Toledo. Ciudad de cultura: Una perspectiva de futuro. [Antonio Illán Illán, Óscar González Palencia]

Toledo es un magnífico álbum de cultura, de arte, de patrimonio y de naturaleza, donde cada siglo ha colocado su página, ya sea una arquitectura, una pintura, el perfil que define a la ciudad, la trama urbana o la naturaleza que la forma y la conforma. Y es un enclave, un organismo vivo, porque, en sus dos mil años de historia y otros miles de prehistoria, siempre han tenido protagonismo las personas. La cultura es su esencia y su circunstancia. Y su futuro de prosperidad debe sumar asentándose en su pasado. Toledo ya no se puede crear “ex nihilo”. Y no hay que estancarse solo en una rocosa postura para su defensa y salvaguarda, sino que es preciso, sin olvidar lo anterior, realizar propuestas de progreso armónico.

La Toledo ibérica, romana y visigoda; la musulmana ¡ay tiempos de Al-Mam’um!, la de Alfonso VI y Alfonso X, la del saber; la imperial de Carlos V, la de Cervantes y el inicio del Quijote y la del Greco; la de la Iglesia que emula en poder y riqueza a Roma; la venida a enos y la romántica; la de Mauricio Barrès que descubre y goza la amalgama de elementos naturales, culturales y espirituales que han compuesto el “alma” de Toledo, aunque también mencione que “depuis trois siècles elle se ruine”; la Toledo de Galdós, de Urabayen o la que encuentran Rilke y los de la Generación del 27; y la ciudad de hoy que descubre la modernidad con un mal planificado tren de alta velocidad, que hace de ella término en vez de enlace.

Plano de la ciudad de Toledo y de sus cercanías publicado por Alejandro de Laborde y realizado por ingenieros franceses en 1809. Ayuntamiento de Toledo.

Pero sea como sea, se conserva el aroma de la historia y aún se saborea lo árabe, lo cristiano y lo judío, y se saborearía más lo visigodo si la incuria no hubiera dejado enterrada una ciudad que se salvó milagrosamente de una cubierta de asfalto y de cemento.

De la misma forma perdura la idea trascendente del Toledo que simboliza la convivencia y un diálogo permanente entre culturas diferentes (el término cultura puede sustituir a religiones), y es imagen de tolerancia y sabiduría, que revela un anhelo de armonía entre las distintas civilizaciones.

Y también podemos decir que hoy Toledo es algo más; en el centro de la misma cultura occidental representa un “lugar de memoria”, como diría Pierre Nora, hecho de realidades y de ensueños, de leyendas medievales y modernas que hacen de ella un referente en el mundo.

Para mantener como símbolo universal y como imaginario colectivo este Toledo que vivimos con amor, es preciso que la ciudad vea crecer hijos en sus calles y en sus plazas y no solo masas humanas con un souvenir entre las manos. La ciudad que queremos debe asentar en un proyecto cívico su progreso armónico, partiendo de lo que es: una ciudad de cultura en la que viven, y deben vivir más y mejor, las personas.

Nos gusta pensar y beber en las fuentes del saber que alimentan nuestra inteligencia. Por eso ahora recordamos algo que nos sirve para enmarcar el Toledo que nos gustaría. Debemos a Américo Castro una de las teorías más lúcidas sobre aquello que forma la identidad de los pueblos y de los territorios. Esa teoría se funda en una dualidad terminológica que se corresponde, a su vez, con dos ejes, el espacial y el espiritual. Nos habla Castro de  “morada vital” como del entorno físico, el marco locativo en que los pueblos desarrollan su historia; y menciona la palabra “vividura” para referirse a una cultura, a una forma de convivir y a las expresiones espirituales que se siguen de ella.

1982. Eduardo Chillida durante la instalación de la escultura intramuros de la ciudad antigua.

Podemos considerar que Toledo, por lo que representa, por lo que nos inspira espiritualmente, por lo que emocionalmente nos suscita, por lo que identitariamente nos aporta, es una morada vital, y una vividura para los que la vivimos cotidianamente, y también para aquellos otros que, pese a vivirla de manera más episódica, se llevan impreso, en el sentimiento, el sello de la ciudad.

¿Y cuál es esa identidad toledana? ¿Es, acaso, la resultante de la suma de sus monumentos, de sus estilos artísticos, de sus hijos ilustres, de su fondo legendario, de los ecos históricos que resuenan intra y extramuros, en el casco, en los cigarrales y en el río y sus riberas?

