La arquitectura humanitaria como ciclo histórico (3) [Natalia Mora Priego]

#3 Belleza, tiempo, color.

Desde y en occidente, entendemos la presencia del arquitecto, como figura que debe acreditar una validez de conocimientos ante cualquier proyecto de construcción que se lleve a cabo en la ciudad, tanto público como privado, grande como pequeño y, por supuesto, una vivienda no puede ser construida sin la previa firma de un arquitecto y la concesión de una licencia por parte de un organismo regulador con algún tipo de vínculo con la gobernanza del país.

Llegar a América Latina en la piel de un arquitecto occidental acostumbrado a este papel del mismo en la sociedad es, a priori, un sufrimiento.

En algún momento del paso del tiempo occidental, y por ende de la historia, la relación entre arquitecto y pueblo sufrió un distanciamiento cada vez mayor, quizá a través de la sectorización de las ciudades, y en los comienzos de las academias y de la educación superior universitaria, la arquitectura, junto con la medicina y la abogacía, fueron oficios necesitados por el pueblo para los que se formaron las élites intelectuales, que así quedaron de algún modo divinizadas. Además, de las siete expresiones artísticas, en la actualidad, la arquitectura sufre una gran falta de interés popular respecto a las demás. Mientras que la pintura, la escultura, la literatura, la danza, la música y el cine se enseñan y aprenden en las escuelas infantiles, la arquitectura apenas tiene un hueco en los libros de texto. Su ausencia desde la primera edad hace que, durante nuestro  desarrollo intelectual iniciático, no nos interesemos por ella con la excepción de tenerla cerca en nuestro círculo familiar.

Llegar a América Latina en la piel de un arquitecto occidental acostumbrado a este papel elitista en la sociedad es, a posteriori, un alivio.

América Latina sufrió por parte de Occidente una brutal colonización, perdiendo con ella gran parte de sus raíces, idiomas y tradiciones; ha desarrollado un viaje hacia la contemporaneidad entre lo que quedaba de identitario y todo aquello que transmitieron los diferentes países colonizadores, pero respondiendo a un tipo de desarrollo occidental. La educación superior universitaria no es diferente al resto de campos de su desarrollo, por lo que goza de un modelo parecido al de la enseñanza de arquitectura que conocemos en occidente, pero con la priorización y valoración que corresponde a un modelo cultural diferente.

Con valoración cultural apuntamos hacia los conceptos más abstractos y concretos que una disciplina como la arquitectura, entendida como ciencia y técnica, ofrece a la comunidad. Desde mi perspectiva personal, estos conceptos son subjetivados por el tiempo y el lugar y son, en gran medida, los que describen las diferentes variaciones de la arquitectura en tiempo y en espacio.

Antes de llegar una mayor concreción de la arquitectura y el papel del arquitecto en la sociedad, como ha venido adelantando este artículo, me gustaría tratar aquellos aspectos abstractos que abarca la arquitectura desde su esencia.

Considero que la tarea de realizar la lista de los conceptos que puede abarcar la arquitectura como disciplina ligada al hombre es imposible en el espacio breve de un texto como éste, pero me centraré en alguno de ellos para caracterizar la diferencia que apunto. Tomaré, con intención, el tiempo, la belleza y el color. El tiempo como elemento sobre el cual influye la arquitectura y de un modo recíproco, la belleza como cualidad de la arquitectura, y el color como elección.

Tras haber crecido bajo la presión académica de Occidente, llegar a América Latina supone una liberación. Los términos relacionados con la estética, que nos llevarían a la belleza, son atraídos de otra manera por la gravedad, podría decirse que flotan, que están suspendidos en el aire e incluso llegan a volar, y se aprecian sin demasiada importancia. El peso de la belleza es diferente, liviano. Los valores de la sociedad, la gran necesidad y el pequeño respiro que existe aún frente a la cultura de la imagen permiten que la utilidad de las cosas cobre más importancia que su belleza, con lo positivo y negativo que esto representa.

La arquitectura es un arte, podríamos entrar en el debate de qué tipo de arte y su diferencia con los demás, pero no es ese el propósito de esta reflexión; es un arte, y por ello se estructura en torno a características estéticas, es algo que percibimos a través del sentido de la vista, entre otros, y por ello podemos enunciar un juicio estético de aquello que percibimos; pues bien, en América Latina, este juicio estético deja de ser prioritario, encontrándose otro orden en la escala de valores y siendo sobrepasado por la utilidad y necesidad.

Mabel, madre de tres hijos y esposa de Saúl, lleva treinta y cinco años dedicada a la agricultura y al cuidado de su vivienda junto a su marido en una zona rural del Cauca, Colombia. Después de ese largo tiempo y, coincidiendo con la entrada del mayor de sus hijos en la universidad, decide mudarse a la ciudad con los pocos ahorros de toda su vida. Adquiere un terreno a las afueras de Popayán, en una loma cercana a la ciudad, y construye su casa ayudada de la mano de obra de su marido y sus hijos.

La necesidad tiene tanta fuerza e importancia como cualidad esencial, que pone en un segundo, tercer o cuarto plano a otras características intrínsecas en la arquitectura.

