Una estatua para Galdós [Antonio Illán Illán]

Personajes galdosianos. @ Antonio Esteban Hernando

Don Benito Pérez Galdós no tiene estatua en Toledo. Debiera tenerla. Se valora lo que se conoce. Habría que conocer y reconocer a Galdós como él conoció y reconoció a Toledo en su obra. Vino mucho por la ciudad. Quienes creemos en lo mágico y lo heterodoxo estamos convencidos de que Galdós y Toledo era esencial que se encontraran. Una ciudad como la cervantina “peñascosa pesadumbre” siempre con alma militar y centro de inquisidores necesariamente tenía que abrazar, y ser abrazada, por el hijo de un militar y nieto de un inquisidor. Conmemoramos los 100 años de su muerte y los 150 de su primera novela entre las 77 que escribió. Hay que celebrarlo leyendo y más que leyendo.

Es cierto que en Galdós encontramos el poso de Dickens y también el de Balzac y muy por encima de todo el del mejor Cervantes, en el que hunde sus raíces, como puede verse en su peculiar sentido del humor y de la ironía, en la concepción perspectivista de la realidad y en tantos otros rasgos fundamentales. Los ecos cervantinos se confunden con los hegelianos: “quien no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es de la Naturaleza y a la Historia lo que es de la Historia, que se calle”. Conocemos la sociedad de su tiempo porque hizo de ella materia novelable. Político de amplio espectro. Hoy no escribiré de ello. Solo diré que en cierto momento critica a uno de los partidos en los que anduvo metido, afirmando de él que “está pudriéndose por la inmensa gusanera de caciques y caciquillos”. Escritor, novelista ante todo, y toledanista toledano, aunque canario de nacimiento y madrileño de adopción.

Don Benito Pérez Galdós merece estatua en Toledo, además del homenaje de la dedicación de una calle y los fastos que se le vayan ocurriendo a las instituciones y a la sociedad civil. Merece primero la lectura de sus obras y luego el recuerdo permanente para que la inmensa masa de turistas que viene a Toledo se lleven por lo menos una foto con él, lo mismo que se la llevan con la Regenta o Woody Allen en Oviedo. Razones no faltan de ese amor cívico y mítico del escritor por Toledo. Engarzaré algunas.

En su extensa producción literaria, Galdós dedicó a la ciudad de Toledo diferentes libros y novelas: Toledo, su historia y su leyenda es de 1870; Los apostólicos, de 1871; Los apostólicos, mayo-junio de 1879; Un faccioso más y algunos frailes menos, noviembre-diciembre de 1879; Ángel Guerra, «la gran novela del misticismo español», es de 1891; finalmente en sus Memorias de un desmemoriado reaparecen los temas y recuerdos toledanos. En todos estos volúmenes hay recuerdo y memoria de Toledo, por más que se traten otros asuntos. Siempre nos interesará precisar cómo explica el abrirse paso de la clase media en Los apostólicos. Se va a citar mucho Ángel Guerra, pero yo ordenaría leer El audaz, para ver cómo tres locos, que se creen Robespierre, Saint-Just y Napoleón, acaban por armar una no revolución. Galdós instruye y entretiene, no cansa, se lee con agilidad, se quiere más y más. Pero si desean penetrar en una buena historia novelada, atrévanse con Un faccioso más y algunos frailes menos, el faccioso es Carlos María Isidro, eterno conspirador para conseguir el trono de España que su hermano moribundo, Fernando VII, dejaba por pragmática sanción a su hija, la princesa Isabel; los frailes menos hacen referencia a la matanza de jesuitas del verano de 1834, a los que de forma absurda se imputaba la responsabilidad de la epidemia de cólera que asolaba Madrid. En todos estos libros hay referencias a Toledo. Y ya sabemos, y para qué escribir más, que “Toledo es una historia de España completa, la historia de la España visigoda, de los cuatro siglos de dominación sarracena en el centro de la Península, del viejo reino de Castilla y León, de la Monarquía vasta fundada por los Reyes Católicos y, por último, de ese gran siglo XVI, que es el siglo español”.

En Memorias de un desmemoriado hay dos capítulos muy toledanos, los titulados: «Ángel Guerra y Toledo» y «Visita a una Catedral». En ellos da cuenta de numerosas facetas de Toledo (muchas ya las había contado en otras obras), como la leyenda del Cristo de la Luz, la casulla de San Ildefonso, los conventos de monjas, su amistad con el pintor Arredondo. Sin embargo, en esta especie de memorias mezcla en los entes de ficción con los auténticos personajes reales.

Escribiré más de Toledo y de don Benito. Por dejar muestras de su talante y de su compromiso afectivo con la ciudad de Garcilaso y del Greco citaré algunas circunstancias de nuestro hombre.

