La escalera: forma, función y algo más [José Mª Martínez Arias]

La escalera, según la RAE:

Del lat. scalaria, pl. n. de scalāre.

1. f. Conjunto de peldaños o escalones que enlazan dos planos a distinto nivel en una construcción o terreno, y que sirven para subir y bajar.

Miles han sido las formas, tamaños y materiales que ha venido adoptando a lo largo de siglos de existencia, pero ¿nos hemos detenido a recapacitar en profundidad acerca de este peculiar artefacto que nos ha acompañado desde siempre en la labor de hacer arquitectura?

De no ser por este elemento sobradamente conocido por todos, seguramente viviríamos en un mundo plano, tal vez acusado por ligeras pendientes y suaves rampas,  pero por lo demás continuo, anodino y completamente horizontal. La intención no es desvelar aquí nada nuevo, pero sí rescatar determinados fundamentos que siempre han estado presentes en este concepto tan olvidado como protagonista a lo largo de la historia de la creación humana. Ya en su raíz latina observamos la semejanza con la idea de escalar, ascender; Por qué no decirlo, superarlas quizás suponga el punto insulso, fatigoso y arduo en su función trivial de ascenso y descenso entre diferentes niveles. Por si esto fuera poco, hoy las escaleras han quedado relegadas a un ultimísimo plano debido a la necesidad de generar espacios de uso universal; donde la capacidad de recorrerlos, recaiga de igual manera para todos, es decir espacios accesibles. Por esto y por la comodidad diaria del usuario, la escalera ha quedado en una posición no ya servidora, sino auxiliar, puesto que para servirnos están los ascensores y las frecuentemente desafortunadas rampas. Pero si nos ponemos nostálgicos, hubo tiempos mejores para este omnipresente elemento arquitectónico, existieron edades de oro, y años de grandilocuente exhibicionismo de nuestra popular escalera que a tan humildes legajos a subsistido hasta nuestros días.

Piranesi, vista del Campidoglio (1750)

La escalera en sus infinitas variedades y tipologías, nos ha permitido ascender a una posición elevada (y también descender), desde la tierra firme hasta tan alto como el hombre ha podido y querido llegar. El ser humano en su infatigable búsqueda del conocimiento único, inicialmente eligió ascender; Una vez conseguida la cima, pudo observar cuanto le rodeaba, entender el territorio en su conjunto y claro está, descifrar el mensaje de las estrellas en el cielo despejado. Evidentemente, el deseo de acercarse a lo trascendente, siempre ha venido ligado a la necesidad de llegar a lo más alto; y para que ese gesto permaneciera en el tiempo, la arquitectura pasó de la cueva enterrada al plano firme y una vez aquí, la inventiva humana desafió las leyes de la gravedad para elevarse cada vez más hacia lo desconocido. Desde la mítica Torre de Babel a los Jardines de Babilonia, las antiguas civilizaciones bien se valieron de este primario concepto para conseguir fundamentalmente dos objetivos complementarios: Por una parte dominar el territorio, marcar un hito en el paisaje, un lugar con una finalidad concreta y a la vez obtener un punto de observación de la totalidad del lugar.

Athanasius Kircher, “Mundus subterraneus” 1665

Incuestionablemente la escalera supone uno de los elementos más arraigados en el concepto que hoy llamamos ergonomía, ya que las dimensiones y disposición de la misma, surgen fundamentalmente de la medida del pie humano. Lo que parece un hecho evidente, pone a la escalera en una posición de paralelismo con la propia proporción y escala del hombre; No resulta para nada trivial que de hecho, el pie se haya utilizado como sistema de medida desde la antigüedad. Toda buena escalera debe acompañar con la mayor comodidad posible el ascenso o descenso de los señores usuarios.  El pie como base de sustento del hombre, elemento en contacto con el suelo y principal herramienta del desplazamiento más primitivo, será el objeto de estudio de los grandes eruditos en estos asuntos: desde Durero a Neufert; La escalera  surge como solución a una necesidad concreta y se configura mediante una razón antropomorfa: la relación exacta de proporción vertical y horizontal.