Un coetáneo de Américo Castro, Félix Urabayen, sentenció que Toledo había permanecido inalterada en los cuatro siglos precedentes debido al desdén que había provocado (nadie se había ocupado de la ciudad en cuatrocientos años y eso, paradójicamente, la había hecho permanecer en un aparente estado de inmutabilidad).

¿Cabe, por tanto, inferir que la identidad de Toledo como ciudad se debe a la desatención general? ¿Una de las ciudades más sugestivas, evocadoras y patrimonialmente más ricas del mundo debe su grandeza y su singularidad a que no se le haya hecho el menor caso durante la última parte de la Edad Moderna y la totalidad de la Contemporánea? La respuesta puede ser afirmativa si la emitimos desde la perspectiva de quienes entienden que lo mejor que se puede hacer por la ciudad es dejarla como está. Sin embargo, es indudable que lo que está vivo se mueve, y solo lo muerto persiste inalterado. Así que, si queremos que Toledo perdure en su moribundia, podemos sumirla en ese desprecio secular que la ha aquejado; incluso podemos enterrarla un poco más, como se pretendió hacer, y aún algo se piensa, en las Vegas alta y baja. Y, si optamos por que viva, tendremos que decidir sobre el signo de su movimiento: evolutivo, en progreso (es decir, con un desarrollo en igualdad), o involutivo, conservador (es decir, con un crecimiento en desigualdad). La respuesta al interrogante es, indudablemente, política, pero no solo electoral; porque, del mismo modo que la democracia es mucho más que el ejercicio del voto, la política (sobre todo, la municipal) es mucho más que la gestión de los representantes públicos. Por lo tanto, todos estamos llamados a las urnas, pero con una voz tanto o más apremiante, todos estamos convocados al ejercicio cultural (colectivo, espiritual, de convivencia, político) de construir un futuro para Toledo. Y es un momento determinante ahora que hay que planificar un nuevo POM para cincuenta o cien años.

Toledo. José Beulas, Óleo sobre lienzo. 1964. Colección Banco Santander

Hemos citado dos nombres, los de Castro y Urabayen, que son apenas un par de referencias pertenecientes a ese sustrato, a esa tierra nutricia que es la memoria, sin la que es imposible que ningún proyecto fructifique, porque un porvenir sin el raigón del pasado es un árbol plantado en el viento. Y es así, como un neumatóforo, como una realidad etérea y volátil, como un relato de palabras aventadas con más peso que las piedras y el agua, como Toledo ha ido incorporándose a nuestro tiempo, a la Posmodernidad, con un paréntesis de tiempo (ese al que se refería Urabayen) en el que no cupo, para la ciudad, un proyecto ilustrado, ni una revolución industrial, ni un moderno planeamiento urbanístico, ni una iniciativa vanguardista e innovadora…Y es así, sin raigambre con el pasado cercano, como Toledo se ha ido moviendo con estertores que la han traído hasta nuestros días, vadeando por la bajura de un río esquilmado y putrefacto a punto de secarse, la última crisis que es, innegablemente, económica, pero también ética y de liderazgo…Y así ha sido, finalmente, como, por obra y gracia de la globalización (esto es, indudablemente, un fenómeno global), pero también por acidia y desgracia de la globalización (no conviene eludir las responsabilidades regionales ni locales) cómo, en Toledo, el discurso ha involucionado a mensaje, y éste ha mutado en eslogan. De ese modo, con orgullo, nos decimos “ciudad de las tres culturas”, sin que eso nos cause rubor al comprobar que poco o nada se ha hecho por hacer de la cultura un motor de progreso para la ciudad, que poco o nada se ha hecho por la integración por medio de la cohesión espacial que reduzca las distancias entre barrios agrupados por una ordenación de archipiélago, que acreciente el sentimiento de pertenencia, y que borre, por fin, las espurias etiquetas que categorizan, de más a menos toledanos, a los miembros de la comunidad, dependiendo de la zona de la ciudad que habiten… Toledo es un todo, no solo un casco histórico intramurallas y extramurallas.

Es un buen comienzo para iniciar todo aquello que está pendiente: el progreso de la ciudad de acuerdo con un modelo de desarrollo sostenido (no sujeto a las oscilaciones cíclicas de ocurrencias partidistas) y sostenible (la ciudad también es patrimonio natural), de acuerdo con el estímulo de la sensibilidad y el conocimiento (sin el enardecimiento de la excitación y de la experiencia impactante y efímera), de acuerdo con un patrón de consumo que represente, de verdad, un crecimiento adecuado de la demanda interna (no solo un paradigma de usar y tirar…).

