La catedral como ciudad interior [José María Martínez Arias y Javier Longobardo]

Pondere, numero et mensura – peso, número y medida-.

Tres conceptos que los antiguos sabían aplicar conjuntamente con la finalidad de obtener el lugar inefable. El templo como lugar de unión de lo terreno con lo divino, no podía gestarse de la misma manera que otras grandes obras del poder civil. Una catedral se concibe como lugar de trascendencia y al igual que cualquier templo, es ante todo un espacio de unión con lo espiritual. Lo que hace que tal acto sea posible, tiene que ver tanto con las características del lugar como con los actos que allí se producen. Un lugar donde prima el valor de la escala que abarca de lo doméstico a lo monumental, el manejo de la luz y la aparición de símbolos creados a lo largo de siglos de evolución, condicionan una realidad que nos coloca justamente en el lugar que los maestros medievales dictaminaron.

Sin embargo a día de hoy, la mutación mercantilista que ha sufrido ésta como tantas otras catedrales es evidente; las tradiciones litúrgicas que han subsistido, cohabitan con una atmósfera poco acorde al lugar de contemplación que debieron ser siglos atrás. No obstante, todavía podemos atravesar el umbral de la Puerta Llana ticket en mano y no encontrar adjetivos para definir lo que ocurre dentro de esta máquina para la trascendencia.

Así pues, entre lo espiritual y lo mundano, entre lo efímero y lo imperecedero llegamos a la catedral de Santa María de Toledo, donde el paso del tiempo la ha ido modelando cuantitativa y cualitativamente hasta llegar a lo que hoy encontramos: una ciudad dentro de la ciudad. Casi como un particular ejemplo de fractal, la Dives Toletana supone un enclave acotado, donde se vuelve a repetir la estratificación de épocas, estilos y acontecimientos históricos que han llegado hasta nuestro presente en la vieja ciudad amurallada.

Como en tantos otros casos y quizás éste sea el más paradigmático, la catedral fundada por Jiménez de Rada (1209-1247) se asienta sobre la supuesta antigua mezquita al-yamí, que a su vez re aprovechó la antigua iglesia visigoda para generar el espacio de culto como mezquita mayor de la ciudad. Tal suceso generó un gótico cuya pretensión por asentar la pureza de los ejemplos góticos de Chartres y París en Castilla, manifestó sin embargo un mestizaje propio del contexto en el cual se produjo: Se reutilizaron elementos como fustes y capiteles además de acomodarse a las dimensiones de la anterior mezquita. El resultado es un gótico ambiguo, potenciado no solo por la relativa verticalidad propia del sistema, sino sobre todo por estar dotado de una espacialidad horizontal dada la mayor anchura de las dos naves laterales, más propia de la arquitectura de Al-Ándalus. 

“Trazado geométrico de la sección transversal” Imagen de archivo de la BNE

No obstante y teniendo en cuenta las características propias de una ciudad de estructura islámica, el templo surge según cánones armónicos generados por la omnipresente proporción áurea tanto en planta como en su sección. Lo más reseñable de este aspecto geométrico, quizás sea el rectángulo generador de la planta, el cual comienza en la cabecera y termina exactamente en el altar mayor a la altura del transparente. Las dimensiones totales del primitivo templo son de doble cuadrado, es decir 120 x 60 m aproximadamente, siendo el punto generador central, la tangente de los dos arcos de sendas girolas. Algo similar ocurre en la sección, donde el escalonamiento de las naves está regido según la misma ley, el número phi articula el desarrollo en altura de las naves laterales y colaterales respecto a la central. Siempre es tranquilizador pensar en cómo todas las civilizaciones antiguas se han valido de esta regla universal, cosa por otra parte evidente teniendo en cuenta que ellos sí observaban la naturaleza desde un punto de vista tanto científico como simbólico. La construcción de un templo por tanto, debía de responder a la misma ley que rige las proporciones de todo lo creado, incluyendo al propio ser humano.

planta de la catedral de Toledo sobre rectángulo áureo

Es bien sabido el rigor de los maestros góticos  a la hora de erigir los lugares de trascendencia espiritual, seguramente eran conscientes de que tal hecho podría perpetuarse poniendo atención a estos conceptos tan simbólicos como prácticos, ya que la fractalidad propia de este orden geométrico, permite un crecimiento indefinido a distintas escalas. Es evidente que por lo general este aspecto no es perceptible a simple vista, tampoco es esa la intención; más bien es la de configurar una entidad que se compone de varias jerarquías de elementos yuxtapuestos, las cuales guardan esa razón de manera intrínseca para generar la totalidad arquitectónica como unidad. Es entonces cuando notamos como cada estancia guarda una correspondencia exacta con la que la precede, pues ninguna secuencia de nuestro recorrido está organizada al azar.

