Paseos en la Fase II. Botánica y arqueología de andar por casa [Luis Antolín Jimeno]

@Jesús Gómez-Escalonilla

Los españoles tenemos fama de arboricidas. De prestar poca atención a nuestro patrimonio natural. Los toledanos, embebidos como estamos en las piedras, tampoco prestamos mucha atención a los árboles. Mis vecinos no saben como se llaman ninguno de los árboles que rodean su casa. Cuando paseo, y me cruzo con ellos, con los árboles, me gusta llamarlos por su nombre, ellos me cuentan sus historias y yo me siento más acompañado.

Arboleda en la rotonda calle París

No soy ni botánico ni arqueólogo. Lo mío es aprovechar que me permiten salir a caminar para salir pitando de casa, anotar lo que veo y contarlo. Eso sí, antes de las diez, que es mí horario. En cuanto me haga un poco más mayor, ya pronto, podré salir más tarde.

Salgo de casa y trepo por los Campos de Don Gregorio (habría que aclarar qué campos son esos: fueron campos de deportes y en este blog hay alguna referencia a ellos). Aunque ahora es un barrio guay, todavía es reconocible el deportivo descampado en terraplenes, en las cuestas empinadas y en las aceras retorcidas, alabeadas. Como si en vez de urbanizar el sinuoso terreno, hubieran puesto baldosas encima, sin más.

Los primeros pasos los doy bajo el lila y morado de las flores del cinamomo. El olor recuerda el azar, no es la bofetada del azar de los cítricos de Sevilla o de Valencia, pero merece la pena abandonarse a su fragancia. En el suelo hay muchos frutos que han caído con la ventolera de ayer y la lluvia de esta noche. Hace mucho tiempo hice una pulsera para una niña con los huesos. Es fácil, aunque es mejor no hincar el diente a la pulpa para extraer el hueso. Si te comes los frutos de un cinamomo, te intoxicas, pero te los tienes que comer todos. Aunque hay quien se apaña para destilarlos y extraer un alcohol bebestible. Pero eso no es raro, creo que en lo que estamos de acuerdo los humanos es en destilar todo lo que pueda emborrachar.

Alrededor de la rotonda, hay un bosquecito con arces, más cinamomos, genista (o ginesta. Cuando no me acuerdo del nombre tarareo Mediterráneo, la canción de Serrat “y amarillo a la… ¿ginesta o genista?”), adelfas, un arce, dos almendros, un aligustre, un árbol del amor al lado, una palera que empieza a echar higos chumbos). En la rotonda hay más almendros que dan suficientes frutos como para una cosecha. Eso sí, amargas. En el arranque de la calle Dinamarca hay un plátano, otro cinamomo, con las flores a la altura de la nariz, y, detrás de una tapia, una enorme catalpa. Los árboles de la calle son almeces. De niños, masticando el fruto, este sí es comestible, dejábamos limpio el hueso, que era un excelente proyectil para lanzarlo con un canuto contra las orejas del que estaba delante en clase. A aquella munición la llamábamos almarcigos.

Fruto del almez

La calle está salteada de moreras, tamarindos y olmos que apenas se desarrollan como arbustos. Tampoco es que sean muy lucidos los almeces. Esta mañana, como ha llovido y ya han salido los primeros rayos de sol, la acera está llena de caracoles. Me temo que cuando empiece a circular gente por aquí, vamos a hacer una escabechina. Me agacho y pongo a salvo unos cuantos, pero hay miles. Al final de la calle hay una hilera de plátanos muy crecidos y hermosos. Siempre que veo los plátanos me acuerdo del paseo del Espolón de Burgos, con las ramas de los plátanos enlazadas y fundidas. Los he visto cuidados así en muchos lugares del norte, en Palencia, en San Sebastián. Y me dan envidia como cuidan aquellos jardineros la sombra en los paseos, ellos que no lo necesitan tanto como nosotros. Al fondo la línea del horizonte está formada por los cipreses del cementerio. En la siguiente rotonda están presos unos olivos, por la calle Francia hay acacias y, en la mediana de la carretera, unos prunos sobreviven y otros no.

A la sombra de acacias continúo el camino y giro hacia la calle que está pegada a las tapias del cementerio, por detrás. Saludo unos prunos que contrastan su color granate con un plátano dorado y comienza una hilera de tilos ¡Qué buena idea!

Unter den Linden

Tilo

Están un poco raquíticos, demasiado juntos entre ellos. Pero es un árbol sugerente y pasear bajo los tilos tiene un enorme poder de evocación. Puede trasladarte a la arteria de Berlín, camino de la Isla de los Museos o en dirección contraria hacia la puerta de Brandenburgo, entrar en el mausoleo de la enternecedora pietá de Käthe Kollwitz o perderte por los pasillos de la Universidad de Humboldt. Y si en el momento en el que paseas bajo los tilos, puedes evocar el amor, un encuentro debajo de los tilos, “donde permanecen tumbado el brezo y las flores aplastadas”, puedes recordar “cuan roja se ha vuelto su boca, pensada para la lujuria”. Así de erótico era el recuerdo de la sombra de los tilos de Walther von der Vogelweide.

