Toledo caminando de este a oeste (y III) [Luis Antolín Jimeno]

@Benjamín Juan

El viajero se ha tomado un tiempo hasta que ha decidido seguir el viaje. Enlazar caminando los lugares que están enredados en los sentimientos se ha convertido en su razón para ponerse en el camino. Aunque nació en Toledo, sus orígenes tienen todo que ver con Palencia.

De Toledo a Torrijos

Demasiado recorrido para ser el primer día, demasiado asfalto también. Demasiado prepotente y chulito, se pone en el camino sin apenas preparación. Se cuelga la mochila y allá va. Ha salido de Toledo en estampida, aprovechando diez días sin ninguna obligación, ahora o nunca, debió pensar. Y comete todos los errores que, al terminar el anterior viaje, prometió que no volvería a cometer.

El primero caminar con prisas. Quería llegar al albergue municipal de Torrijos para pasar allí la primera noche. Pero, los lunes y martes tienes que llegar antes de las tres de la tarde. Curiosa condición para caminantes, pero “como es gratis…” Debieron pensar los munícipes, “pues te jodes”.

El tramo hasta cruzar el río Guadarrama ya lo había hecho en otra ocasión cuando caminó hasta Albarreal de Tajo, desde Toledo. El camino se comporta como ya sabía, camiones y coches circulando por un camino de tierra polvoriento y sin miramientos para el caminante. Algunos camioneros sí que bajan la velocidad. Los coches, creo que incluso aceleran cuando ven a alguien en el camino.

Después de cruzar el Guadarrama, el camino hasta Rielves es una recta interminable, una estepa de cereales agostados, partida por el camino reseco. A los castellanos nos gusta este paisaje.

Con el sol apretando en la cabeza, un carro-torre de riego parece el esqueleto de un animal prehistórico. Las torres de la luz, gigantes quijotescos. En un bar de Rielves, mientras come apresuradamente un bocadillo, aparece otro caminante con el que apenas cruza un ¡buen camino! cuando sale del bar.

De Rielves a Torrijos la distancia es mayor de lo que su prisa necesita. El suelo es de gravilla y hormigón, sucio. No mira el mapa, con Torrijos a la vista camina como si supiera a dónde va y se equivoca al cruzar Barcience y añade un par de quilómetros a su viaje. Además de cansado, está histérico porque se ha propuesto llegar antes de las tres. Otro error que comete es caminar con dudas sobre el alojamiento. Aun saliendo antes de las seis de la mañana, a duras penas llega a las tres menos cuarto. Se ha hecho mucho daño en los pies. Por primera vez en sus caminatas, se le ha levantado la piel y le duele la planta.

Torrijos tiene palacios y conventos muy bonitos: El Ayuntamiento, algunas calles y la Colegiata merecen la pena. Se entera de quién es Teresa Enríquez, la loca del sacramento. Fundó conventos y hospitales, dedicó su esfuerzo y patrimonio a dar de comer a los pobres e hizo de su capa un sayo, quiero decir que cambió sus ropas ricas por estameña. ¿Por qué la llamaron loca? Se conserva su cuerpo, más o menos incorrupto, en uno de sus conventos.

Hasta Medina del Campo me llama la atención que este camino lo recorrieran tantas mujeres ilusas, empeñadas en tareas descomunales. Isabel la Católica, Juana I de Castilla “La Loca”, Teresa de Jesús y Teresa Enríquez “La Loca del Sacramento”. Hablamos de los siglos XV y XVI. Sus referencias me acompañarán desde Toledo hasta Medina del Campo.

De Torrijos a Escalona, viaje sin mapas.

Son las siete y hace frío. El viajero lo agradece porque el temor de este viaje era el calor. Ha perdido los mapas de esta jornada y parte de la siguiente. Los despistes los soluciona por las bravas, si no encuentra el camino, a la carretera. Cuando ya está a la vista Val de Santo Domingo, ve a un caminante a los lejos y atrocha campo a través para tomar esa senda. Acierta y se ahorra unos metros y la dureza del asfalto. A Val de Santo Domingo llega sin referencias de cual es el camino que debe seguir, y al llegar al centro se encuentra una concha de cerámica del Camino de Santiago en la pared que le indica una dirección. Pero no vuelve a encontrar más señales.

