L. H. O. O. Q. [Jesús Fuentes Lázaro]

¿Alguien no ha visto  La Gioconda con un bigote fino y una perilla apuntada? La idea se le ocurrió a Marcel Duchamp en 1919. Tituló la obra  L. H. O. O. Q. Un titulo oscuro. Una provocación lingüística y conceptual. Leonardo, el autor de la obra original, había fallecido el  2 de mayo de 1519.  

La obra de Leonardo se expone  en el Louvre, donde se agolpan los turistas hasta límites insoportables. Recientemente se ha descubierto una copia en el Museo del Prado, aunque por ahora no sea tan famosa como la de París. De la aparición de la Mona Lisa con bigote y perilla se cumplen cien años.  De la muerte de Leonardo, quinientos.

Marcel Duchamp es un tipo excéntrico que aparece con insistencia erudita en conferencias, charlas o escritos sobre arte. Se le suele presentar  como el dinamitero del arte contemporáneo. “El gran saboteador”, le llamó Robert Motherwell. Tuvo, o buscó,  la oportunidad de estar en Nueva York, cuando los Estados Unidos de América se preparaban para arrebatar a Europa el predominio del arte. Dos grandes guerras, el puritanismo norteamericano de los años veinte y  de los treinta y  parte de las fortunas que se estaban  formando contribuyeron a ello. El final de la Segunda Guerra Mundial marcaría el cambio de Continente y de influencias.

Duchamp poseía una amplia cultura, una intensa inclinación a la provocación, al exhibicionismo posmoderno y, desde luego, una prolija imaginación que le llevaría a romper los estereotipos que se extendían sobre la figura de Leonardo y el arte en general. Le interesaban más las ideas que el producto.  En algún momento de su trayectoria se impuso cuestionar las pinturas y esculturas, que denominó “arte retiniano”.

El arte, como había expresado Leonardo varios siglos atrás, era una “cuestión mental”. Él  llevó la afirmación de Leonardo no al sfumato o la ambigüedad de los rostros, sino hasta la desarticulación total. Nada a partir de él y del dominio de los mercados del arte por Estados Unidos sería igual. ¿Fue un estafador o  un genio que transformó las  visiones  sobre el arte en la sociedad de turistas masificados y voiyeurs en busca de selfies?

Sitúense en abril de 1917.

El Presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, en un apasionado debate insta al Congreso  a participar en la guerra contra Alemania en la primera gran guerra. El mismo día tres hombres  pasean por Nueva York. Es una tarde indecisa,  llena de gente que va o viene. Uno de los hombres es un pintor francés, que ha decidido dejar la pintura. Al finalizar la Primera Guerra Mundial había declarado que se le había agotado la inspiración.   

 En este estado interior se desplaza a la ciudad de Nueva York. De ella afirma, para satisfacción de sus mecenas, que es un gran parque escultórico de factura moderna  y actual. Con más vida y manifestaciones de modernidad  que cualquier otra ciudad del mundo, incluida Venecia, la gran creación  arquitectónica de todos los tiempos.

El paseo le  sobreexcita, a pesar de la apariencia  distraída con la que camina. Es una ciudad donde los rascacielos son esculturas y donde la gente se mueve en un rio inagotable de ideas y sensaciones. El mundo comienza ahora para él. Está por descubrir. En el Nueva York de la época todo se convertía en historias sobre los orígenes del universo o el comienzo de la humanidad.

Duchamp lleva en Nueva York desde 1915, pero aún no conoce  la trama viaria de la ciudad. Se pierde de sus amigos. Se mantiene absorto  por lo que ve. Cuando se rencuentran,  reanudan el paseo, pero Duchamp  se manifiesta más distraído, más ausente. Hasta que llegan al almacén de fontanería y grifería de J.L. Mott. Entran.  Da vueltas, busca algo que no sabe qué es. Se detiene ante una acumulación de urinarios de caballeros. Señala uno que será el que adquiera. Es un modelo  Bedfordshire, le dicen. Sonríe imaginando el revuelo.

Nueva York  es una ciudad que, según su percepción,  puede aceptar cualquier reto por atrevido que parezca. En el hotel donde se aloja, mira, manosea el objeto. Lo mueve. Lo coloca en una posición, en otra. Cambia. De nuevo, vuelta a empezar. Hasta que se decide: pone boca abajo  el urinario. Se le ocurre el nombre de un autor imaginario. Firma,  R Mutt.  Fecha, 1917. Solo falta el titulo. “Fuente”. Se llamará “Fuente”. Y lo llevará a la Exposición de los Independientes de Nueva York, de 1917.  El escándalo se produce. Tanto, que la obra original se perderá. Ahora se contempla lo que dicen qué fue. Él mismo no denominará la pieza como obra de arte. Lo llamará  ready made.  

