Por Toledo en el siglo XII (I) [Jesús Fuentes Lázaro]

@Antonio Esteban Hernando

PRÓLOGO

La declaración de “Estado de Alarma” por la aparición de un virus incontrolable suspendió la realidad. Pero no solo el presente, también el futuro, se  congelaba. Quedaba únicamente el pasado. Recordar el pasado nos podía mantener en una cierta sensación de continuidad. Pero ¿qué periodo del pasado elegir para no perder la seguridad de la pertenencia? Lo aconsejable: un tiempo en el que casi todo pudiera ser “inventado”. Un siglo propicio podía ser el XII. Tan lejano como para que pudieran cohabitar, sin molestos chirridos, la realidad de los sucesos con la irrealidad de lo imaginado. Aunque, lo advierto, nada de relacionarlo de la serie “El Ministerio del Tiempo”.

Durante las semanas que estuvimos confinados, cada domingo se publicó en el diario “La Tribuna”, un texto que pretendía ser un paseo por Toledo en el siglo XII. ¿El pretexto? La estancia real en Toledo del personaje real, Gerardo de Cremona.                                                          

PRIMERA PARTE

La Historia es la novela más instructiva de la humanidad. Así lo explicita el libro de Irene Vallejo, “El infinito en un junco.” Cuenta, entre otras historias, cómo se creó Alejandría. Cuenta cómo algunos reyes de Egipto se empeñaron en construir en ella la biblioteca más grande del mundo conocido. Una “Biblioteca de Babel”, que imaginara Borges siglos después, como el Universo mismo.

Para lograr el proyecto los reyes de Egipto encargaron a multitud de hombres  recorrer caminos, escudriñar ciudades y palacios, donde se guardaban libros de tiempos anteriores. Se arriesgaban a ser asaltados, robados o matados. Se exponían a contagios de enfermedades nunca oídas; a picaduras de mosquitos  que enloquecen a los hombres. Soportaron todo para hacer realidad el sueño de unos reyes que ambicionaban reunir en la nueva ciudad la sabiduría y la ciencia al completo de la humanidad. Lo necesitaban para saberse inmortales. Los otros poderes, la riqueza, la guerra, la paz, o disponer de la vida de los demás, ya lo tenían. El sueño o locura de almacenar libros escritos en diversos materiales en la ciudad de Alejandría me conectó con Toledo. Y con los años brillantes, vistos en tanta distancia, en los que la ciudad se había convertido en un lugar de atracción para los estudiosos del mundo occidental.

Los destellos de Toledo @Antonio Esteban Hernando

Un tal Gerardo, joven y atrevido, contempla el perfil de la ciudad desde el otro lado del rio. Los rayos del sol devuelven destellos de las cerámicas que revisten palacios, mezquitas y escuelas de enseñanza. Entrecortados, se escuchan las voces y ruidos de los trabajadores que construyen la catedral, el templo cristiano más imponente jamás planteado. Gerardo ha venido a Toledo a realizar un sueño. ¿Es Toledo, en el siglo XII, un lugar en el que realizar sueños?

En escuelas de media Europa se rumorea que el saber, la ciencia y la técnica de la humanidad se están reuniendo en Toledo, a salvo de las guerras devastadoras, impulsadas desde el Norte de África. No sabe cómo explicarlo, pero desde niño, en Cremona, ha vivido subyugado por el movimiento de los astros. Sí sabe, porque se lo han contado maestros de diferentes ciudades, que en Toledo se conserva el libro más grandioso de esta disciplina: el “Almagesto”, de Ptolomeo.

Germán al otro lado del río. @Antonio Esteban Hernando

Y sabe que, con sus fundamentos teóricos, el sabio árabe Azarquiel, ha construido un aparato, copiado en los territorios más distantes de la tierra. El invento aportaría la tecnología más avanzada durante siglos para orientarse entre las estrellas, las tierras y los mares. Lo llamaban Astrolabio.  

Contempla el perfil de la ciudad. Desde el lado en que se encuentra se aprecia su fisonomía de fortaleza natural. Una composición equilibrada entre montaña y vega. Se levantó en un monte inexpugnable con un rio que la rodea como un foso protector. El mismo rio, que brama feroz contra adversarios e invasores, alimenta las vegas circundantes en las que se pueden cultivar todos los frutos, todos los vegetales, todos los cereales. Se diría que es una copia del paraíso. Pero no puede evitar pensar que, sí ese conjunto armónico de monte y vega  alterara su topografía en algún tiempo de desorientación, perdería su condición mágica. 