Val de Santo Domingo-Caudilla fue repoblada por cristiano viejos en el Siglo XII. La plaza es una orgía de banderas, las que más de España, luego de todo lo que se pueda representar con tela: Europa, Castilla, la del pueblo, supongo. A tono con los símbolos textiles, apoyados en la iglesia, yugos y flechas, cruces de San Andrés, vítores y una cruz de los Caídos por Dios y por España, que Dios los tenga en su gloria. Y al obispo y al párroco también. Y de paso a los responsables políticos de La Mancha. El viajero no quiere darle muchas vueltas a esto, pero se lo va encontrando en casi todos los pueblos.

De Val a Maqueda cambia la sensación. Gredos, en el horizonte, cambia rotundo el paisaje y, en cierto modo, refresca. También ha cambiado el suelo, ahora es de tierra. Bueno, es un decir porque hay gravas de todos los tipos que machacan los pies del caminante. En un momento, una gravilla puntiaguda y afilada convierte cada paso en un quejido de dolor. Parece puesta a mala leche para sus pies doloridos. El viajero imagina a un concejal tomando la decisión: Pues no quieren penitencia los peregrinos ¡Ahí la tienen!

Apenas hay vegetación silvestre porque los cultivos, de trigo sobre todo, llegan al límite del camino, cuando no se meten. En un trecho de unos treinta metros, hay dos almendros silvestres y otros árboles y matojos. A su sombra, la única de la contornada, se reúnen todos los conejos, urracas y bichos que no conozco. En los campos una maquina segadora recoge prematuramente un trigo agostado que apenas ha tenido ocasión de dar grano. Y cuando Maqueda ya está a la vista se acaba el camino de tierra y ¡a la carretera! Otros dos quilómetros de asfalto.

Maqueda es interesante. En un bar en el que se para, aparece el caminante que vio en Rielves. Apenas cruzan un saludo, suficiente para saber que es francés y que no tiene ganas de hablar. Sale, rodea un rollo y toma el camino hasta Escalona, doce quilómetros de buen piso y magnífico paisaje. Cerca de Escalona comienzan las encinas. Cruza por un arroyo escaso de agua (el arroyo del Borrico tal vez) que alimenta un bosque en sus orillas. En el barro ve las huellas ajedrezadas de las botas del caminante francés y se las aprende por si en otro momento, su rastro le sirve para algo.

En el último tramo de la jornada, un reactor le entretiene interpretando una danza, entre el estruendo y el silencio, que le hipnotiza. Contra el fondo de montañas el avión es invisible, solo el ruido, luego vuela a su derecha, pegado al horizonte, y de pronto se empina vertical, sube al cielo con un rugido largo y, cuando casi le pierde de vista, se calla y se deja caer en silencio, trazando una diagonal, de vuelta a las montañas. Deja de verle y oírle, una golondrina cruza el camino y el viajero la confunde con el avión. Al rato, vuelta a empezar. La danza aérea, el buen camino y el paisaje abierto a Gredos han hecho que se olvide del dolor de los pies.

En Escalona no encuentra alojamiento, los que tenía previstos han cerrado, y se aloja en el Albergue Municipal, en la escuela. No hay tubería que no gotee. Encuentra una llave inglesa y se entretiene en arreglar una fuga del calentador de agua.

El castillo y su entorno, la plaza y las murallas también merecen una visita. Se da cuenta de que en su vida ha pasado por muchos sitios, pero no los conoce. Entra en la iglesia de San Miguel Arcángel en la que unos niños preparan su comunión, dirigidos por un cura patoso que les hace cantar cancioncillas simplonas, de esas de curas. En un bar de la plaza pide tal cantidad de comida para merendar, que no puede con ella y se la lleva para cenar. Con los camareros bromea y se ríen por su ansiedad.

Maqueda y Escalona recogen algunas de las peripecias del Lazarillo de Tormes. Esa en la que el Lazarillo hace que el ciego se estrelle contra un pilón y que nos daba tanta risa a los niños, solidarios y cómplices por las desventuras del rapaz.