Por todo eso, llama la atención que no se hable más y mejor de cultura como del verdadero aglutinante de la ciudad, de sus componentes espaciales y espirituales, como un vínculo entre su pasado y su presente y como el único puente posible para su futuro, de la “morada vital” y también de la “vividura”.

Toledo necesita un relato que cohesione su patrimonio: produce perplejidad que no haya un concepto, un proyecto, una iniciativa institucional que, a modo de multiplicador keynesiano, active la cultura como dinamizador y estímulo de la inversión privada, de las oportunidades y del empleo. Y cuando hablamos de cultura no lo estamos haciendo de la industria del entretenimiento. ¿Cómo es posible que este concepto no vincule el Palacio de Congresos, el Convento de Santa Fe, el Museo de Santa Cruz y la Biblioteca de Castilla-La Mancha, en lo que es el eje básico de la cultura toledana? ¿Cómo es posible que no haya una agenda cultural que asocie todos los espacios escénicos de la ciudad? ¿Cómo es posible que iconos identitarios como el Greco, el elemento judío, el elemento musulmán, la lengua y la literatura españolas (a través de los hondos ecos de la literatura del Siglo de Oro y de la Generación del 98 presentes en la ciudad) convivan como piezas disyuntas sin que constituyan hitos de un mapa cultural perfectamente identificable?

Hablamos de avances modestos, casi elementales en la gestión de la base identitaria y económica (en la medida en que la cultura debe ser el motor económico) de la ciudad. Tras esos avances dados a modo de prólogo, queda pendiente un verdadero relato, a la altura de la representatividad de la ciudad, que incluya el primer paso hacia un auténtico proyecto cívico con que conquistar el porvenir.

¿Acaso no merece Toledo un gran festival de cine que ocupara un buen tiempo del otoño? y ¿por qué no podría nacer un gran certamen musical en primavera, que bien pudiera hacer de la ciudad la capital mundial de la música antigua, hermanada con Basilea y con Gante? Estos son solo dos ejemplos que debieran entenderse como hitos sostenidos en el tiempo con resonancia mundial. Lo mismo podríamos hablar de un festival del cómic, un concurso o encuentro literario que trascienda, una feria de arte y/o de las industrias culturales y creativas… Mucho cuidado con el signo de la respuesta, puesto que podríamos incurrir en el error de estimar que la nuestra está por debajo de otras ciudades como Venecia, Edimburgo, Aviñón, Bayreuth, Lucerna, Florencia, Guadalajara (México), Alcalá de Henares, Barcelona, Málaga, Bilbao, Oviedo, Granada o San Sebastián. Estas ciudades tuvieron pensamientos a lo grande, los llevaron a la realidad, luego fueron creciendo y hoy conforman parte de su modelo de vida; lo que no hicieron fue una política de ocurrencias de un día, de una semana, de un mes o un año o de detalles culturales solo para consumo interno.

¿Por qué no considerar al Greco como el símbolo de ese Toledo abierto, mixto, donde convergen todas las personas que tienden al saber, al estímulo de la sensibilidad artística y convertirlo en un gran museo unitario e irradiador atrayente de culturas? ¿Acaso no podríamos imaginar como posible el gran museo judío alrededor de la sinagoga imponente que es el Museo Sefardí? Toledo es la Jerusalén de occidente, es la capital de Sefarad, pero no lo expresa con grandeza.

Imaginemos, por un momento, una iniciativa ambiciosa. Pongamos, por caso, un museo de arte moderno y contemporáneo, tipo Guggenheim. Imaginemos que esta gran infraestructura cultural queda ubicada en un entorno de la ciudad (por ejemplo, en la zona de contacto entre Santa María de Benquerencia y Santa Bárbara) que cohesiona el anillo exterior de la misma y da continuidad a la nueva arquitectura civil y a la galería de esculturas de la zona este de la ciudad. Imaginemos que, a esta infraestructura cultural, ligamos otra infraestructura de transportes y comunicaciones (por ejemplo, un intercambiador donde converjan las estaciones de autobuses y de trenes, de tal manera que haya una ligazón entre este espacio, la vieja estación de tren, como dependencia del nuevo museo y la anterior estación de autobuses, como centro de recepción de visitantes, con espacios habilitados para articular una importante galería comercial, que sirva, además, para mejorar la accesibilidad a la ciudad histórica).

¿Una quimera? ¿Una ocurrencia arbitrista? Bien. ¿Cuánto dista Toledo de León o de Bilbao, donde estas iniciativas fueron posibles hasta ahondar la identidad cultural de la ciudad en el primero de los casos y para cambiarla en un giro copernicano en el caso de la segunda? ¿Por qué fue posible simultanear ese concepto de cultura y consumo, de encuentro cultural y comercial en el viejo mercado parisino de Les Halles y no sería posible en Toledo?