Cuando el cerebro está sometido a la conciencia de acciones repetitivas percibidas por los sentidos termina por acostumbrarse a ellas y asumirlas como acciones normales o cotidianas. Así se forjan para nosotros los hábitos y costumbres. Por tanto, no tenemos conciencia de que realmente están impuestas hasta que las miramos desde otro lugar externo, alejados de nuestra galaxia. El paso del tiempo en la arquitectura y su control.

Podemos caminar por Venecia, Toledo, Toulouse, Gales, Utrecht, Frankfurt, por citar algunas ciudades occidentales, y nos daremos cuenta del cuidado y el mantenimiento aplicado a los edificios. Están aparentemente conservados, hacia el exterior, limpios, o con el debido mantenimiento de su pintura, y, en su defecto, con una lona que indica que tras ella existe un andamio y que ese edificio se encuentra en etapa de sanación. La arquitectura es vital, y por esta característica de coexistencia con la historia, varía con el tiempo, el tiempo modifica la arquitectura. El tiempo es el mismo en cualquier latitud del planeta, pero la modificación del tiempo sobre la arquitectura no, y mucho menos su percepción por nuestra parte.

Ahora hagamos el esfuerzo de pensar, si hemos tenido la oportunidad, en recordar un paseo por alguna ciudad latinoamericana, Cali, Salvador de Bahía, Puebla, Santiago, y pensemos en el tiempo que ha transcurrido por esos edificios y su capacidad de modificarlos. El tiempo transcurrido tiene la misma velocidad y aceleración que en cualquier otro lugar del planeta, es su acción transformadora y nuestra forma de percibirla lo que varía. La acción del tiempo por el diferente mantenimiento con que se cuida a los edificios,  y nuestro modo de percepción porque, actúa de la mano de las conciencias archivadas históricamente en nuestra masa gris, y por lo tanto, por comparación a otros entornos conocidos.

Desde pequeña he sido educada bajo el lema “las comparaciones son odiosas”, frase perteneciente al gran archivo refranero español, y así es; sin querer entrar a comparar Latinoamérica con Europa, lo que se antoja innecesario dadas sus enormes diferencias, podríamos concluir, con independencia de las razones que originaron tales distancias que, en América Latina, el estado de conservación de los edificios es testigo de que el paso o la acumulación del tiempo transcurre libremente, sin que nadie pretenda controlarlo o cristalizarlo en algún momento concreto de su vida; podría decirse que los edificios viven de una manera más natural; mientras que en Occidente, con nuestro afán por el control, homogenización y mantenimiento, la acumulación de tiempo y su efecto sobre los edificios sufre una cristalización en alguna de la etapas de su historia, sometiéndose así a unas normas estéticas correspondientes a determinado entorno cultural o social.

Enlazando con la idea del sometimiento a unas normas estéticas según el entorno al que pertenece la arquitectura, encontramos la regulación del color que se permitiría aplicar a un edificio en función de su situación geográfica. Algo que tiene mucho que ver con el valor que asignamos a los  humanos en función de la posición geográfica de su nacimiento. Si un edificio es construido en el centro histórico de una ciudad, o en las afueras, existe un plan de color, regulado por el organismo controlador de planeamiento de ese contexto, que indica la paleta de colores permitida que se puede aplicar a esa arquitectura, e incluso los materiales con los que se podría construir.

De este modo, las ciudades occidentales son, hablando en términos de sus posibilidades cromáticas, rígidas en la forma de ser percibidas; han sido cristalizadas, tomando como válido y definitorio, un momento de su historia cromática respecto a los demás, y en virtud de éste, en la actualidad, se regirán todas las posibles construcciones. Nunca cambiará la paleta de colores de esa ciudad, queda definida y pausada en el tiempo. Nuestros sentidos no podrán verse sorprendidos cromáticamente, a no ser que tras una acción nocturna, a veces denominada como vandálica, un edificio se despierte con una pintada sobre su piel, la cual  no tardará demasiado en ser eliminada. Uno más de nuestros encorsetados reglamentos para cristalizar el tiempo en la arquitectura.

Libertad cromática. El peso de la historia condiciona y encorseta la arquitectura a través de la normalización de sus procesos de desarrollo. Las ciudades latinoamericanas son relativamente nuevas, creadas a imagen y semejanza de otros modelos occidentales pero sin su valor ni su peso histórico. Así, todo lo que sucede en ellas, por esta razón, es sorprendente para nuestros sentidos. Nadie quiere tomar como modelo algo que le ha sido impuesto en contra de su voluntad, por lo tanto, las ciudades creadas en la colonización y sus colores originales no podrán ser un modelo de aplicación para su futuro. Las ciudades se crean día a día, y su paleta cromática se modifica de manera continua.

Natalia Mora Priego, arquitecta

Las imágenes son negativos analógicos escaneados de la autora del artículo.


Este artículo redactado originalmente como un único texto, se presenta aquí en forma de cuatro entregas sucesivas. Su elaboración ha sido posible gracias a las experiencias vividas en Cauca, Colombia.

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