Trasparente, la relación directa con la infinitud [Jesús Fuentes Lázaro]

· I ·

“¿Qué debiéramos construir para que desde su catedral los fieles puedan acercarse al infinito? Los hombres de hoy ya no caben en los contornos del gótico. Sirvió el románico durante  siglos para mantener encendida la fe de los creyentes. Incorporamos parte de esos elementos al gótico, y elevamos las bóvedas de los templos hasta  trasmitir sensación de lejanía y distancia. Mirando hacia un techo inalcanzable con los ojos humanos, no solo los creyentes se veían así mismos insignificantes, como virutas del Universo, sino que imaginaban que se acercaban al cielo. Durante siglos se acostumbraron a  convivir con la finitud, cobijados por las inalcanzables bóvedas cubiertas de nervaduras. En lugares excepcionales, como en el altar mayor, simulamos el cielo azul, cuajado de estrellas doradas.

“Pero el hombre del gótico ya no existe. Hace tiempo que desapareció. En su lugar un nuevo hombre  ocupa el espacio. Los humanos del siglo XVIII se  ven  como  máquinas compuestas por un engranaje perfecto al que le falta algo. Comunicarse  con el más allá, pero no a través de bóvedas, por muy altas que se levanten. Añoran la relación directa con la infinitud.  Del siglo XVIII se dirá en España que fue invisible. La obra que hagamos justificará nuestra existencia y cambiará  la Historia.

 “Hermanos, el motor de la fe son los misterios. Los hombres necesitan tratar con el infinito, si intermediarios, para que la relación sea plena. Si no atendemos a sus expectativas, la fe se extinguirá. Si la fe permanece como un reducto de pocos fieles,  desaparecerá. Levantaremos una obra como no se haya visto nunca. Que responda y explique las angustias del hombre moderno con el fin loable de que no se pierda en el torbellino de su propia razón. Algo semejante he contemplado en Roma de la mano del maestro Bernini. Toledo no es menos que Roma.

Y, como ha manifestado el Canónigo obrero, la obra que construyamos deberá integrar todas las artes y los oficios: la arquitectura, la escultura, la pintura, la forja, la orfebrería. Los materiales procederán de nuestras canteras y de nuestras fábricas. Debemos atenuar la feroz ausencia de trabajo que multiplica la mendicidad. Nuestra caridad no es suficiente para alimentar tantas bocas hambrientas. Nuestra obra tiene que representar lo ilusorio y lo fugaz para atisbar el más allá. Y en el centro se situará, como el sol inigualable, el más inefable de los misterios: el Santísimo Sacramento.”

Estas fueron las palabras con las que el cardenal, D. Diego de Astorga y Céspedes, resumió los debates  del cabildo de canónigos en la  Sala Capitular de la catedral. Había sido una de las primeras  reuniones de ambas instituciones en la que se obtuvo el apoyo incondicional de los asistentes. Canónigos y Prelados tradicionalmente era poderes que empujaban en direcciones opuestas, cuando no encontradas. Las ideas, allí debatidas, las trasmitiría al joven arquitecto Narciso Tomé, recomendado por la influyente familia Churriguera, un  poder efectivo en las artes de la época. 

· II ·

Narciso Tomé, tras casi un año de trabajo intensivo con sus hermanos y varios maestros del oficio de la construcción, solicitó audiencia a su Excelencia, D. Diego de Astorga, para presentarle el proyecto. El cardenal, recién vuelto de Roma, y varios meses en la Corte, recibió al arquitecto.

“Reverendísimo Sr: humildemente hemos trabajado con las exigencias que su Eminencia planteo. En el proyecto  hemos juntado todas las artes, siguiendo las lecciones y directrices de los maestros antiguos y modernos de cada especialidad. Hemos seleccionado piedras, mármoles italianos y españoles, bronces dorados, estucos. Y la luz, la luz natural. La luz como  expresión de la vida. La luz compone la estructura de la realidad. El altar que proponemos contribuirá a fortalecer la fe de los fieles  con un delirio de formas y figuras, tan atractivas como sutiles en su confección. No de otra manera debe suceder en la gloria. El Corpus Christi del que emana la luz perpetua se proyectará hacia las alturas. Y allí, en el punto geométrico en el que todas las fuerzas de las naves se concentran, su potencia milagrosa romperá las bóvedas en un autentica demostración de la divinidad. Los fieles podrán contemplar la línea divina que nace del Sagrario y se proyecta hacia el cielo inalcanzable.

