Mi infancia son recuerdos de un aula con pinturas [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 36 D18 Archivo VASIL


La clase de los más pequeños, compartida “en vivo y en directo” con la campaña de alfabetización de adultos

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro, donde madura el limonero…….”  (Machado).

La mía son recuerdos de un aula con pinturas, mesas de color azul y tarima añeja.  No es tan poético, pero es igualmente descriptivo; son mis primeros años académicos y los de otros muchos toledanos que pasábamos de “los cagones” a “la graduada”.

Estamos en la España de los 50 y los 60. La educación infantil era un objetivo prioritario y la alfabetización de los adultos una necesidad social. En determinados momentos, niños y mayores, compartíamos aula y profesor para aprender a leer y a escribir provistos de un lapicero que olía a madera y un cuaderno de papel cuadriculado con una sola grapa. El borrador, un gran borrador para toda la clase, era solo privilegio de la maestra.

Siempre he mantenido en mi retina aquellos dibujos de los “enanitos” en la clase de doña Maria Eugenia y de “la creación” en la clase de doña Alicia. ¿O era al revés? ¿O era todo en una sola clase? No lo recuerdo con tanta precisión, pero seguro que nuestros seguidores aportarán sus comentarios, al pie de este artículo, para dar auténtico rigor a estos recuerdos que compartimos miles de niños que iniciamos nuestras primeras aventuras escolares en ese gran edificio de la Diputación, del que solo conocíamos -entonces- uno de sus laterales. Las clases de los pequeños (doña Alicia y doña Maria Eugenia ya quedó dicho); luego don Emiliano, don Fernando, don José, don Adolfo y, finalmente, don Manuel, donde se obtenía, o no, el graduado para la enseñanza media.

Popularmente era el Colegio de la Diputación, ubicado en una de las alas del palacio de la institución provincial; pero oficialmente, se denominaba la Graduada de San Fernando. En aquellos años los colegios solo se podían alinear en dos grandes bloques; los religiosos y los del régimen. Este, el de San Fernando, patrón de la Juventud, no era religioso.

Cada día formábamos en el amplio y largo pasillo. Fue el primer lugar donde nos enseñaron aquello de “Prietas las filas, recias, marciales” o “Cara al sol con la camisa nueva”. Aquellos niños no entendíamos ni lo de prietas, ni lo de recias, ni por qué teníamos que declarar a los cuatro vientos si nuestra camisa era nueva o heredada del hermano mayor; pero cantábamos con el entusiasmo propio de la edad y del régimen.

Ya desde entonces descubrí que tras la primera clasificación (chicos-chicas), luego estaba la de altos y bajos. Desde entonces me he preguntado (y sigo sin respuesta) si no era más lógico poner a los bajos delante, para que viéramos algo, y no al final que siempre nos quedábamos “en Babia”. (Por cierto, la misma cuestión planteé luego en “la mili” y me costó una semana de arresto porque el Cabo Primero -que era de los altos- pensaba que me estaba riendo de él).

Pero aquellas clases, mas allá de los himnos y canciones exaltando la Formación del Espíritu Nacional, tenían una música casi celestial. A los que ahora tenéis entre 60 y 70 años, aproximadamente, os invito a cerrar los ojos; a escuchar el “clinclineo” de cristales al golpear contra finas barras metálicas. Era el inconfundible sonido de las cajas de leche que se repartían diariamente en el recreo. Esa leche embotellada formaba parte de las acciones estatales que se aplicaron como consecuencia de los acuerdos firmados con Estados Unidos para la instalación -entre otras contrapartidas- de bases militares en España (después de quedarnos fuera el Plan Marhsall). Sí, los americanos daban dinero a España para que los niños tomáramos, al menos, un botellín de leche diario. ¡Para crecer altos y sanos!, nos decían.

Ayudar a descargar el camión era un síntoma de madurez escolar. Con esa referencia, cuando llegabas al curso que suspendía las clases porque el camión estaba en la puerta, ya sabías que te habías hecho mayor.

Y ser mayor en la graduada significaba, además, usar la tinta. Sí, hasta entonces todo era lapicero. No habían llegado los bolígrafos y en 3º empezabas con el “plumín”; aquel palo de madera, rematado con una pieza redonda, donde se encastraba la punta metálica conocida como plumilla….. y las había de varios números, según el grosor.

Pero amigos graduados de San Fernando, lo mejor no era poder escribir con tinta, no. Lo mejor de todo, era que aquellas afiladas puntas metálicas se clavaban en la flamante madera del suelo de la clase y eso convertía el “plumín” en un auténtico “dardo”. ¡Eso sí era divertido! Lo de escribir era secundario, y el paso de los años, señores graduados, nos ha dado la razón.

Después de 55 años, los plumines no existen, ya nadie escribe; ni con pluma ni con bolígrafo; pero los dardos siguen existiendo…….. eso es tener visión de futuro.

Cuando años después, ya mocito, volví por el Palacio, pregunté por aquellas pinturas. Para mi felicidad y la de todos los que allí aprendimos a leer y a escribir, las pinturas, al parecer, se conservan tras unos tabiques de pladur en lo que hoy es la sala donde realiza las ruedas de prensa la Diputación.

Probablemente las pinturas no valgan mucho; pero los recuerdos, no tienen precio.

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Quique J. Silva

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2 Comments

  • Jeje, maravillosos recuerdos: las tablas del suelo sin desbastar, la carretilla colmada de piedras preciosas de los enanitos, el lápiz afilado de doña Alicia y el sol del atardecer entrando por los grandes ventanales. Creo que la pintura que presidía el aula no era la Creación sino la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Lo recuerdo porque ahí ya empecé a sospechar. Anduve por allí en 1970.

  • Yo soy uno más de los miles de alumnos que han estado enamorados de la señorita Alicia toda la vida. Mis recuerdos son muy parecidos a lo que cuentas, solo que sin frescos (al menos no los recuerdo) y con uniforme, una parafernalia fascista que incluía un tabardo de paño azul marino, hasta los pies, con doble fila de botones dorados, boina roja y brazalete con la bandera de falange y la inscripción F.E.T. y de la J.O.N.S. Hay que imaginar a un niño de cinco años con eso haciendo el obligatorio saludo romano; me gustaría saber si alguien tiene fotos. A mi me hicieron una el día que lo estrené unos extranjeros. Conservo la Cartilla Escolar y la foto de carnet, en la que se incluye un jersey con el águila de Cisneros. Si pudiera la subía aquí. Todos los recuerdos son buenos y cariñosos. Mi homenaje más sincero y emocionado a Sta. Alicia, Sta. María Eugenia, D. Emiliano, D. Fernando y Don Manuel.

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