Galdós viene primero a Toledo solo o con amigos y periodistas: Ferrero, Alberto Aguilera, León y Castillo. Más tarde le acompaña su sobrino José Hurtado de Mendoza. Venía por el puro placer de vagar por sus calles y también para  documentarse cuando preparaba sus novelas. Sus visitas habituales, según Marañón, eran el 19 y 21 de marzo; la Semana Santa; la fiesta de la Virgen del Valle; el primero de año; el día del Corpus y el día de la Virgen del Sagrario. Eran muchos los días que dedicaba al año a Toledo. En Toledo se hospedaba en el hotel Lino o en el hotel Castilla. Cuando emprende la escritura de la segunda parte de Ángel Guerra, decide instalarse en la pensión de las hermanas Figueras, que vivían en el nº 16 de la calle de Santa Isabel. Hay placa en las calles respectivas. En esta novela se califica a las fondas toledanas como “rematadamente malas y bulliciosas”, y Galdós sabía lo que decía.  También se alojó en la finca de la Alberquilla, propiedad de su amigo Sergio Novales, situada en el meandro del Palacio de Galiana, cerca de la estación del tren, desde donde subía temprano al centro de Toledo en una tartana con un amigo que, según explica Gregorio Marañón, se llamaba “Melejo”. En su casa de Madrid llegó a tener una oveja negra de esta finca (la Alberquilla), a la que llamó Mariucha, como una de sus obras de teatro.

Que tras sus primeras estancias  dijese que Toledo era “un lugar para lagartos y arqueólogos”, se lo perdonamos por todo el amor que después tuvo a la ciudad del Tajo, de que le gustaba el paisaje y paisanaje. La riqueza artística le impactó, pero también las personas y los buenos amigos que hizo, como el pintor Arredondo, el archivero Francisco Navarro Ledesma o el fotógrafo Casiano Alguacil. «Su amor por Toledo —escribió Gregorio Marañón— formaba parte de la vida íntima y literaria del escritor».

Que Galdós era tenido por anticlerical es de sobra conocido, pero su talante personal no era nada fiero ni troglodítico, ni poco afectuoso. Es el mismo Ricardo Arredondo quien afirma de su amigo que, aunque don Benito era anticlerical, se hizo amigo de monjas, curas y canónigos.

Hay un libro publicado que relata la gastronomía en la obra de Galdós. Toledo tiene su protagonismo para goce del paladar de este escritor amante de la buena cocina, por supuesto que supo dar buena cuenta de platos típicos toledanos como las perdices, cabrito, asados o el célebre mazapán. Solía almorzar con su sobrino y Arredondo en Granullaque, en la plaza de Barrio Rey, «en el mismo aposento reservado —nos dice Marañón— en que Ángel Guerra y el padre Casado celebraran su conferencia sobre las tentaciones de la carne». En la novela El doctor Centeno también leemos cómo un personaje se hace llevar a Madrid por el ordinario de Quintanar la harina de almortas para las gachas.

Del tradicional mazapán se atiborraba en la confitería Labrador, sita en la plaza de la Magdalena. Pero su glotonería no la satisfacía solo en las tiendas laicas; él, tachado de anticlerical con poderosas razones, no desdeñaba la mermelada de convento que elaboraban las Comendadoras de Santiago. Y siendo casi toledano y viviendo en la Alberquilla, es normal que no faltase nunca sobre su mesa de trabajo unos manojos de palo-dulce o paloduz procedentes de la ribera del Tajo; chupar paloduz le evitaba fumar en demasía.

Don Benito tenía buen oído y sabía tocar el piano y el armonio. Fue con la música con la que debutó en el periodismo, escribiendo críticas de estrenos operísticos que ocuparon portadas como la del diario madrileño “La Nación”. Hasta cinco años más tarde no escribiría su primera novela. Y ya que este 2020 también es el año que se conmemora a Beethoven, digamos que el autor canario sentía una especial predilección por él. Incluso compuso un libreto para una ópera de la que se conoce una sola representación que tuvo lugar en Zaragoza y a la que asistió. Hay un estudio de publicación reciente sobre Galdós y la música. Su memoria auditiva y su agudeza de oído le hicieron apreciar los sonidos de las campanas de cada iglesia de Toledo. Mariano, el campanero sordo que moraba en la torre de la Catedral, le enseñó todos los toques de las campanas, y don Benito solía ensayarlos mientras comían, haciendo badajo con un cuchillo en jarras y copas. Y como toledano de tradición que se precie, todos los primeros de mayo, que solía estar en Toledo, iba a tocar la campanilla de la ermita del Valle en la tradicional romería; a la ermita llegaba como se hizo siempre, atravesando el río en la barca y ascendiendo pendiente arriba con la gente.