Otro aspecto sorprendente en este lugar es la riqueza estilística que compone el escenario en el que estamos inmersos. Hasta hace poco tiempo, se intervenía con la estética del momento y evidentemente; en el medievo se hacía gótico, en el siglo XVI el Renacimiento dejó sus mejores muestras y llegados al siglo XVIII, el Barroco desbordaba nuestra mirada con formas inabarcables a la razón. Cada sociedad supo trascender valientemente de una manera concreta mediante el lenguaje de su tiempo y por eso hoy podemos disociarlas, pero al mismo tiempo presenciar la cualidad unitaria del lugar. Cantidad de reliquias dispersas en un único espacio que nos hacen detenernos de una en una cual peregrino, avanzando en un sosegado camino el cual, es el verdadero objetivo de nuestra visita.

Por un momento, vamos a obviar la cantidad y calidad de obras de tan distinta factura, escala y época de manera unitaria, para interpretar una atmósfera generada por el conjunto de elementos que en ella acontecen: secuencias espaciales, lumínicas y hasta sonoras. El barullo de turistas precipitándose de un lado a otro entremezclado con los asistentes al culto divino. La rotunda estaticidad de la piedra, el bronce y las tallas, cohabitando con un universo volátil de cámaras de fotos, audioguías y conversaciones en más lenguas de las que jamás se habían oído salmos y misas antaño.

Como consecuencia de esta suma de factores, tenemos la percepción de encontrarnos en un peculiar escenario urbano; quizás aun no somos conscientes de las sublimes reglas de proporción que generan la totalidad de este microcosmos en el que nos hemos introducido, pero las impresiones son las de deambular por una ciudad interior donde el cuerpo y el espíritu van de aquí para allá a distinto ritmo, a veces marcado por los ejes de los pilares de piedra y otras por los flujos lumínicos dibujados en las vidrieras.

Espacialidad vertical. Fotografía de Javier Longobardo

Todo el repertorio de elementos que configuran la ciudad está dentro de ella: Se abren calles tenuemente iluminadas donde se exhiben fachadas de distintas épocas y rangos; en ellas encontramos ventanas y puertas que dan acceso a recintos que se hacen privados mediante la aparición de artísticas rejas. También hay plazas mayores y menores así como patios de carácter público y otros de ámbito doméstico. Podemos además  pasear por avenidas principales, ensanches y hasta suburbios generados fuera del planeamiento… En esta sucesión espaciotemporal, nosotros mismos formamos parte de una vecindad diversa, cosmopolita y hasta tenemos la impresión de ser extranjeros en un país desconocido.

Una peculiar torre de Babel con voluntad de parque temático, donde el punto de entrada y de salida vulnera la intención primigenia de lo que era la idea de templo como lugar de transcendencia ritual. En esta confusión de las lenguas, se ha velado el significado de la idea de templo que como elemento indiscutiblemente unitario que no obstante, debería poder interpretarse universalmente por todo ser humano aun a día de hoy.

Pese a estas vicisitudes todavía descubrimos en esta atmósfera un espacio que nos eleva, podemos llevarlo a la práctica mediante un recorrido al ritmo que nuestra propia curiosidad nos vaya marcando: Pasamos varias veces por el mismo punto sin saber porqué o tal vez  nos topamos con elementos sorprendentes que nunca antes habíamos visto. Una mañana para debatir contigo mismo sobre la idea de tiempo, qué es el espacio o el porqué de la belleza entre otras cuestiones elementales.

No obstante, en este recorrido tan profundo hasta hay cabida para el humor más profano. Así es, después de tanto paseo entre Caravaggios , Grecos, Goyas y algún Tiziano, que a más de uno ya le han empezado a sonar las tripas al vislumbrar el brillante veteado ibérico de los jaspes y mármoles que enmarcan el Expolio o el Transparente. Carne hecha piedra que nos recuerda la fugacidad de la vida una vez más, y sobre todo, que al llegar la hora del aperitivo, finaliza el paseo por este mágico Toledo cubierto que es la Catedral.

Un ritual dominguero que tal vez acabe por convertirse en el nuevo acto de trascendencia espiritual del siglo XXI.

La virgen blanca. Fotografía de Javier Longobardo

José Mª Martínez Arias (Texto) / Javier  Longobardo (Fotografías) 

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