Alberto Durero, tratado de proporciones humanas. 1528

Más de cuatro mil años han pasado desde el nacimiento en Egipto de la considerada como primera pirámide, la del Faraón Zoser en Saqqara; Surgió mediante la evolución de la primitiva mastaba, que no era más que una plataforma pétrea sobre el terreno que sepultaba el lugar de enterramiento del rey, poco después, ésta idea evolucionó hasta convertirse en una colosal escalera al cielo. El nombre de Imhotep resuena en la creación de aquella escalera de tan trascendente significado, pues él fue el arquitecto del faraón. En su capacidad de inventiva, Imhotep decidió modificar tanto la superficie como la altura de la tumba del faraón con la finalidad de crear una máquina hacia la otra vida que evidentemente, debía de ser eterna. El erudito añadió a la mastaba inicial un total de cinco colosales escalones más sobre la base, generando así, la primera pirámide. Nace en este momento de la historia, la escalera como símbolo de trascendencia y relación con la infinidad; algo que para el hombre siempre ha sido sinónimo de unión con lo divino.

¿Qué sería de la venerable arquitectura templaria del mundo clásico sin aquellos elementos de transición que separan el recinto sagrado del plano terrenal? El denominado crepidoma, que no deja de ser un conjunto de planos escalonados cuyo fundamento en la arquitectura clásica se hace tan omnipresente como las columnas, capiteles o entablamentos, ya estaba presente en la mente de las primeras civilizaciones. Desde fortalezas y monasterios hasta palacios y catedrales, la escalera adopta la capacidad de ir configurando espacios de total autonomía; pues ésta no es tratada únicamente como elemento, será además y sobre todo un espacio propio, un área independiente del resto del programa.

Si tradicionalmente la arquitectura ha consistido básicamente en la generación de dos planos horizontales donde establecerse, la escalera vino para romper la ortogonalidad espacial de la vida del hombre. La aparición de este extraño artificio no obstante, fue capaz de crear algo sencillamente práctico: aumentar la densidad de las ciudades, mediante la construcción en altura, maximizando así el uso del terreno construido. La pragmática sociedad romana dio buena cuenta de ello desarrollando el precedente del habitual bloque de apartamentos moderno; Pero más allá de trivialidades civiles, la escalera también ha sido protagonista del deleite arquitectónico desde la antigüedad hasta nuestros días.

La idea de escalera entendida como concepto espacial, así lo vio Miguel Ángel en la florentina biblioteca Laurentiana (1520), donde el espacio de acceso será ampliamente dignificado por el empleo de una escalera, un elemento depositado en el vacío de la sala. El extraño objeto tendrá la capacidad de trascender el ascenso desde la cota más baja hasta el lugar que posiblemente encerraba todo el saber de su época. Si observamos el vestíbulo de la biblioteca, nos daremos cuenta enseguida que existe una manipulación poco habitual de los elementos arquitectónicos que la componen: Las columnas, ménsulas e incluso ventanas, cumplen un papel fundamentalmente escultórico y compositivo; por lo tanto la escalera es aquí el único elemento real dentro del espacio.

Planta y sección de la biblioteca Medicea Laurenziana. Florencia 1571

Fue precisamente entre el Renacimiento y el Barroco cuando surge un extraordinario interés en torno a la perspectiva y la óptica, por lo que los espacios destinados a alojar las escalinatas de grandes palacios y villas, serán objeto de dedicación en el campo de la pintura y el resto de las artes. La capacidad de deformar el espacio, aportar profundidad y modificar el ángulo de visión de la realidad, vendrán dados por el empleo de este elemento arquitectónico.

Carismática muestra de aquellos años será la bellísima escalera tardobarroca de la Reggia de Caserta (1752), obra cumbre de Luigi Vanvitelli para la corte napolitana del futuro Carlos III de España. Una amplia sala completamente revestida de mármol y jaspe, donde toda la superficie está ocupada por la propia escalinata imperial de colosales dimensiones. Ascender por la escalera de Vanvitelli, se convierte en una sublimación estética de la luz y de la perspectiva, donde el esfuerzo por superar los 120 escalones desaparece por completo. Vemos aquí un claro ejemplo de escalera que se apropia de la totalidad del espacio arquitectónico, siendo además el motor de una compleja relación de puntos de fuga y juegos de perspectivas.