Pero sigamos nuestro paseo. Hay muy pocos tilos. En seguida deja de haber árboles en esta calle y las cunetas, a falta de árboles, en este mes de mayo lluvioso, están radiantes de hierbas, hay de todo, incluso el hueso de un albaricoque, que tirara un paseante, ha prendido y ha dado un árbol que habrá que vigilar por ver si maduran los frutos, que ahora, ya están grandecitos.

Albaricoque

Hay muchas hierbas en la cuneta. Las espectaculares malvas, que alimentan al zapatero. Es el encargado de polinizarla. Si desaparece el zapatero desaparece la malva y si desaparece la malva desaparece el zapatero. Hay que cuidar a las malvas y a los zapateros. Por cierto, los zapateros enganchados por el culo eran una curiosidad infantil nunca suficientemente explicada.

Para que cada cosa esté en su sitio, pegada a la tapia del cementerio hay una mata de beleño negro. Tan venenosa como afrodisiaca, filtro de amor. Calmante y provocadora de delirios. La maga Circe alucinó a la tripulación de Ulises dándosela a beber y haciéndoles creer que eran gorrinos. En fin, hierba loca la llaman y crece en terrenos arruinados, escombreras y lugares que evocan alguna forma de muerte. La vista a la izquierda es de olivos extendiéndose por el paisaje abierto. En las cunetas hay varas de fresno.

Junto a la puerta del cementerio hay un bosquecito de pinos monumentales y desde allí arranca, como no, el camino del cementerio señalado por cipreses. Cipreses hemos visto muchos, todo el rato, claro, estamos rodeando el cementerio. Pero también hay otros que no evocan la muerte que, rasgando el espacio vertical, puntualizan el paisaje.

Pinos junto al cementerio

Antes de entrar en el barrio de San Antón dejo a mi izquierda un bosque de pinos, a la derecha un paseo de catalpas y en el suelo una mano estampada en la acera. Supongo que de bienvenida. Paseando por San Antón, fotografío restos de una instalación eléctrica. Esa fue mi antigua profesión y soy especialmente sensible a estos vestigios. Son nada más que aislantes de porcelana con restos de cables. Estos aislantes igual te los encuentras en un anticuario que al uso, como es frecuente en las casas bajas de estos barrios. Frente a la Ermita del Santo me reconozco, con mi padre jugando a las quínolas, alrededor del diecisiete de enero. Justo en el lugar donde ponían las mesas para el juego hay un níspero con los frutos en sazón.

Al olmo resistente

Frente a la Plaza de Toros está el árbol más impresionante. Tal vez sea por su equilibrio y su fuerza. Pero sobre todo por la excepcionalidad de que un árbol haya aguantado tanta reforma y, estoy seguro, tanta tentación de derribarlo para poder ensanchar el asfalto o ganar una plaza de aparcamiento. Todo un símbolo, al que dedico, como no, cuatro palabras del poema de Antonio Machado, Al olmo seco, para avisarle y, si fuera posible, conjurar el peligro.

Olmo junto a la Plaza de Totos

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta
…..

En un quiosco de prensa tengo un sobresalto. Está a la venta el Pravda, el órgano del PC de Rusia. Mirándolo despacio veo que es el ABC. Tanto da. En la C han intercalado un crespón negro y el resultado evoca otros símbolos. Creo que, o a ellos se les ha ido la pinza, o los vapores del beleño me están causando alucinaciones.

Frente a Tavera dejo La Vega y bajo por la calle, el principio de la carretera de Ávila, sombreada de acacias centenarias y algún fresno que recuerda el antiguo arbolado de esta carretera. En la puerta de la Escuela Gimnasia, junto a las garitas, hay dos acacias que sin duda fueron alivio de soldados de guardia. Antes de desviarme, en un bosquecillo, crecen tamarindos.

Me enredo por las calles y llego al antiguo gimnasio de la Escuela de Gimnasia. Además de haber reparado la cubierta con unas cerchas blancas que no se a cuento de qué vienen, han puesto un cartel, que dice que lo que han hecho es la reparación de un pabellón. No es un pabellón, es el gimnasio público (y privado) más antiguo de España. Me asomo por un cristal roto y veo que, efectivamente, lo han dejado como un pabellón, sin las gradas que le hacían un gimnasio docente y sin rastro de su función. Más que pabellón parece una nave-almacén, lista para llenarla de carros de la basura o materiales de construcción. En una ciudad, patrimonio de la humanidad, igual que supongo que hay muchos especialistas en conservación del patrimonio, también habrá quien sepa como pervertir el patrimonio que no se entiende. Tenemos muchos ejemplos. Estoy junto a Quixote Crea.

Seguiré paseando todo lo que me permita el confinamiento, y anotando lo que veo. Inevitablemente recordando y pensando. Espero llegar a la Tercera Fase. Si llego y, como en la película, vienen los extraterrestres a mi encuentro, tal vez me suba a la nave y me dé el piro. Según como vea esto, lo iré pensando.

Luis Antolín Jimeno

Deportes y Diversiones: Luis Antolin blogspot

Las fotografías son del propio autor del artículo.


Nota de los editores. En este artículo existe un desfase de unos quince días, que van desde su remisión al blog y la publicación. Y como la naturaleza no espera, algunas descripciones no se ajustan a lo observado por el autor del artículo, por lo que pedimos disculpas. Como también comprobarán los lectores, hoy entramos en Fase II, aunque parte de lo descrito en el artículo se correspondería al tránsito entre la Fase 0 y la I.

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