De Escalona a San Martín de Valdeiglesias

Qué mala jugada ha sido perder los mapas de estas jornadas. Pifia la salida de Escalona y se ve caminando por la carretera. No se resigna y en un cruce toma un atajo para ver si encuentra un camino de tierra. Camina más de un quilómetro y se ve encerrado entre terrenos de cotos vallados que impiden el paso a ninguna parte. Se rinde y vuelve a la carretera. Consigue apartarse del asfalto por un camino adyacente, pero acaba emboscado y, ahora que quiere, no puede volver a la carretera. Tarda más de dos horas en llegar a Almoróx y le faltan aún veinte quilómetros.

El viajero se detiene en Almorox, en un bar, escribe y toma notas para obligarse a la calma. La torre de la iglesia que, cuando se pasa en coche, parece pobre, es una magnifica iglesia renacentista, con portada plateresca. El rollo de la plaza, también plateresco, es muy bonito. Almoróx es un hito del recuerdo para el viajero. Aquí estuvo a los once y los doce años en un campamento de la OJE y tiene muy vivo en el recuerdo, el olor y el calor del pinar.


Sale de Almoróx con el alma en vilo porque hay mucha distancia hasta San Martín de Valdeiglesias y, sin señales y por una naturaleza complicada, puede pasar cualquier cosa. Todo va bien al principio, pasa por un bosque recientemente calcinado, un puente y un tramo de calzada romana. Al viajero le emociona pisar esas piedras.

El paisaje es muy sugerente al adentrarse en el pinar y, cuando está en un cruce sin saber por dónde ir, llega el caminante francés, llamémosle Michel, señalando el camino de la izquierda. Caminan juntos, sin hablar. Parece un poco autista este tipo. Él lleva una guía buena, aunque tampoco consigue aclarar tantos cruces de caminos como hay. Toman las decisiones por intuición o indicios. Incluso hacen caso de las huellas de otros caminantes. Él tiene mejor guía, pero el viajero más intuición, y se van complementando. Cada uno lleva una velocidad y van adelantándose, ahora tú, ahora yo detrás, pero no se pierden de vista. Cuando cruzan una carretera, que separa Toledo y Madrid, el viajero se sienta a descansar. Michel le pregunta si va bien, porque ha visto que cojea, le dice que sí y allí se separan.

El camino es precioso por el pinar, que poco a poco es sustituido por el bosque de carrasca y encinas. La encina es el árbol favorito del caminante y aprovecha la ocasión para abrazarse a alguna. No se puede pedir más, bueno, sí, que no le dolieran tanto los pies. El tiempo es buenísimo, todo bien si no fuera porque no va en la buena dirección. Camina y camina por un bosque que no ofrece ningún dato para orientarse y empieza a pensar que está perdido, aunque continúa andando mecánicamente, sin querer pensar en que el día avanza y la noche no está tan lejos.

En el camino aparece un forestal que vuelve de su trabajo y le lleva hasta Pelayos de la Presa. Realmente estaba muy perdido. Es la primera vez que hace un tramo del viaje en un vehículo. Desde Pelayos camina a San Martín de Valdeiglesias. Más que cansado se siente exhausto. Las emociones y el miedo también cuentan.

En el Hostal de Pilar. que ayer le dijeron por teléfono que “sin problemas” le dicen que no hay habitación. Es difícil ver enojado al viajero, pero no está para bromas y maldice por el Chápiro Verde. En medio de una bronca familiar por saber quién le atendió ayer por teléfono, le dan una habitación que sí tenían. Algo no está yendo bien en este viaje. Se amorra a una cerveza, luego a otra y vuelve la calma.

Epílogo

A partir de ese día el viajero modera la longitud de las etapas y gana tiempo para visitar los lugares y hablar con la gente. ¿Quién dijo que viajar caminando fuera fácil? Viaja por lugares de los que no tiene mapas, vuelve a perderse y llega, como era su intención, a Palencia, donde le esperan con cariño recuerdos, nostalgia, familiares y amigos.

Luis Antolín Jimeno

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Fotografías del autor.

Hay una versión completa de el diario de este viaje en el blog De Valencia a Toledo andando, y en De Palencia a Toledo andando.

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