Durante la Belle Époque de finales del XIX llega el auge de la burguesía, y con ella el nacimiento de la arquitectura de acero, el hormigón y en definitiva, el desarrollo industrial; donde la escalera clásica vivirá sus últimos años de gloria. El Art Nouveau  hará del capricho y la exquisita inventiva de sus creadores, las más bellas y sugerentes escaleras de la Europa de los albores del siglo XX: Victor Orta, Gaudí o Arata  entre otros, darán forma a la escalera modernista mediante la libertad creativa y la incorporación de nuevos materiales como el acero o el vidrio.

El auge del ascensor, desencadena ya una progresiva decadencia en cuanto al protagonismo de este elemento, que la comenzará a posicionar en un orden de preferencia inferior. La renovación urbana unida al desarrollo industrial y el consecuente exilio rural, hará crecer las viejas ciudades de forma masiva. Nos trasladamos a Norte América, donde el incendio de Chicago sustituirá la vieja ciudad de madera, por los primeros rascacielos. El ascensor, elemento a medio camino entre el electrodoméstico y el espacio semiestancial, se hace imprescindible para comunicar las numerosas plantas que llegarán a alcanzar las primeras cumbres de la modernidad.

Con la llegada de la modernidad, resurgirá la escalera como un último canto de cisne, que el arquitecto moderno gustó de reinterpretar, con la necesidad de hacer de esta un elemento autónomo a veces, o bien que esta se fundiese con la totalidad de la obra.

Mención especial hacia otra innovación hija de la primera modernidad, el austriaco Adolf Loos se apropia de un nuevo concepto espacial: El Raumplan. Loos rompe la idea tradicional de escalera, ya que el propio espacio se encarga de generar entre sí sus diferencias de nivel a través de una jerarquía habitacional. La idea de recorrer el espacio loosiano es más que sugerente: Al transitar por ejemplo la Villa Müller (1928-30), la percepción de ascender o descender un nivel completo al modo tradicional, se sustituye por la acción de movernos verticalmente a la vez que vamos recorriendo el programa de esta peculiar casa. Espacios de distinta naturaleza que se van engranando sutilmente en altura, generando en su conjunto una unidad compacta y concreta cara al exterior. Idea por otra parte, que ya estaba presente en la arquitectura popular y cuya intención no pretendida, surgiría de la necesidad y del propio ciclo temporal.

 Por otra parte, encontramos una escalera entendida casi como un mueble, una pieza ligera que será extrapolable a cualquier estancia, pero que en algunos casos, llegó a estar exquisitamente diseñada por notables maestros de la modernidad como Le Corbusier, Alvar Aalto o Marcel  Breuer. El empleo de materiales industriales nuevamente vinculará a la escalera con la modernidad, sobre todo mediante la idea de desvincularla con la estructura portante y el resto de la fábrica. Por lo tanto vamos a toparnos con una serie de elementos “ligeros”, donde la materialidad y el carácter tanto ingrávido como tectónico sean la máxima expresión de estas piezas. ahora sí tendrá una autonomía plena dentro del elenco de elementos que compondrán la escena de la arquitectura moderna.

Desde luego que este elemento constituye un verdadero arquetipo con todas sus connotaciones y como tal, la historia seguirá contando con ella a través de su propia evolución. No podremos sustituirla por otro concepto, (al igual que la puerta, la ventana, la columna o el muro); será pervertida o mil veces reinterpretada, pero su esencia inalterable siempre estará presente. Despedimos así a la escalera, tan humilde como magnífica y tan vil como seductora; con una de las infinitas lecturas posibles; en este caso hemos querido recordar sus mejores momentos y esperar los próximos de este desconcertante símbolo de la historia de la Arquitectura.

José Mª Martínez Arias

 

 

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