que hacen referencia, de una u otra forma, a las relaciones de los dioses con los rayos y las hachas de piedra. Un autor del siglo V, Sidonio Apolinar, cuenta como la piedra de rayo se produce en Hispania, relacionando en sentido poético la alianza del rayo con el sílex, el fuego y el color, relación que encontramos también en los textos de Solino y en San Isidoro.  También los pueblos germánicos, por imitación de la tradición greco-romana o por ritual propio, veneraban las hachas hasta el punto de decorar con ellas sus cascos de guerrero, según refiere Prudencio, poeta latino del siglo v que tuvo contacto, coetáneo a las invasiones bárbaras.

San Isidoro en sus Etimologías, s. VII, habla de estas hachas y sus efectos contra el rayo, además de seguir manteniendo para ellas el nombre de ceraunias impuesto por los romanos. Estas ceraunias indica que se producen en Hispania, así como en las playas de Lusitania y tienen el color del piropo rojo y cualidad y virtud como y contra el fuego. Les da una cualidad mágica más:  protege contra la fuerza del rayo y que no es posible encontrarla sino donde haya caído uno. Pero a esta magia, le da un nuevo matiz, más acorde con la doctrina eclesiástica:  introduce en el texto el término «si credimus», guardándose las espaldas por lo que a la sazón ocurría con los dictados de la Iglesia respecto de este tema. Pues considera —la Iglesia— que estas creencias atacan sus principios y que toda superstición es pecado, arremetiendo contra los adoradores de piedras o similares (veneratores lápidum) y lanzando anatemas contra ellos en varios concilios de los siglos V, VI Y VII, especialmente en los concilios XII y XVI de Toledo

La presencia de este elemento pulimentado en contextos Emirales, al igual que sucede en Mérida, sugiere un intento de magia blanca y una continuidad en las creencias precedentes romanas y visigodas. En una tormenta, tener el hacha en la mano o colocarla en los tejados del edificio, evita que te alcance un rayo, ya que este no vuelve a caer en el lugar en el que se encuentra la piedra-rayo.

También, no sería descartable que fuera un reflejo del contexto climático de la época. De forma general a partir del siglo IV y hasta el s. X, tras finalizar el Optimo Climático de Roma (s. IV a.C.-S. III d.C.)[5] un período cálido y estable, Hispania vive un profundo cambio climático, con unas condiciones muy duras para el ser humano[6]. Es sin duda uno de los factores que inciden en la decadencia del Imperio y tras su colapso, en las tensiones y dificultades del Reino Visigodo de Toledo. Es un período climático con estaciones secas y frías –la laguna de Venecia se llega a congelar en el año 859 y en el Nilo se forman placas de hielo en el siglo X, con frecuentes momentos de lluvias torrenciales y tormentosas[4]-más rayos-, alternadas con momentos de sequía que arruinan las cosechas.

Estos fenómenos climáticos se cuelan en las oraciones medievales, en las que aparecen las concatenaciones de hechos, que suceden en un período climático tan hostil al hombre: Del rayo y de la tempestad, de la plaga, la peste y el hambre; de la batalla y el crimen y de la muerte súbita, líbranos, Señor[8]. Por este motivo fue costumbre general complementar las oraciones con el repique violento de las campanas al acercarse una tormenta, por la creencia de que por esta vía se espantaban los espíritus malignos creadores de los rayos. Esta práctica tuvo unas consecuencias previsibles: en el año 1786, el parlamento parisiense decidió prohibirla sobre la base de que en los 33 años previos habían perecido 103 campaneros al recibir la descarga eléctrica conducida por las sogas húmedas de las cuales tiraban para producir el repique de las campanas[9].

En España, aun se mantenía hacia 1870, al menos en un pueblecito aragonés, como recoge una anécdota del eminente científico español Santiago Ramón y Cajal: siendo niño, presenció cómo un rayo que había caído en la torre de la iglesia local fundió parcialmente la campana y electrocutó al párroco, “que creyó poder conjurar la formidable borrasca con el imprudente doblar de la campana”.