@Antonio Esteban Hernando

Por fin, cruza el río. Avanza hacia la ciudad inexpugnable. Al entrar por un puente empieza a creer que se ha introducido en un laberinto, como en la narración de la isla del minotauro. Le han dicho que se asemeja a Córdoba, la capital de los Omeyas, de donde provienen gran parte de los libros que se almacenan en ella. Gerardo de Cremona presiente que se adentra en una biblioteca – la ciudad es una gran biblioteca diseminada – en cuyas casas, escuelas y palacios se acumula la ciencia y la sabiduría, que permite a los hombres aprender y ejercitar la convivencia, muchas veces encontrada, de todos los saberes. La ciencia o es contraposición o dogma.

No será consciente, pero él será un ejemplo atractivo de esa coexistencia de culturas y razas. Y de la misma manera que la biblioteca de Alejandría no es un lugar único, sino muchas y variadas estancias, Gerardo descubre claustros, madrasas, sinagogas, casas en los que se depositan los libros que huyen del fuego, de la epidemia de la ignorancia, de persecuciones diversas.   

Se aproxima la noche. Divisa el ocaso del sol con tonalidades de Oriente. Y cuando la oscuridad acaricia la ciudad contempla una luna de Alá (homenaje a Aute), flotando en un techo estrellado. No tardará en admirar las clepsidras de mármol, de Azarquiel, que fijan las horas con precisión matemática.

@Antonio Esteban Hernando

Mientras espera a que hombres, mujeres, burros, mulas, carros, jaulas de gallinas, patos o palomas, pastores, aguadores y otros paguen el pontazgo, Gerardo intuye que será ajeno a la ciudad si no conoce las lenguas que  escucha: un ruidoso revoltijo de sonidos y acentos. En árabe no todas las entonaciones suenan igual. Unas, imagina, tal vez procedan de Siria; otras,  toscas y, en ocasiones incomprensibles, provendrán del desierto o de las aldeas tribales del Atlas. Los comerciantes hablan hebreo. Y todas se entremezclan con el idioma oscuro de los francos o el griego de los puertos de Sicilia.

Lo que más le impresiona, sin embargo, es una retahíla de vocablos, nunca oídos, que parecen latín. Él habla el latín popular de Cremona. En Toledo suena diferente. Siglos más tarde, Francisco Márquez Villanueva explicará en el libro “El concepto cultural Alfonsí”, que la jerga que escucha es la denominada “Lingua Tholetana”. Se están formando las primeras palabras y construcciones sintácticas de un nuevo idioma: el castellano. En medio de la algarabía de lenguas y sonidos, Gerardo se convence de que, o aprende las lenguas que se hablan en la ciudad, o no podrá acceder a la traducción del soñado “Almagesto:” Sería un fracaso como fue el de Boecio. Él no va a fracasar.

El desierto. @Antonio Esteban Hernando

En los primeros contactos con la urbe ha sentido zozobra, pero no miedo. Toledo en el siglo XII es una ciudad vertiginosa por sus logros culturales y por su actividad industrial. Ninguna ciudad parecida existe al Norte de los Pirineos. La convivencia en Toledo resulta habitual. Nadie parece extraño en un lugar donde todos son foráneos. La diversidad de lenguas ha impuesto la normalidad de las diferencias.

Cuando lleve tiempo descubrirá que la ciudad es el resultado intencionado del esfuerzo de unas élites culturales y económicas, primero árabes, después mozárabes, que, desde siglos, trabajan por su esplendor. Los mozárabes son cristianos arabizados, con sus ritos religiosos propios y sus leyes particulares, que han sobrevivido a épocas diferentes de catástrofes políticas, persecuciones religiosas o económicas. ¡Ah, el gran Elipando, que el mercenario Beato, desde la Liébana lejana, desprestigiara!

Pero sí convivir en la ciudad durante el día requiere audacia, la noche resulta peligrosa. Por el día, se muestra activa, industriosa, culta; por la noche, turbia y violenta. Como sucede en las ciudades populosas, la noche se convierte en el almacén en cuyas estanterías se amontonan las historias que no se cuentan. En las páginas secretas de los libros de la noche se relatan las conductas ocultas de sus moradores, sus angustias, desvaríos y fracasos.

Jesús Fuentes Lázaro


Ilustraciones de Antonio Esteban Hernando@antonioestebanhernando

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