La novela del mal [Jesús Fuentes Lázaro]

@ Antonio Esteban Hernando

Publicado en este mismo “blog hombredepalo” el texto titulado Mujeres del bosque”, con citas de la novela”, “La Chica”, de Edna O´Brian, me di cuenta que había cometido un error. Para identificar el tipo de “horror” que se describe en la narración, me refería al “horror” que Joseph Conrad  cuenta en su novela “El Corazón de las tinieblas”,  descripción absoluta del mal. Mi error consistió en creer que todos los lectores conocerían la obra de Conrad. Me equivoqué. Como comentaría algún lector del texto publicado en el blog, con dibujos de Antonio Hernando, no se conoce la novela y hasta se ignora que  sirviera de base  para el guión de la película de Coppola,Apocalypse Now”.

@ Antonio Esteban Hernando

Sin conocer ambas narraciones -la novela y la cinematográfica- difícilmente se puede abarcar la insondable narración de O´Brian.

¡El horror!, ¡el horror! Son las últimas palabras que pronuncia un delirante Kurtz, el soberbio e iluminado agente que llegó al Congo para poner luz y civilización en la teórica barbarie de los habitantes de los territorios de más allá del Sahara. En esos territorios ignotos se situó durante la Edad Media el reino legendario del preste Juan. Este rey cristiano gobernaba, desde su palacio de cristal traslucido y piedras preciosas, un ingente espacio, poblado de gentes de otro color, una rareza monstruosa, de centauros y gigantes. Kurtz terminó enloquecido, aislado en una cabaña con cabezas ensartadas en estacas a modo de empalizada,  y trastornado por un  apocalíptico delirio de caucho y marfil. Una decoración que existió en realidad en la cabaña del agente León Rom.

Kurtz, el personaje de la novela, puede ser un trasunto del León Rom: el agente de la compañía que más riqueza aportaba al depravado rey Leopoldo II, de Bélgica. Vargas Llosa coloca al rey al mismo nivel que los genocidas Hitler y Stalin. Se asesinaron millones de gentes en África, mientras en Europa se pronunciaban discursos con alusiones trascendentales al hombre nuevo o a la superación de la barbarie de los que no eran como los occidentales.

@ Antonio Esteban Hernando

La novela de Conrad se publicó por entregas en el año 1899 en una revista de Londres. Más tarde se editaría en un tomo con otros dos relatos del mismo autor. La novela narra las vivencias y experiencias de Charlie Marlow como marino de una compañía  de navegación a lo largo del misterioso río Congo. El protagonista avanza por el río espeso, ruidoso hasta el delirio en ocasiones, o silencioso como preludio de muerte desconocida, en busca de un personaje mítico de la empresa: Kurtz. Sobre él se cuentan todo tipo de leyendas a lo largo de casi dos mil kilómetros de aguas imprevisibles. Ha enfermado y es preciso sacarle de las profundidades de la selva. Morirá en el trayecto.

El narrador es el “alter ego” de Conrad que, en realidad, navegó río arriba en busca del agente, también real, Georges Antoine Klein. Conrad viajó durante varios meses, haciendo paradas en las diferentes bases que las compañías de explotación de marfil y caucho habían establecido en las riberas. Pudo así conocer los métodos brutales que, en nombre de la civilización occidental, se practicaba en aquellas tierras y con aquellas gentes. Conrad ficciona y descubre la degradación moral y física de los colonizadores.

@ Antonio Esteban Hernando

La barbarie, constata Conrad, no residía  en aquella gente primitiva, sino en los palacios, en los medios de comunicación, en las sociedades científicas y filantrópicas, en las empresas comerciales de Europa, en la complicidad generalizada y en la impostura de Leopoldo II, rey de los belgas. Un horror inimaginable se producía diariamente en nombre de la civilización. No existían límites para obtener las mayores cantidades de caucho o marfil. Se cortaban manos (por cestas) o cabezas con la normalidad de quien se tomaba un  jerez en algún exclusivo club. Había que ejemplarizar a la población. Lo explica un oficial de la Forçe Publique, una policía privada, encargada de mantener el orden entre aquellos salvajes:

“Les declaré la guerra. Bastó con un ejemplo: cien cabezas cortadas, y a partir de ese momento hubo provisiones suficientes en el puesto. Mi objetivo es, en definitiva, humanitario. Maté a cien personas….pero aquello permitió vivir a otras quinientas”. (Adam Hochschild: “El fantasma del rey Leopoldo”. Península).