“El infinito se sentirá, por fin, más próximo, aunque sea tan inasible como lo ha sido siempre. Sabemos, Excelencia, por el dogma de la Santa Madre Iglesia, que el misterio es el fundamento de la fe. No desvelaremos los velos que cubren lo invisible. Les mostraremos a los hombres, como en una escena variada y atemporal, el movimiento sin límites de los cuerpos; la belleza majestuosa de la madre de Dios; las veladuras del tiempo y de la realidad. Ayudarán nuestros santos patronos y una nube de ángeles señalaran el lugar donde habita el cuerpo transustanciado del hijo de Dios. La ficción, a través de la representación, reforzará las creencias en la divinidad infinita.

Nadie se ha atrevido – continuó el arquitecto – con una empresa de tales dimensiones. Abriremos una fuente de luz natural en la parte superior de la girola. La luz cambiante trasmitirá la sensación de que las figuras esculpidas o pintadas adquieren movimiento, en función del  desplazamiento equinocial de los astros.

Le presento una obra que será mi éxtasis o mi hundimiento. Aunque, Reverendísimo, creo humildemente que Dios, que entenderá  mi atrevimiento matemático mejor que ningún humano, colaborará con su eterna sapiencia a crear una obra única. Sin igual”.

· III ·

En 1721, si seguimos a las fechas que se citan en diferentes textos, Narciso Tomé presentó el proyecto al Cardenal. La obra finalizaría en 1732. La inauguración se celebró con grandes fiestas religiosas y profanas, procesiones, juegos de luces, convites, fuegos artificiales y hasta corridas de toros, según cuenta Sixto Ramón Parro. Era una obra tan impresionante que a todos agradaba. Sin embargo, la percepción sobre la obra cambiaría en el siglo siguiente. Se vio en ella el símbolo inequívoco de la decadencia del arte en el Siglo de la Luces. Lo afirmó el Marqués de Pidal. Lo mantuvo Ponz que, a su vez, citó a Amador de los Ríos. Y lo trasmitió Sixto Ramón Parro, el gran representante local de la erudición decimonónica.

Desde entonces hasta los tiempos actuales “El Trasparente” ha sido considerado una aberración. Un ejemplo para analizar, pero no repetir. Una muestra de arte que convertía abiertamente en espectáculo popular lo que hasta entonces había sido espectáculo discreto. Para su descalificación no se presenta ninguna valoración artística y se pasa por alto a la audacia arquitectónica de la obra. Nada se dice de la ejecución de las esculturas o de la pintura. Todo se reduce reflexiones  subjetivas. Con la publicación, en el año 1857, de los dos volúmenes de Sixto Ramón Parro, titulados “Toledo en la mano”, el Trasparente continuó siendo una obra maldita:

Pertenece, en efecto, a la mala escuela, al extravagante gusto

Churrigueresco, con todo el cúmulo de hojarascas y toda la desaliñada

confusión que constituye el carácter esencial de esa malhadada secta

artística ( sí se nos permite la expresión)”.

Lo que resta del siglo XIX y el XX la obra será silenciada. Pocos o nadie han querido considerar que la obra se construyó en una época en la que los hombres hacían esfuerzos titánicos por separar la razón de la sinrazón, hasta entonces no delimitadas. La incomprensión del arte en unos siglos determinados no deja de ser una limitación intelectual, una minusvalía  vital extraordinaria. Vivir juzgando el pasado sin comprender el entorno en el que se produjeron los acontecimientos o las obras de arte acarrea errores en la valoración de la evolución artística de los humanos. Así se explicarían las reacciones contrarias  a las revoluciones de las vanguardias. Así habría que entender la incomprensión hacia los movimientos renovadores que ocuparán todo el siglo XX y lo va del XXI.

· IV ·

Quienes conozcan la catedral de Toledo debieran revisar lo que vieron (si es que lo vieron)  y pensaron (si es que pensaron) sobre ese retablo barroco que se sitúa en la girola, detrás del altar mayor. Quienes no conozcan la Catedral, deberían visitarla y acercarse a contemplar la obra denominada “El Trasparente”.

Después, piensen o crean lo que les parezca.

Jesús Fuentes Lázaro

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