El poco afecto a la iglesia resulta que tenía verdadero fervor por la Catedral Primada, que él definió como «una enciclopedia de catedrales», no tenía límites. Conocía la historia y las leyendas. Incluso le debemos una anécdota que no he comprobado. Parece que una vez recogió una piedrecilla en la fuente de los Doce Cantos y la introdujo en la boca de una de la bichas de bronce que sostienen el púlpito del Evangelio. Y todavía hoy la piedra sigue donde Galdós la puso, como un entrañable relicario galdosiano. Otra anécdota curiosa que se cuenta del novelista es que le gustaba ir al convento de las monjas Jerónimas de San Pablo para que le enseñasen el famoso alfanje con el que se aseguraba que fue degollado el santo tutelar, ocasión que el escritor aprovechaba para afilar a escondidas la punta de su lápiz. También un libro reciente cuenta las peripecias de este puñal o espada de San Pablo. El Monasterio de San Juan de Reyes era uno de los lugares preferidos de Galdós para los paseos vespertinos, aunque le desagradaban el retablo y la iglesia, porque decía: «no sé que hay allí de discordante y anómalo». En cambio, le fascinaba el claustro porque en él se le representaba a la perfección el ambiente moral del siglo XV. Y cerca de San Juan de los Reyes está el Paseo de Virgen de Gracia que recientemente le ha sido dedicado.

Hay un detalle nimio pero muy significativo que nos muestra el aprecio de Galdós por Toledo y en especial por el barrio de la judería; sabemos que el banco en que se sentaba a reposar todas las tardes en el jardín de su casa de Santander estaba hecho con trocitos de azulejos recogidos por él mismo en la judería toledana.

Por ofrecer algunas pinceladas de sus opiniones sobre la ciudad entresacadas de sus libros, tenemos que en Ángel Guerra Zocodover se describe como el centro del universo toledano, especialmente después de la misa del domingo. En esta novela menciona con frecuencia calles toledanas de nombre tan sugestivo: Plegadero, El pozo amargo, de la Plata, cuesta del Locum, Ancha, Cristo de la Calavera, del Hombre de Palo, etc. En cambio le desagradaba el antiestético conjunto de casas que rodeaban la plaza porque, como dice en Las Generaciones Artísticas: «no tiene la suntuosidad moderna ni la fealdad interesante de lo antiguo”. Le entusiasmaba el Alcázar, «ennegrecido por los años», especialmente por sus impresionantes vistas. Soñaba con convertir el emblemático edificio en un hotel, según lo manifestó en sus notas autobiográficas publicadas con el título Memorias de un desmemoriado. “Esto es un sueño, esto es imposible- escribió-, pero a mí me gusta lanzarme a la región de las bellas hipótesis”.

Su amor por los detalles de la ciudad y su hermosura medioambiental le llevaba a percibir los distintos matices de los monumentos a diversas horas del día. El Alcázar, la Catedral, el convento de las Bernardas de San Clemente o el de San Juan de la Penitencia, eran lugares frecuentados para este goce estético.

Y en fin, fue don Benito, el que no tiene estatua en Toledo, quien en la década de los noventa del siglo XIX, trae a Toledo a un muchacho, Gregorio Marañón, quien sí tiene estatua, un busto pequeño mal colocado entre medias del olor a fritanga de una terraza  de restaurante. Será el doctor Marañón quien en su libro  Elogio y nostalgia de Toledo nos legue muchas de las anécdotas del paso de Pérez Galdós por Toledo.

Quienes estén interesados en la biografía, casi una novela, de este autor, lo tienen muy fácil, pues acaba de salir de imprenta la obra de 1000 páginas de Yolanda Arencibia Galdós. Una biografía, en la que se cuenta de manera exhaustiva la vida y milagros de don Benito. Y quienes quieran realizar la verdadera ruta galdosiana de Toledo que sigan los pasos que marca Mariano Calvo en su libro de rutas toledanas publicado en Editorial Cuarto Centenario.

Celebremos el centenario del escritor más grande de España después de Cervantes, leyendo sus obras. Y que Toledo haga algo sonado para que perdure su memoria, aunque lo sonado sea un concierto, ya que el Galdós puso banda musical a la historia de españa. Termino esta recogida de espigas sobre don Benito Pérez Galdós con una cita en la que da muestras de su análisis realista sobre Toledo: “ciudad clavada en una peña, combatida siempre por recios y helados vientos, en situación inaccesible, áspera, sombría, oscura, silenciosa, menos cuando tocan simultáneamente a misa todas las campanas de sus cien iglesias; incómoda, inhospitalaria, triste, llena de palacios y conventos que se caen piedra a piedra, ennoblecida por su inmensa Catedral metropolitana; ciudad del recogimiento y la melancolía, cuyo aspecto abate y suspende el ánimo a la vez, como todas las ilustres tumbas, que no por ser suntuosas y magníficas dejan de enterrar un cadáver”.

Antonio Illán Illán


Las ilustraciones son de Antonio Esteban Hernando.

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