La decisión de Estados Unidos de participar en la Primera Guerra Mundial  desencadenará violentas manifestaciones entre los que consideran que los Estados Unidos no tienen  intereses en la guerra europea y quienes piensan lo contrario. América, en la versión más extrema, debería centrarse en sí misma. No pierdan la perspectiva.  Estamos en el  año 2017. Se exacerba el patriotismo nacionalista. También la xenofobia en un país que había recibido miles de emigrantes. El Ku Klux Klan se activa con virulencia en los Estados del Sur. Se escriben artículos y libros sobre la desaparición de la gran raza, por supuesto, la “wasp”, blanca y protestante. Todo culminará en los años veinte con el control de la emigración que se aprobara en el Congreso en 1921 y otras leyes restrictivas en años posteriores. Las políticas actuales de Trump se abonaron hace ya tiempo. 

Ahora vuelvan  a 1919.

París es una fiesta. Francia es una fiesta. Ha ganado la guerra a Alemania. La economía funciona mejor que el desastre inflacionista  austriaco o alemán. Francia humilla  a los diplomáticos alemanes que  negocian el Tratado de Versalles. Alemania sumará a la derrota, a la humillación diplomática y al desprecio político, las crueles condiciones del Tratado. Se irá incubando un rencor colectivo  del que se resarcirá Hitler con la veloz invasión de Francia en los inicios de la Segunda Guerra Mundial.

Duchamp ha vuelto a Paris, tras cuatro años en Nueva York. En un día de  primavera, paseando por las calles donde se amontonan los puestos  de libros y de revistas, descubre una postal barata de La Gioconda. Más tarde en un café sacará la postal del bolsillo y pintará sobre la imagen un bigote y una perilla.

“París era una fiesta”

La llamada Mona Lisa se había convertido en un icono popular en el cuarto centenario de la muerte de da Vinci. Contribuyó a la popularidad del cuadro un inexplicable robo y una posterior devolución anónima. Se dispara la atracción del cuadro, que aún  se mantiene. Hasta Beyoncé y Jay Z. han ido  a verla recientemente. Más impactos para los  visitantes miméticos. Se multiplicaron los estudios e interpretaciones sobre su significado, la sonrisa misteriosa, las facciones indefinidas. Duchamp  ampliará la teoría de Leonardo del arte como “cosa mental”, cuando en este nuevo ready made, transforme una postal barata en una figuración en la que la representación del cuadro de Leonardo adquiere otra dimensión.

Pintado el bigote y la perilla, la “esposa” de Francesco del Giocondo, se transforma. Parece otro personaje. ¿Es hombre o es mujer? Duchamp desmitifica la veneración que se profesa a la misteriosa dama. Al sacrilegio añade la irreverencia. Es una invitación a abandonar el papanatismo con el que la gran mayoría recibe el arte, sobre todo el ensalzado en centenarios, celebraciones, colecciones, galerías y subastas. ¿Se pintó a sí mismo, Leonardo, disfrazado de mujer? Se ha especulado durante siglos sobre su homosexualidad. Si la transformación fuera cierta, ¿no se estremecerían  los cimientos de los mercados del arte, el de las interpretaciones y estudios  y la propia comprensión del arte?

Años más tarde Duchamp diría que su gran error  fue no descubrir a tiempo el milagro que había sucedido con el gesto banal  de pintar sobre un cuadro endiosado un bigote y una perilla.  Y, ¿sí en realidad la Mona Lisa es un autorretrato de Leonardo da Vinci travestido?

Duchamp  había coqueteado también en  ocasiones con su lado femenino. En esa condición se hizo fotografiar por su amigo, el fotógrafo Man Ray, como Rrose Selavy. Pero esa forma parte de las muchas historias que aún quedan por contar del personaje.  Duchamp afirmaría que La Gioconda con bigote y perilla

1920. Man Ray: Duchamp como Rrose Selavy

no es una mujer disfrazada de hombre,

es un hombre de verdad,

y  ahí estaba mi descubrimiento,

aunque entonces no me diera cuenta de ello”.

A la nueva creación de 1919 le faltaba un titulo. En el arte moderno la titulación resulta fundamental. Firmó la postal, puso fecha y  titulo: L. H. O. O .Q.  ¿Ininteligible? La versión fonética en francés  suena a algo así como “Elle a chaud ou cul”.  

Ella tiene el culo caliente”, en castellano.

 Año 2019.

Lo que han leído sucedió hace cien años.  Como ha escrito recientemente la crítica Ángela Molina en una revista cultural, “El idilio con el arte ha terminado. Hay que empezar de nuevo.” ¿Por dónde? ¿Cómo?

                                                          

Jesús Fuentes Lázaro

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