El miedo a que “te parta un rayo” ha sido combatido con todo tipo de acciones por el ser humano desde la prehistoria: magia blanca, oraciones, diversas argucias, con escaso o nulo éxito…hasta la invención del pararrayos. La naturaleza se puede tratar de domesticar, aprovechar, conducir, más nunca se domina en su plenitud[10]. Como se vio en Toledo en la DANA de septiembre de 2021 o con Filomena en enero del mismo año.

Antonio José Gómez Laguna, arqueólgo


[1] GÓMEZ LAGUNA, A. PECES PÉREZ, J. RODRÍGUEZ MARTÍN, S y SALIDO DOMÍNGUEZ, J (2022): La arquitectura eclesiástica de la Regia Sedes Visigoda de Toletum. Problemática arqueológica a la luz de las investigaciones más recientes, en Iglesias Tardoantiguas en el centro peninsular (en prensa).

[2] Morín de Pablos, J.; Sánchez Ramos, I.; Barroso Cabrera, R.; Díaz Moreno, M. Á. y Benavides Barco, M. «Los contextos materiales no cerámicos -metales, hueso, vidrio y lítica- de la ‘reexcavación’ de Los Hitos -Arisgotas, Orgaz- (Toledo)», ARPI. Arqueología y Prehistoria Interior Peninsular, 6 (2017), pp. 55-78.

Rojas, J. M. y Gómez Laguna, A. J. «Intervención arqueológica en la Vega Baja de Toledo. Características del centro político y religioso de Toledo», en L. Caballero Zoreda; P. Mateos Cruz y M. A. Utrero Agudo (eds.), El siglo VII frente al siglo VII: arquitectura (Mérida 2006), Mérida, Instituto de Arqueología de Mérida, 2009, pp. 45-90 (Anejos de AEspA, 51).

Rojas, J. M.; Vicente, A. y Eger, Ch. «La basílica de Guarrazar desde los hallazgos arqueológicos», en X Jornadas visigodas (Guadamur 2018), Guadamur, Ayuntamiento, 2018, pp. 60-86.

[3]ALBA CALZADO, M. (2009): Los edificios emiraLes de Morería (Mérida), una muestra de arquitectura de poder, en Anales de Arqueología Cordobesa, nº 20. Córdova, pp. 396.

[4] GARCÍA CASTRO, J.A. (1988): Mitos y creencias de origen prehistórico: «Las Piedras de Rayo», en Espacio, Tiempo y Forma, Serie I, Prehistoria, T. I, págs. 427-443.

[5] LIEBERMAN, B. y GORDON, E. (2018): El cambio climático en la Historia de la Humanidad. De la Prehistoria al presente. Edt. Almuzara. Pp. 131-139.

[6] BRASERO, R (2017): La Influencia silenciosa. Como el Clima ha condicionado la Historia. Ed. Espasa. Madrid.

[7] En el registro arqueológico conservado en la Vega Baja se ha podido documentar este cambio climático entre los siglos III y VII (aprox).  En la intervención arqueológica asociada a la estabilización de una tapia del Cristo de la Vega en 2020, se pudo documentar el impacto de las crecidas/arrolladas del río Tajo en las construcciones de hábitat romanas instaladas en la ribera del río. En la actualidad, se encuentra en fase estudio, para su publicación, con el personal de la Facultad de Geología de la Universidad Complutense de Madrid.

[8] ALTSHULER, J (2017):  EL FUEGO DEL CIELO. Mito y realidad en torno al rayo La Ciencia para Todos. Fondo de Cultura Económica Ciudad de México, pp- 21.

[9] LEBRERO COCHO, J. (2015):  Hidrofobia medieval: miedos y peligros vinculados al agua en la literatura castellana del XV, en Medievalismo, 25, pp. 261-284.

[10] ALTSHULER, J (2017):  EL FUEGO DEL CIELO. Mito y realidad en torno al rayo La Ciencia para Todos. Fondo de Cultura Económica Ciudad de México, pp- 21.

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