Para seguir amando a Hitchcock [Jesús Fuentes]

Probablemente a mucha gente le gusten las películas de Hitchcock sin saber quién es Hitchcock. Lo cual no es ni bueno ni malo, aunque no consideraré que sea indiferente. Pero nos introduciríamos en otras reflexiones. Este escrito se dirige a quienes intenten superar esa posición u otra similar y pretendan intuir algo más del “universo Hitchcock”. A quienes quieran saber de su personalidad, de sus técnicas de rodaje, del significado pluridimensional de sus personajes, del papel esencial de la música en su cine. En fin, de sus tormentos y sus éxtasis, de sus perversiones intimas, reales o supuestas, de su inocencia e ingenuidad adultas. El artículo también servirá para quienes quieran comprender las interioridades del cine como arte moderno, para quienes deseen conocer a unos de esos narradores que no se conformaron con contar la vida, sino que la transcendieron. Hasta que se inventó el cine, la vida la contaban las novelas. El cine impuso nuevas estructuras brillantes y más visuales para superar las encorsetadas reglas narrativas de la novela. El antiguo sueño de Wagner se hacía realidad. El cine representaba el arte total. Otra forma de narrar las interioridades, miedos, deseos y ambiciones de los humanos con todos los lenguajes disponibles. El cine manifestaba en imágenes, diálogos, espacios y música los temas que Shakespeare o Cervantes habían recogido en su teatro y en sus novelas.

El libro recomendado para este y los próximos meses – hay que leerlo poco a poco y consultarlo casi siempre – se titula “El cine según Hitchcock”. Y es la reedición actualizada de la conversación que mantuvieron François Truffaut (director de cine francés) y Alfred Hitchcock entre los años sesenta y ochenta. La entrevista serviría para descubrir a un director de quién los críticos americanos decían que era  rico, tenía éxito pero sus películas carecían de sustancia. Una mirada audaz del cine norteamericano la habían iniciado en Francia varios directores y teóricos en la revista “Cahiers du Cinéma”. A  Truffaut correspondió “la epifanía Hitchcock”. Hasta la aparición de la revista los críticos  se entretenían catalogando al cine en función de las profundidades sicológicas y humanas del teatro, de algunas novelas del XIX o de la filosofía. No habían entendido  que el cine era un arte autónomo, con un idioma propio, y  unas reglas en  evolución continua.

Sobre Hitchcock se ha escrito mucho y desde diversas perspectivas. Se ha especulado con el catalogo de sus “perversiones”, sobre todo las sexuales, que proyectaba en las actrices que dirigía. Tal vez todo sea verdad y todo mentira. Se descubrirá leyendo el libro que ha reeditado “Alianza Editorial”. Descubriremos los intersticios de lo que Truffaut denominó el “erotismo helado” de Hitchcock. Y que Hitchcock explica con un cierto candor. Cuenta  por qué elige un tipo de mujer rubia, fría, distante, inalcanzable, aparentemente asexuada. Es pura argucia y  sorpresa sexual. Forma parte de la trama, del misterio y hasta de la vida. Eso sí, va más allá de algo que se pondría de moda en el cine y en la literatura como reclamo comercial: el sexo explicito o casi. Para Hitchcock las texturas del sexo debían ser más sutiles, incluso más brutales que los meros ganchos publicitarios. Pero – y también he recurrido al sexo para mantener su atención en este final del articulo – lean el libro. Trátenlo como libro de cabecera para entender no solo a Hitchcock, sino los montajes e interpretaciones, verdaderas o falsas, que se venden en los mercados del “morbo” sobre el cine y el director. Un hombre bajito, redondo, tímido, escasamente atractivo que transformó el cine con sus técnicas narrativas, con sus vanidades personales y sus retorcimientos fílmicos.

Jesús Fuentes Lázaro

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