Una respuesta refractaria a todas estas propuestas tiene un único argumento que la ampare: el económico. Se aducirá, como razón, la imposibilidad de apelar a un endeudamiento de tal magnitud para un Ayuntamiento de una ciudad como la nuestra. Sin embargo, es indudable que las únicas dos opciones reales con las que cuenta un edil de la Administración local para abordar proyectos de este cariz son unos juegos olímpicos o una exposición universal. ¿Por qué no retomar el viejo proyecto de Madrid como ciudad olímpica, propuesta en la que Toledo podría tener una parte, por ejemplo, en los deportes acuáticos, con un Tajo limpio y con un caudal ecológico? ¿O es que, tras muchos años reivindicando la unidad de cuenca del río, de acuerdo con la Directiva Marco del Agua, con el sentido común y con el principio de igualdad no hemos tenido tiempo de pensar en una funcionalidad cultural, económica, deportiva, de comunicaciones y transportes, para el Tajo, a su paso por Toledo? ¿O será que la España central (la España vacía, la España olvidada) no puede aspirar a que se le concedan unos Juegos Olímpicos o una exposición universal o un museo diseñado por un Frank Gehry, que albergue parte de la colección de Solomon y Peggy Guggenheim…o de los Robertos Polos que se busquen?

¿Por qué no dar el paso de la ciudad arboricida a la ciudad arborescente? Toledo recuerda jardines medievales con clepsidras de cristal. Fue una ciudad pendiente del agua con su acueducto romano, sus artificios de Juanelo o sus azacanes. El Greco la pintó verde en su vista. Acaso hoy la pintara ocre.

¿Por qué no imaginar la ciudad educadora o la ciudad lectora, como tantas del mundo ya lo son? No es tan difícil ni tan costoso.

¿Por qué no concebir la ciudad de la literatura con sus rutas, sus esculturas, sus lugares de memoria, sus señas de identidad reconocibles?

¿Por qué no crear la industria de la enseñanza de la lengua española con motivo del 800 aniversario de Alfonso X el Sabio, algo que podría dar vitalidad y negocio limpio como lo hacen tantas ciudades inglesas?

La frontera entre lo posible y lo imposible, frecuentemente, se reduce o se amplía en función de la manera que tengamos que concebir y de ejercer el liderazgo político. Toledo merece representantes ambiciosos, capaces de analizar, con perspicacia, el presente, instruidos para conocer, con profundidad, el pasado, competentes para anticipar, con valentía, el porvenir, y lo suficientemente humildes para no renegar del talento y para saber que deben contar con todos. La ciudad no es una apuesta de lotería, es un pensamiento grande y una sucesión de acciones prácticas, como, por ejemplo, el hospital que abrirá muy pronto sus puertas.

Esta concepción de Toledo como ciudad cultural, y ciudad de la cultura, la sostenemos en un compromiso ético, que se manifiesta en la voluntad de socializar lo que es nuestro y, al tiempo, lo que es de todos; es una convicción y un sentimiento que reside en el deseo de hacer de las manifestaciones culturales un ámbito de encuentro, de concordia, de fraternidad, en tanto que las grandes obras del arte y del pensamiento mejoran la disposición moral de las personas y tienden a estrechar sus lazos de hermandad.

Es a partir de este sentido ético, universalista y profundamente humanista desde el que pensamos un Toledo cultural, armónico y no turistificado, que avanza por la vía del progreso sostenible. Si así fuera,  estamos seguros de que podríamos hacer nuestras las palabras del doctor Marañón: “Todos quisiéramos que los hombres de mañana encontraran, como nosotros todavía, lo más profundo de la conciencia de esta ciudad, que es un aparte de la conciencia del universo, con esos oasis del tiempo, que parecen muertos, pero donde alienta el soplo inaudible de la Eternidad”.

Antonio Illán Illán

Óscar González Palencia

(Toledanistas confesos)

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2 Comments

  • Antonio Illán Illán

    ¡Enhorabuena! José María Martínez Arias, por la primorosa edición, que es como un vino tan bueno que eleva la categoría de la comida. Las imágenes captan el espíritu del artículo y la intencionalidad de Óscar y mía al escribirlo.
    Gracias.

    • JM. Martínez Arias

      Antonio, muchas gracias por tus palabras, enhorabuena a los dos por el entusiasmo que transmite el texto, una dosis completa de reivindicación y reflexión que tan necesarias son para alcanzar cambios. Un abrazo.

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