Paseando entre las fieras [Jesús Fuentes]

“Big Ben, Londres”, André Derain (1906) (André Derain, VEGAP, Madrid, 2016 – Laurent Lecat)

Si usted elige un horario adecuado de un día adecuado y tiene algo de suerte, se puede encontrar solo paseando entre fieras. Experimentará una sensación similar a cuatro dosis, de 25 miligramos cada una, de kryptonita líquida, envasadas en  tubos de color. Aunque no se asuste por la ferocidad de esas fieras, no le agredirán, al menos, físicamente. Llevan más de un siglo domesticadas. Eso sí, no podrá evitar una emoción casi dolorosa ante el impacto visual de unos lienzos que atraparon la luz y el color en un instante y en unos entornos  mediterráneos o brillantes. Cómo sucedió a sus artífices tanta luz refractada en los colores puros del oleo le provocarán una sensación  cercana a la disolución en un éxtasis irreal. Contemplamos la pintura de un mundo que implosionó en los inicios del siglo XX y que aún no hemos superado y, menos, digerido. Admiramos, exclamamos, nos entusiasmamos, pero seguimos sin abarcar en su sensitiva voluptuosidad  aquella apariencia de locura transitoria.

Primeros años del siglo XX. Más precisamente, año 1905. París, la ciudad que nunca ha sido tan fantástica como la venden los franceses y la consumimos los demás con irracionalidad aceptada. Al fin y al cabo hay que poseer un punto de romanticismo. Estamos en el Salón de Otoño, una alternativa nacida en 1903 como réplica al Salón de la Academia. Orden y conservadurismo frente a ruptura controlada. De hecho en los días siguientes a la apertura de la exposición se generó un gran escándalo entre las élites culturales del París más “cool”. Un crítico escribió en tono despectivo “Donatello parmi les fauves” (Donatello entre las fieras) en referencia a una escultura de Donatello que se exhibía en el Salón entre aquellas obras feroces. En París aún quedaban pendientes de asimilar las innovaciones de los impresionistas. Llegaría más tarde. Habría que esperar a los norteamericanos que ya merodeaban por los barrios y los mercados de París.

En ese estado de asimilación lenta y provocación propagandística se presentaron unos cuadros que recogían la ferocidad del color, ampliando los caminos que habían perfilado Gauguin y Van Gogh. Cézanne, como gran maestro, se mantenía en su pedestal icónico. Matisse acaparará el mayor escándalo. Ha pintado a su esposa “Amelie” con unas formas y unos colores imposibles. Algo parecido estaban haciendo con otros temas diferentes sus compañeros Derain y Vlaminck.

Chaville, l’Etang de l’Ursine, 1905, óleo de Maurice de Vlaminck.

Aquellas obras nada tenían que ver con la realidad y, sin embargo, era la propia realidad construida a través del color primario de la naturaleza. Pintaban algo que existía en la realidad, pero de manera distinta. Si hubiera ocurrido a finales del siglo XX tal vez se hubiera llamado “realismo mágico”, pero en los comienzos de siglo no se había inventado aún ese  concepto. Leo Stein, (hermano de Gertrude), que compraría el cuadro de Matisse “Mujer con sombrero”, afirmó, con el cinismo que confieren los dólares, que era la “mancha de pintura más fea que he visto en mi vida”. En contraste con el escándalo, la denominación “les fauves” hizo furor. Se transformó en una expresión de éxito, de esas que mueven emociones, animan sentimientos y con el paso del tiempo se convierten en estereotipos. Les fauves lo formaron un grupo de pintores (Matisse, Derain, Vlaminck, Comoin, Marquet, Manguien, Rouault, Jean Puy. Posteriormente se sumarían Braque, Dufy, Othon Friesz y Kees van Dongen), que convirtieron el color en motivos para la atracción y en técnica para la construcción de escenas, paisajes y personas. Pero como afirmaría Braque duró “lo que duran las cosas nuevas”.

Kees van Dongen. Femme nue blonde, 1906 David Nahmad, Mónaco © Kees van Dongen, VEGAP, Madrid, 2016 © Patrick Goetelen

Madrid, otoño con el cambio climático incorporado, del año 2016. La Fundación Mapfre organiza una exposición con  obras de aquellos “fauves”. Los cuadros,  alineados con tiralíneas escenográfico, van más allá de la luz. Las sensaciones se suceden unas a otras y a otras hasta llegar a ese punto en el que el espectador del siglo XXI intuye que esos manejos desorbitados de la luz y el color tienen que desembocar necesariamente en otros proyectos diferentes. De hecho así ocurrió. Anticiparon los siguientes movimientos. “Les fauves” siguieron evoluciones distintas. Durante dos años, al menos, el color salvaje de “los tubos al lienzo” se apropió del arte y la expresión. El mundo no era un lugar en blanco y negro como un dibujo a lápiz o carboncillo. Era – podía ser – una mezcla de colores en las que todas las tonalidades y  armonías coexistían.

Al finalizar de ver la exposición, la salida a la calle Recoletos, de Madrid, lo confirma: aquellos “fauves” tuvieron razón por un tiempo mínimo. El mundo siempre ha sido en color ¿O solo fue entonces y ahora una ilusión?

                                                                     Jesús Fuentes Lázaro

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