Joseph Conrad, que en realidad se llamaba Josef Teodor Konrad Korzeniowski, reflejó en la novela el espíritu de una época, la colonial, que transcurre entre finales del siglo XIX y primeros años del XX. Cuenta las acciones de unos individuos que, cuando se adentraron en África, como ya ocurriera con los conquistadores españoles, franceses, ingleses o emigrantes europeos a Norteamérica, se sumergen en la locura de la ambición. Aflora, entonces, el salvajismo que subyace bajo una pretendida cultura moral y  superior. A unos los desequilibró la selva y las riquezas, a otros las praderas de horizontes sin fin o minas de oro abundante. Y a los nuevos colonizadores, más recientes, el marfil y el caucho.

@ Antonio Esteban Hernando

La narración transcurre entre dos ríos, el Támesis y el Congo. A través del recorrido el narrador nos va adentrando en el mundo alucinado y alucinante de la explotación desaforada de unas tierras repartidas entre las potencias occidentales, que se sienten en la obligación de:

“Abrir a la civilización la única parte de nuestro globo donde todavía  no se ha penetrado, traspasar la oscuridad que pende sobre pueblos enteros es, me atrevería a decir una cruzada digna de este siglo de progreso”. (Texto del discurso del rey Leopoldo II, de Bélgica, reproducido en “El fantasma del rey Leopoldo”).

En contraposición al discurso del rey a sus invitados occidentales, Conrad escribe:

“Aquella devota banda se daba así misma el nombre de Expedición de Exploradores El Dorado. Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar secreto. Su conversación, de cualquier manera era una conversación de sórdidos filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía. No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria….Arrancar tesoros a las entrañas de la  tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte.”

Y, en otro párrafo, interpretando el sufrimiento de aquellas tierras maltratadas, escribe lo siguiente:

“Y, entonces, de las profundidades de la selva, surgió un lamento trémulo y prolongado. Expresaba dolor, miedo y una absoluta desesperación, cómo podría uno imaginar que iba a seguir a la pérdida de la última esperanza en la tierra”.      

El horror  que describe Conrad en la novela “El corazón de las tinieblas”, fue llevado al cine por Francis Ford Coppola. Coppola  se traslada de río en el que buscar al perturbado Kurtz. En la película es el  turbio río Mekong y la acción se sitúa al final de la guerra de Vietnam.  Marlon Brando interpretará a Kurtz, proyectando en el personaje su personalidad torturada y neurótica. El ambiente sicalíptico de la novela se traslada a la película “Apocalypse Now”. Con secuencias tan desgarradoras y desgarradas como la de los helicópteros norteamericanos, atacando una aldea de mujeres, ancianos y niños, con música de Wagner a todo volumen, mientras unos soldados, tan aburridos como drogados, practican surf en una danza de fuego, explosiones y muertes.

@ Antonio Esteban Hernando

Si leen la novela de Conrad y ven la película de Coppola obtendrán una visión complementaria del horror de la novela de Edna O´Brian.

Descubrirán la narración inagotable de Conrad.

Entenderán la barbarie gratuita en una guerra absurda como fue la de Vietnam.

Comprobarán que, tan brutales como las milicias de Boko Harán, fueron los agentes de las empresas comerciales que promovía, con la aquiescencia de la sociedad internacional, el rey Leopoldo II para su enriquecimiento enfermizo.

Antes, años antes, de que Hannah Arendt teorizara sobre “la banalidad del mal”, una obra de ficción había mostrado las cotidianas y occidentales caras del mal absoluto. Mark Twain afirmaba que el régimen de Leopoldo II había exterminado en el Congo entre cinco y ocho millones de vidas. Hannah Arendt en el juicio a “Eichmann en Jerusalén” descubrió que el exterminio de millones de personas por los nazis se había producido como un acto burocrático -poner un sello sobre un papel, pegar una póliza, o archivar un expediente- de una administración eficientemente organizada. El laboratorio del horror moderno se había ensayado en África, como en Guernica se comprobaron los efectos de bombardeos intensivos y sostenidos sobre ciudades.

El impostor -filántropo y mecenas en Europa, genocida en África- Leopoldo II, fue desenmascarado por la tenacidad de Edmund Dene Morel, Roger Casament, George Washington Williams, William Sheppard y Hezekiah Andrew Shanu,  entre otros. No resultó fácil. Los impostores suelen ser resbaladizos, delicuescentes como glaciares en extinción, encantadores como niños maniacos. Fueron más, sin embargo, quienes se aprovecharon de los circuitos de regalos y beneficios que organizó un rey megalómano.

@ Antonio Esteban Hernando

Pero esa ya sería otra historia.

Jesús Fuentes Lázaro


Las ilustraciones son de Antonio Esteban Hernando

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